Parafilias: curso, pronóstico y fundamentos teóricos

“El ámbito de las parafilias es uno de los que suscitan más controversias, no sólo en la rama de la sexología, sino de la psiquiatría y la psicología, sobre todo a la hora de definir una etiología  que pueda derivar tanto en un diagnóstico como en un tratamiento acertado. La etiología de las parafilias es transversal y está compuesta de múltiples factores  genéticos, conductuales, intrapsíquicos, ambientales y socio-culturales.

Si a esta diversidad de factores le añadimos que la definición de parafilia ha ido variando con el transcurso del tiempo y con la percepción y la evolución humana en cuanto a su propia sexualidad, nos encontramos con uno de los mundos más apasionantes y a la vez conflictivos dentro de la evolución de la propia terapia sexual. Nos encontramos así con el hecho de que expresiones marginales o no convencionales de la sexualidad que fueron catalogadas como aberraciones sexuales en un pasado no tan remoto,  ahora son contempladas como expresiones de la variabilidad de la sexualidad que no sólo no tienen  nada de patológico, sino que han sido y son enriquecedoras de la experiencia sexual humana.

A nadie se le ocurriría pensar hoy en día que la utilización del sexo como herramienta de auto gratificación, relajación e integración psicológica incurre dentro del ámbito de las desviaciones sexuales. Ni siquiera de las variedades sexuales. Sin embargo, sobre todo dentro de algunos contextos socioculturales, la práctica de otras variaciones sexuales que se salen de lo común como el intercambio de parejas, el poliamor, o la misma pornografía, así como la propia variedad en la orientación, no en la expresión de la sexualidad, como  son la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad e incluso la asexualidad, siguen considerándose, incomprensiblemente, como desviaciones sexuales. Ante esta obsoleta posición sólo cabe una pregunta redundante: ¿Desviaciones respecto a qué?…

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El ámbito de las fantasías sexuales surge de la intersección del poder  imaginativo de la mente y la respuesta fisiológica del sexo, creando un mundo erótico y onírico personal e intransferible que enriquece la variabilidad de nuestra sexualidad y nada tiene que ver con ninguna patología. 

Aparte de los objetivos, existen, como variabilidad en la expresión de la sexualidad, muchas formas de vivir la sexualidad: sin pareja, con múltiples parejas, con muchas personas, con parejas del mismo sexo, con conductas sexuales alternativas, o con las mismas fantasías. La imaginación es una de las principales herramientas, si no la principal, a la hora de desarrollar y practicar una sexualidad rica y satisfactoria, y hoy en día nadie puede dudar no sólo de la interacción que hay a nivel inconsciente entre el cerebro y la respuesta sexual autónoma, sino entre su nivel consciente imaginativo (es decir, la capacidad de imaginar escenarios y contextos sexuales) y la respuesta sexual. No quiere decir esto que la capacidad de responsividad sexual dependa única y exclusivamente de nuestra fantasía, ya que hay muchas respuestas orgánicas, sobre todo en lo que se refiere al deseo y la excitación, que se dan gracias y a través de mecanismos inconscientes, pero es indudable que es una pieza clave en la construcción y la vivencia de toda sexualidad sana y completa.

Muchas son las funciones terapéuticas de las fantasías que no cabe enunciar aquí. Aparte de inductoras internas del deseo, cumplen funciones básicas como preparación en la adolescencia de futuras vivencias, como mecanismo de placer en sí mismo, para inducir o aumentar la excitación en una situación con inductores de deseo debilitados o poco apetecibles como una pareja de larga duración o una mala relación de pareja, y, sobre todo, dentro del marco de la terapia sexual, como distracción cognitiva en respuestas sexuales patológicas.  Es un hecho comprobado que una característica común de las personas que presentan disfunciones sexuales es no haber experimentado fantasías, por lo que queda en evidencia su poder de integración psicosexual.

Resulta inevitable, dentro del ámbito de las fantasías sexuales, y antes de abordar el controvertido asunto de las parafilias, es decir, que define a una parafilia y por qué, hablar del mundo de la pornografía. De nuevo, estamos aquí ante otro mundo que despierta controversias, y que tiene tantos defensores como detractores. Del lado de los defensores encontramos, básicamente, el hecho de que millones de usuarios hacen uso  y seguirán haciendo uso de ella todos los días sin que sus relaciones afectivas se vean especialmente medradas por ello. Del lado de los detractores encontramos puntos de vista tan variados como que atenta contra los derechos humanos, por la cosificación y la degradación de las relaciones humanas, su efecto de corrupción sobre la juventud, e incluso que promueve la violencia y las agresiones sexuales.  Más allá de que no hay metodologías ni pruebas científicas fiables para corroborar este hecho, quizás, lo que olvidan los detractores de la pornografía es que se trata de una representación, aunque haga uso de personas reales que voluntariamente se prestan a ello, de las fantasías sexuales humanas.

