Vivir las contradicciones, sortear los obstáculos

Otoño, por Zoe Bacale Malo.
                             Otoño, por Zoe Bacale Malo.

“(……) Vivir la normalidad significa ser capaz de vivir, sin dramas ni excesos, nuestras propias contradicciones. Estar a bien con ellas, sin concederles mayor importancia. Vivir la normalidad significa recuperar la atención y liberarla  para lo que precisamente está sucediendo, sea lo que sea.  La sabiduría está en el presente. Aquello que sucede es aquello que más íntimamente se necesita.

Solo así se rompe el hechizo, la barrera que se crea al decir dentro o fuera. Aprender a liberar la atención para disponibilizarla a aquello que se despliega ante nosotros es la puerta a un cambio de percepción en el que ya no necesitamos excluir nada. La no exclusión conduce inherentemente a una experiencia casi vulgar en el que uno ha dejado de darse la más mínima importancia. Los complejos y la gravedad con la que atraen a la psique se van atenuando para mostrar otros paisajes que antes eran ignorados o pasaban desapercibidos. La acción toma el relevo a la palabra, y uno va perdiendo progresivamente las ganas de escribir, incluso de hablar, porque no tiene nada que resaltar. Nada que subrayar. Nada que poner por encima de otra cosa.

Piedras, por Zoe Bacale Malo
                                    Piedras, por Zoe Bacale Malo

Esta es la lucidez que adviene con la llegada de la normalidad. Con el completo e irreversible pinchazo del globo de la auto-importancia. Los héroes, los superhombres, los protagonistas, las estrellas, todos los arquetipos que nos han magnetizado desde nuestra infancia  y se han prolongado hasta el día de hoy, empiezan a caer como hojas de otoño, y una vez en el suelo,  uno comprende que son del mismo color y que se descompondrán como todas las demás hojas. La enseñanza del otoño. La belleza no está en una hoja en particular,  sino en esa alfombra de hojas, en ese tapiz colorido que forman millones de caídas, de despojos, de descomposiciones puestas juntas.

Hojas, por César Bacale
              Hojas, por César Bacale

Este es el principio del despertar de la conciencia subjetiva. Del darse cuenta que uno no está solo. De que su mundo ha sido completamente y desde el principio,  una invención a su servicio. De que  es posible convivir en un mundo en el que el otro existe, en el que realmente puede verse al otro. De que muchos mundos no sólo pueden, sino que necesitan, deben, por el bien de todos, convivir, enriquecerse, comprenderse, para poder crecer. Y de que hay un mundo, no sé si objetivo, pero si desde luego  más grande que la mezquina burbuja en la que tiene lugar nuestra vida dedicada a mantener a toda costa sus frágiles límites, que tiene la verdadera clave de nuestro crecimiento.

Estanque, por César Bacale
          Estanque, por César Bacale

Cualquier tipo de percepción en la que el otro no exista como sujeto por derecho propio es una percepción sesgada, e incluso a veces enfermiza. Para liberarnos de la mezquindad de nuestras percepciones subjetivas y del inmenso egoísmo asociado a las mismas, todos tenemos un destino que nos obliga a convivir y encontrar la armonía con otras percepciones, y por lo tanto, con otros mundos absolutamente distintos al nuestro.  Pero vivirlo no depende de las palabras, sino de una decisión. De un intento firme y prolongado, humilde y lúcido de que la existencia del otro nos cure, nos libre de nuestros condicionamientos, hasta el punto en el que podamos abrir un agujero  en nuestra cárcel subjetiva a través del cual podamos realmente ver. No se trata de pasar de perderse en uno mismo a perderse en el otro. Se trata de encontrar el espacio en el que no se cae ni dentro de uno ni dentro del otro. El espacio en el que uno es capaz de verse y de ver. De contemplar y ser contemplado. De relacionarse. De crecer a través del espejo de cada relación. De encontrar en ese espejo una nueva dimensión de su despliegue. No necesariamente íntima, pero desde luego, necesaria.

