No cebarse

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Cuando alguien mete la pata mete la pata. Cuando nosotros metemos la pata metemos la pata. Es verdad que a veces metemos la pata hasta el fondo y desde ahí hacemos y nos hacemos mucho daño. Un daño que a veces parece irreparable. Pero eso no es lo importante. Hacer(se) daño es muy jodido pero es casi inevitable para poder crecer, y desde luego, el daño no está allí para cebarse. Tampoco para escapar de él. Lo importante es dejar de (auto)justificarse sin cebarse en el dolor.
Ya es suficiente con no comprender de donde vienen las raíces de muchos de estos comportamientos que no nos llevan mas que al autosabotaje, como para encima cebarse en ellos. Basta con no negarlos. Aceptar que nos están boicoteando, que son capaces de joder lo que mas queremos y a nosotros con ellos.
Hace poco leí en un post ( http://www.elenaesteban.pro/site/uncategorized/cuando-el-dique-vence/) del blog de Elena Esteban  que todos tenemos carpetas emocionales, muchas de las cuales están desactualizadas, dentro de las cuales hay archivos con todo tipo de registros. Me encantó la metáfora, realmente útil. Unos de estos registros son, inevitablemente, los patrones que nos vemos obligados a repetir, hasta que los identificamos. Lo importante es comprender, -dice y dice con razón-, que ciertas situaciones activan las mismas sinapsis “emocionales” que están acostumbradas a repetir una y otra vez el mismo circuito. La neurosis se repite y pasamos una y otra vez por ella sin darnos cuenta, hasta que metemos a fondo la pata. Asi que metemos a fondo la pata. Bien. La jodemos hasta decir basta. Ya no tan bien. Nos jodemos y jodemos a alguien, o a muchos, o a todo quisqui. Chungo.

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Aquí llega el punto de inflexión. Si la jodienda ha sido mayúscula, tenemos la oportunidad de dejar de auto-justificarnos. Si dejamos de auto-justificarnos tenemos la oportunidad de darnos cuenta de que en el fondo estamos rotos, y con el tiempo, ser capaces de identificar en qué exactamente. Cuando detenemos el mecanismo de la auto-justificación y nos abrimos a esta rotura, hay que resistirse a la tentación de cebarse, de hacerse papilla a uno mismo contándose el bulo de que no valemos para nada. Cuidaito con eso, porque esta no es mas que otra forma mas refinada de auto-justificación, otra forma no tomar la plena responsabilidad sobre el asunto. De alguna forma es inevitable sentirla, pero hay que ir mas allá de este mecanismo, porque es otro mecanismo, compensatorio. Es necesario encontrar el punto ciego del péndulo porque ambos extremos, la laxitud inconsciente o la autoagresión, pertenecen a la misma neurosis, son dos caras de la misma cosa. Y esa cosa se llama vacío interior.
Hay que averiguar en que estamos rotos. Donde nos rompimos. Como nos hace sentir la rotura. Que hemos hecho desde ella. Que hemos obtenido y que hemos perdido. Y poco a poco intentar reeducar el hábito tanto de proyectar nuestra mierda inconscientemente sobre los demás como de auto-agredirse. Primero, pasar cierta y necesaria cuarentena relacional, aprovechando el impass para intentar arreglar la vasija desvencijada y quebrada de nuestro amor propio. Segundo, una vez pasada la cuarentena, intentar relacionarnos y con mucho cuidaito, desde otro sitio, sabiendo que indudablemente la volveremos a piciar.

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Es obvio que la vasija no quedará jamás como nueva, porque ciertamente estamos rotos. Casi como que nacemos así, aunque muchos dirán que todos nacemos en una inocente y pura tábula rasa. Yo no lo creo, ni nacemos libres de cargas (ya tenemos una condición y orientación psicogénética) ni muchísimo menos estamos preparados para no tomar la de los demás, cuando apenas si sabemos sorbernos los mocos. Pero podemos hacer una obra de arte con esta rotura, un veradero kintsugi. Sólo que el oro que usaremos para adherir las partes rotas será nuestro amor propio.
Esto es la resiliencia. Y la resiliencia, cuando por mucho tiempo uno ha sido su propio y más íntimo enemigo, lleva tiempo. Pero este será un tempo fructífero. Probablemente largo y doloroso, aunque no necesariamente. Y un tiempo que nos servirá, curiosamente, para dejar de perder el tiempo que perdemos en jodiendas, meteduras de patas, autojustificaciones, y cebadas que nunca hicieron nada de valor por nosotros.

*Texto extraído de un libro en preparación, todos los derechos reservados.

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