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Más allá de las críticas moralmente simplistas a la Pornografía, pensarla significa contemplar su papel ambiguo como síntoma de la evolución de una sexualidad colectiva que moldea a la vez que limita nuestra capacidad imaginativa sexual a través de sus estereotipos. 

Hasta qué punto la pornografía, sobre todo en su versión más dura,  es la causa o la consecuencia de nuestra capacidad de imaginar y disfrutar de situaciones consideradas cultural y sexualmente aberrantes, sería muy discutible. Quizás tenga tanto de una cosa como de otra.  Si sería cuestionable, aunque no es el asunto que nos ocupa, o quizás si esté relacionado con este hecho, hasta qué punto la masificación del consumo de pornografía ha encorsetado y empobrecido nuestra propia capacidad imaginativa en lo que a la expresión sexual se refiere. Es en este ámbito en el que quizás la pornografía puede vincularse con el desarrollo, o más bien, el fortalecimiento de algunas parafilias. No tanto como causa, sino como refuerzo conductual que gatilla lo que parece ser una especie de predisposición psíquica y genética en algunas personas. El tema sigue siendo asunto de debate entre las profesiones médicas que lo abordan y no parece que de momento se vaya a llegar a ningún consenso. Consenso que por otro lado tiene más de utópico que de realista, ya que la sexualidad, como la vida, es algo que está siempre en evolución constante y que, por lo tanto, admite todo tipo de experiencias y modificaciones. Es decir, no cabe, en ninguno de los casos, y es una tarea imposible, hablar de ninguna sexualidad objetiva, ya que es algo que depende de la idiosincrasia de cada persona.

Dicho esto, estamos en situación de abordar con un poco más de flexibilidad y apertura el asunto que nos ocupa: Las parafilias. Para intentar llegar a una definición “objetiva” es necesario descartar expresiones de la variabilidad sexual que estuvieron catalogadas hasta no hace mucho, por el propio contexto psiquiátrico, como desviaciones,  en vez de variaciones. Es de vital importancia la tarea que el propio ejercicio de la sexología ha realizado, a través de miles de casos y experiencias documentados,  para devolver estas prácticas al ámbito natural de la experimentación sexual humana, desmitificando la mirada distorsionada con la que ha sido catalogada por estamentos tan poco cuestionados como el de la medicina, en especial, la psiquiatría. No hace tanto que una autoridad en el estudio de la sexualidad como el propio Freud, catalogaba la masturbación como una práctica sexual inmadura y regresiva por considerarlo asociado a ciertos complejos. And so on.

Cabe mencionar, como ejemplos de  la variabilidad en la expresión de la sexualidad humana que ha rescatado la práctica sexológica de las garras de cualquier dogmatismo, ya sea religioso, como cultural o científico, -ejemplos que se siguen calificando, erróneamente, de parafilias en ciertos contextos-  las sexualidad experimentada con varias personas, ya sea tríos, troilismo, orgías, swingers, poliamor, o prácticas divulgadas por la pornografía como el bukkake, etc. A menudo se olvida que estas prácticas han estado siempre presentes en la historia de la humanidad y hay constancia de estas prácticas sexuales en casi todas las culturas de la antigüedad. Es decir, nada nuevo bajo el sol. Si bien es cierto que estaban reservadas a ciertos cultos iniciáticos o élites, ahora se han normalizado -hasta cierto punto-,  sobre todo a través de la misma pornografía, siendo accesibles para todo aquel que lo desee a través de clubs privados, encuentros, dentro de un contexto siempre pactado y que no puede calificarse necesariamente de parafílico.

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Richard Kraft Von Ebbing fue el primer psiquiatra conocido que recopiló toda la información conocida en su tiempo sobre las patologías sexuales. Es necesario decir que muchas de las consideradas patologías por la psiquiatría de su tiempo, son hoy consideradas  expresiones de la variabilidad sexual como el fetichismo o el sadomasoquismo,  identidades de género cruzado como el transexualismo o el intersexualismo u  otras orientaciones sexuales distintas a la heterosexualidad, como la homosexualidad, bisexualidad o pansexualidad.