Hojas en el agua, por César Bacale
    Hojas en el agua, por César Bacale

Lo íntimo no puede elegirse. Se despliega con ciertas personas y con otras no, al igual que lo externo, las capas más superficiales de lo que somos. De lo que también somos. La tensión de despertar, de mantenerse despierto,  es esa. Evitar la costumbre de refugiarse en aquello que nos hace sentir cómodos, así como la pulsión de arrojarnos de bruces en un espacio que nos atemoriza, sólo porque no sabemos acercarnos a él poco a poco. El trabajo de mantenerse despierto exige una completa fidelidad a lo que somos y a como necesitamos desplegarnos en cada momento, en la que muy pocas personas, sino nadie, pueden, e incluso deben,  acompañarnos. Una vez que se llega aquí, la soledad es sólo una mera consecuencia. Se viva solo o acompañado. Hay una soledad de fondo con la que hay que familiarizarse y hacerse íntimo si uno quiere mantenerse despierto y ser capaz de fluir en cualquier tipo de contexto. De desplegarse en lo que es, lo cual  no quiere decir hacerse notar, ni ser el alma de la fiesta,  sino ser lo que uno es en ese momento. Uno puede ser introvertido de dos maneras, aceptándose en lo que es, y dejándose en paz aun en medio de una avalancha de gente, lo que le permite conservar su propio ritmo, o no aceptándose y queriendo ser una cosa para la que no está preparado porque no surge espontáneamente de su naturaleza, de su inclinación o de su carácter.

Bosque, por Zoe Bacale Malo
         Bosque, por Zoe Bacale Malo

Luego, están las mil contradicciones que se sienten internamente y que sólo con una fidelidad completa hacia uno mismo se pueden poner en juego de una forma limpia, y no escondida bajo la mesa. Este es el punto más importante de mantener porque son estas contradicciones por las que somos constantemente juzgados. Si la gente ya nos juzga antes de ver nuestras contradicciones, que no hará con ellas sobre la mesa. Si no nos hacemos fuertes en nuestra determinación de no juzgar nuestro comportamiento del mismo modo que no lo hace la vida, pasaremos nuestros días bajo el yugo y la sombra de una imitación, de una auto-imagen creada para escapar de la angustia que nos produce el no saber aceptar nuestra totalidad y sucumbir a la mirada sesgada y parcial,  tanto de nosotros mismos como de cualquier otro.  Y como esa totalidad no tiene otra forma de expresarse más que a través del filtro y las limitaciones de nuestra psicología humana, no puede ser más que de una forma contradictoria ante los ojos de los que se empeñan en que la vida tiene que tener cierta lógica o coherencia, o, sencillamente,  ser esto o lo otro. Evidentemente, cualquier cosa que es, por mezquina que resulte, acorde a su tipo de percepción.

Árboles y hojas, por César Bacale
      Árboles y hojas, por César Bacale

Pero incluso aceptar la contradicción interna o externa no es suficiente. Ignorar el juicio no es suficiente. La contradicción se mueve aún en el ámbito de la mente y de las palabras. Uno ha de experimentarla sin pensar siquiera si lo que hace o no hace se contradice, es decir, ha de vivir la contradicción sin juzgarse, sin llamar a dos cosas que vive y experimenta, contradictorias. El juicio en torno  o la percepción de la contradicción es una categoría mental, un ejercicio repetido y extenuante de la mente.  Para liberarse de esta repetición uno ha de aprender a contemplar el lugar relativo, a veces incluso irrelevante para el acontecer de la vida  que tienen incluso sus propias contradicciones. Es decir, la vida no se para ni un instante por mucho que nos resulte o no contradictoria. Para dejar de dar tanta importancia a nuestro sentido de la coherencia o de la contradicción, es decir, para poder contemplarnos a través de los ojos de la misma vida, uno ha de aprender a quitarse de en medio para albergar el máximo posible de flexibilidad, mientras mantiene su barca centrada en el medio de la corriente, mientras pone su atención en sortear los obstáculos que inevitablemente la vida pondrá en su camino. Pensar en términos de coherencia o contradicción mientras se sortean estos obstáculos no puede llevar más que al desastre, porque cuando la vida se intelectualiza, se pierde. Y cuando la vida se pierde, se las arregla para  doler de una forma casi inhumana hasta que vuelve a encontrarse.

Rio, por César Bacale
               Rio, por César Bacale

El rio fluye, todo pasa, nunca volveremos a pasar por el mismo sitio, amar de la misma manera a la misma gente, pero la pequeña barca en la que navegamos es nuestra completa responsabilidad. Mismo que vuelque y se hunda, es nuestra responsabilidad encontrar un modo de seguir navegando, por que el rio siempre sigue. Aunque sea en un madero temporal, o siendo pasajeros temporales en otro barco que no sea el nuestro. Llegará el momento de construirse otra barca y de seguir el descenso por el rio.  De seguir sorteando cada uno de los obstáculos, aceptando que no son sino el reflejo de cada una de nuestras contradicciones, con los ojos bien abiertos y la mirada puesta en el presente. Sea lo que sea que suceda.  Pase lo que pase.  (….)”

*Extraído de un libro en preparación, todos los derechos reservados. 

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