Por cierto, que si tomamos como criterio el común acuerdo entre los practicantes de cualquier práctica sexual, sea esta de la índole que sea,  cabría poner en duda hasta qué punto prácticas sexuales consideradas como parafílicas como el sadomasoquismo, ciertas formas de fetichismo consensuado, o el travestismo, entrarían dentro de esta consideración. Si entraría, por el contrario, cualquier práctica sexual que no suponga el mutuo consentimiento de las partes implicadas y que, por lo tanto, no tenga en cuenta su rechazo ni su sufrimiento, como la zoofilia, la pederastia (no confundir con la pedofilia, que solo incluye el deseo por los niños, no necesariamente el ejercicio del abuso), el sadismo, el frotismo, el exhibicionismo, o el voyeurismo. Luego, si seguimos este criterio de diferenciación, estarían una serie de prácticas sexuales muy controvertidas, consideradas abominables por el consenso socio-cultural, pero que no implican necesariamente el sufrimiento ni el sometimiento de nadie, como la necrofilia, la coprofilia, la misofilia, la klismafilia, o el branquioproctosigmidismo. La lista es interminable.

Si tenemos en cuenta el criterio médico vigente, el DSM IV define (criterio A) la parafilia como: “La presencia de repetidas e intensas fantasías sexuales de tipo excitatorio e impulsos o comportamientos sexuales que por lo general engloban objetos no humanos, sufrimiento o la humillación de uno mismo o de la pareja, o niños u otras personas que no consienten, y que se presentan durante un periodo de al menos seis meses”.

También define (criterio B):  “que esos impulsos, comportamientos y fantasías deben provocar malestar clínico significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo”.

Es claro que teniendo en cuenta estos dos criterios no todas las prácticas consideradas socialmente como desviaciones pueden considerarse como tales. Hay un debate abierto acerca de excluir las parafilias del DSM, ya que, por ejemplo, la mayoría de los “parafílicos” no sienten malestar clínico o deterioro social significativo, aparte de que parte de los criterios científicos están más sustentados en aspectos morales que en una evidencia empírica.

Para algunos autores las parafilias constituyen la acentuación de elementos normalmente presentes en la conducta sexual. Así por ejemplo,  el sadismo sería el desarrollo extremo de las conductas agresivas presentes habitualmente en la relación y el travestismo una identificación exagerada con los objetos de la propia atracción sexual. Otros, en cambio, afirman que en las parafilias la fantasía sustituye a la conducta, además de tener un carácter compulsivo y estar, en ocasiones, precedida o sucedida por cierto nivel de culpabilidad.

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Desde un punto de vista psicoanalítico, el sadismo (no confundir con el sadomasoquismo) constituiría el desarrollo extremo de las conductas agresivas ya presentes en el impulso sexual sin la mediación de ningún elemento neutralizador o socializador. O dicho de otro modo, una psicosis sexual inducida por la posesión del Ello en detrimento de estructuras limitadoras del yo y el Superyo. Otros autores ven en las expresiones más duras del sadismo y otras parafilias afines,  la manifestación sexual de alteraciones neurológicas, hormonales  y/ o de un trastorno del control de impulsos asociado a  una estructura límite,  narcisista,  hedonista,  o  psicopática de la personalidad.

Suelen ser más frecuentes en los varones y suelen manifestarse asociadas a un trastorno en el control de impulsos, es decir, una incapacidad, por lo general de etiología inconsciente, para resistir o manejar un impulso que es peligroso, o bien para otros o para sí mismo, y en ocasiones,  para ambos, y cuyo curso crónico suele verse agravado por el consumo de sustancias estupefacientes. Este impulso es una sensación de tensión que se va incrementando hasta el momento de ejercer la conducta, que suele producir placer, gratificación o simplemente la liberación de la tensión acumulada. Esta acción puede venir o no con culpabilización posterior.

Su curso es transversal, es decir, suelen concurrir tres o cuatro parafilias a la vez,  y tienden a cronificarse con el refuerzo a través del ciclo impulso (compulsión)-conducta-gratificación-impulso. Es muy común padecer trastornos de la personalidad tales como el trastorno límite de la personalidad (TLP), el trastorno esquizoide  o de ansiedad como el trastorno obsesivo compulsivo,  enfermedades mentales de la alteración del estado de ánimo como la bipolaridad o problemas relacionados con un encefalograma anormal y otras alteraciones neurológicas como ciertas formas de epilepsia.

A nivel hormonal y químico existe una predisposición a mostrar niveles hormonales alterados como un exceso de testosterona o una inhibición de la oxiticina, signos neurológicos, alteraciones cromosómicas, y en algunos casos, una falta de control  del segmento neo cortical pre frontal sobre los impulsos y deseos generados en el sistema límbico, es decir, una falta de control sobre la necesidad de gratificación inmediata y una escasa o nula valoración de las consecuencias morales, éticas o afectivas, tanto sobre la otra persona como en uno mismo.

Las parafilias más comunes son el exhibicionismo, la pedofilia (no necesariamente pederastia) y el voyeurismo.

A grandes rasgos pueden clasificarse del siguiente modo:

  1. En relación a la situación o el estímulo sexual, ya sea variedad, persona u objeto. Su característica principal es la necesidad objetiva o imaginaria de una situación /estímulo sexual específico para provocar o activar la función sexual, sin el cual no puede darse. En este apartado estarían la pedofilia, la zoofilia, la gerontofilia, la necrofilia, el fetichismo, la coprofilia o la misofilia.
  2. En relación a la fisiopatología de la situación/ estímulo. Su característica está referida no a la situación o al estímulo en sí, sino a la forma de aplicar la situación/ estímulo sexual. Aquí entrarían el sadismo, el masoquismo, el exhibicionismo, el travestismo, el frotismo, el voyeurismo, etc, etc.
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¿El parafílico nace o se hace? La misma cuestión que enfrenta a los defensores de la influencia del ambiente contra los defensores de lo innato surge cuando se debaten los múltiples factores implicados en su etiología.  Si nos enfocamos en los factores ambientales y educacionales la parafilia puede relacionarse tanto con una educación sexual demasiado restrictiva como con abusos sexuales tempranos. 

En cuanto a la etiología de las parafilias no existe ningún consenso. Se ha dicho que las parafilias aparecerían en personas con un mayor impulso sexual, o hipersexualidad, aunque esta no sea considerada una parafilia en sí misma, junto con mayores niveles de testosterona. Hay quienes centran la situación del parafílico en problemas de aprendizaje como haber sufrido una educación sexual de carácter negativo y culpabilizador. Otros establecen que son consecuencias de un desarrollo problematizado de la sexualidad infantil más un trastorno de cortejo con aversión al coito. Moser (1992) afirma que el parafílico no debe su orientación a un aprendizaje clásico sino que está fijado al inicio de la vida por un trastorno químico. Algunos autores se basan en una patología de la personalidad y otros la encuadran concretamente dentro del espectro del trastorno obsesivo compulsivo. Lo ideal sería tener en cuenta todos estos factores, ya que el curso y la sintomatología de las parafilias señala hacia una transversalidad, más que hacia una exclusión de unas causas en pos de otras.

En general, las parafilias patológicas afectan mucho más a hombres que a mujeres, y suelen manifestarse a edades muy tempranas. La mayor parte de los parafílicos suelen tener más de una parafilia y demuestran pocas habilidades sociales, problemas de insatisfacción, depresiones y trastornos psicológicos que les hacen creer que sus víctimas disfrutan con lo que están haciendo. Hay ocasiones en las que las parafilias son un sustituto temporal que resultan más comunes en la adolescencia y luego desaparecen, pero en la mayor parte de los casos presentan síntomas de cronificación y de imposibilidad de lograr la satisfacción sexual de  cualquier otro modo. Este es el punto más importante para afrontar el tratamiento, pues si la parafilia se concibe como una orientación sexual específica, del mismo modo que las orientaciones sexuales son imposibles de cambiar, tampoco sería fácil cambiar con terapia psicológica o sexológica la orientación de alguien que se excita exclusivamente con determinados tipos de personas, objetos o comportamientos. En los parafílicos lo que se puede trabajar o controlar, y sólo hasta cierto punto, es el comportamiento, no el deseo.

Grosso modo, las causas de las parafilias son todavía un misterio. A nivel biológico se habla de daños cerebrales, problemas en el desarrollo y predisposición familiar. Ciertas parafilias como la pedofilia y las agresiones sexuales a menudo se relacionan con abusos recibidos en la infancia. Pero según el mecanismo más aceptado, el factor desencadenante es la asociación del estímulo concreto a la excitación y el placer sexual durante etapas claves en el desarrollo, y una repetición que va reforzando el vínculo y la conducta parafílica con el tiempo. Es difícil hacer estudios rigurosos, pero muchos parafílicos recuerdan experiencias impactantes durante su infancia y adolescencia, lo que sugiere que es el resultado de procesos aprendidos. Es más que posible que si se entra en una espiral de asociar siempre el placer a un objeto o comportamiento determinado,  la dependencia derive en una obsesión que unida a problemas psicosociales, tendencias químicas y genéticas, trastornos de la personalidad o mentales,  hipersexualidad, consumo de drogas y falta de control de impulsos, llegue a convertirse en parafilia”.

Artículo extraído de un trabajo del Master en Sexología: “Parafilias, curso, pronóstico y fundamentos teóricos”. Todos los derechos reservados. 

 

 

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