Amor y Narcisismo

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Detesto Facebook, Twiter y, en general,  todas las redes sociales que se venden a si mismas como medios de comunicación. Me parece una perfecta receta para perder miserablemente el tiempo alimentado una identidad virtual que se nutre de relaciones virtuales que,  en realidad, ni nos importan ni existen. Sin embargo, mi parte miserable me atrae irremisiblemente allí los pocos momentos de mi vida dónde huyo de la responsabilidad, pesadita, de estar presente, con lo que sea que se presente,  pesadito, sin huidas.  Es decir, por veces huyo, aunque  por lo general, bastante poco. No por mérito, sino porque ya no me apetece. Si me apeteciera lo haría, como cualquier hijo de vecino. Tengo un doctorado en huídas, en las formas más sutiles y sofisticadas de escurrir el bulto.

Dentro de estas huídas que todavía me permito, a veces, lo confieso,  me entrego al pasatiempo de tomar el pulso psicológico (pulso es una mezcla entre el perfil y la tendencia psicológica de la gente y  las miles de extravagancias de su momento actual) que hay en las publicaciones. Sólo como ejercicio de entrenamiento. Sin más intención que mantener mi atención y mis neuronas entrenadas en eso que se llama leer entrelíneas para mantener el tono muscular de conciencia que necesito para hacer bien  mi trabajo.   Soy algo adicto a la gimnasia cerebral, es cierto.  Ejercicio cerebral que realizo, por cierto, cuando veo la televisión, que sólo pongo con este fin. Sin volumen, cuando puedo,  a ser posible.

Uno de esos días me encontré con una  publicación a la que no pude (bueno en realidad si pude pero no quise) resistir la tentación de comentar, más por puro experimento psicológico que por necesidad personal alguna de dar mi opinión. Dice un dicho que la opinión es como el culo, todo el mundo tiene uno.  Se trataba de una de esas historias en las que, digamos,  alguien se dedica a publicar la dramática historia de su desamor para obtener resonancia empática. Del tremendo proceso de resiliencia que le estaba suponiendo y de lo mucho que estaba creciendo a pesar de no ser capaz de “perdonar” a su ex y bla bla bla. A mi juicio, palabra prohibidísima cuando uno pretende hablar de amor, en todas las veces que el susodicho empleaba la palabra amor debería ponerse la palabra narcisismo. Soy bastante obsesivo con el uso correcto de las palabras.

Por supuesto la historia en cuestión no era asunto mío.  Ni tampoco resultaba interesante  ni a efectos literarios ni psicológicos ni objetivos. Que no era muy compleja, vaya . Todos los desamores que, para empezar, nunca fueron amor, cantan la misma tonadilla y suenan a lo mismo. Es como si todas empezaran por un do y acabaran por un la.  Mi comentario en cuestión no pretendía juzgar la historia, que no me importaba lo más mínimo,  sino poner en relieve la contradicción de exponer en público algo tan íntimo y privado como el amor (o el desamor), hecho que le quitaba ya toda credibilidad. Uno no expone sus entrañas abiertas al populacho-amiguería a no ser que obtenga algún misterioso placer en ello o algún tipo de sádico aplauso o admiración infantil  en el acto de hacerse el harakiri una y otra vez, repitiendo el sagrado ritual  del sapuku como en un extraño bucle en el tiempo. Día de la marmota versión corazón-corazón.

Anyway, que allí dejé mi cagarruta: “Esto que tanto te duele se llama narcisismo”. Y otras lindezas que en realidad son irrelevantes porque venían a significar lo mismo:  “el amor o el desamor es algo íntimo y personal, que se comparte con unos pocos, no un show-busissness a tiempo real”. No era personal, por mucho que el person en cuestión padezca y goce de su particular versión del endémico síndrome de Peterpan se separa de Wendy, dónde el mundo entero se acaba convirtiendo en el pequeño espejo de mi habitación. Para realizar esta operación asombrosamente mágica,  inevitablemente tengo que distorsionar y empequeñecer la experiencia real del mundo de forma que quepa y se ajuste a mi medida.

La inautenticidad  de una vida y su necesidad de compensación puede cuantificarse en la sencilla ecuación de cuanto de la realidad distorsiono, manipulo y reduzco para poder metérmela en el bolsillo, es decir, para que se ajuste a mi pequeño y avaro sistema de creencias, negando toda evidencia que demuestre lo contrario: Distorsión Cognitiva, capítulo uno.  Puedes reconocer a estos y estas joyitas por la calle cuando andan. No pueden andar mas de 20 metros sin mirarse en el cristal de un coche, escaparate, o charco, si llueve.  Ni publicar nada dónde el centro del hole picture sea su lánguida, alegre,  triste o intensa mirada. Es el arquetipo de la inseguridad a dos patas. Por supuesto, nadie más inseguro que aquellos pseudo-artistas que necesitan reafirmar 24 sobre 7 su existencia, como si temieran que,  de no hacerlo,  un agujero negro  emocional  se tragará su efímera existencia para nunca más volver a aparecer.

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Pues bien. Tristemente, la reacción fue la esperada. La palabra JUICIO parpadeando en el neón de su pequeño espejo. Y toda la avalancha de sus amigaría neohippie detrás, armados de conceptos sobre el amor, la compasión, la empatía, la soledad, el luto, los abusadores, las víctimas, el feminismo, el machismo, el poder de lo femenino y la miseria de lo masculino, el maltrato y la co-dependencia,  tan manidos y tan poco templados por la realidad de la vida, que oírlos se convierte ya en una especie de ruido de fondo que no deja huella. Triste, predecible, plano, mojado sobre mojado. Un buen momento para constatar las tendencias y el poco margen de maniobrabilidad de la psique colectiva. Por suerte para mí que el tiroteo cibernáutico no podía salvar la inalterable distancia de un Océano Atlántico, que mantiene el inevitable choque cultural apaciblemente amortiguado. Uy, que cosa más políticamente incorrecta acabo de decir.

Soy honesto, lo cual soy consciente que tiene cero valor objetivo, porque honesto no significa necesariamente veraz, aunque me quemen por ello. El  concepto del amor allí,  donde dicen los new-ages que se encuentra la vanguardia de la conciencia de la Madre Tierra, como el de cualquier otra cosa,  está aun bastante más colectivizado que aquí, que también lo está, aunque no tanto.  Así que en lo que a mí respecta, se pueden meter la vanguardia de la conciencia de Gaia por donde les quepa. A ese tipo de “vanguardia”, en Psicología Integral, se le llama conciencia pre-personal, y meterse con ella es, como poco, arriesgado, porque presionar con el dedo a una abeja significa alterar toda la colmena. Por eso no se puede decir nada a nadie sin que te vaya toda la tribu detrás. Cortados por el  mismo patrón,  todos se sienten identificados y heridos, o amados y comprendidos. O estás con ellos o contra ellos. O juzgas o empatizas, no hay punto medio. Increíble.   Porque las quemas de brujas, en este caso de juzgones sabihondillos (sea se yo)  que no empatizan con las pasiones y los dolores de parto del amor-desamor versión Shakespeare o Lope de Vega, aun existe. Dedo para arriba o dedo para abajo. Pan y Circo.

Lo que esta gente amorosamente colectivizada, que hablan del retorno a la Tierra, que se sacan fotos abrazándose a los árboles para colgarlas en la web alabando al Gran Espíritu,  fugados de las grandes urbes pero totalmente dependientes de ellas para ganarse la vida,  mientras viven de alquilar un spa de lujo en la naturaleza por miles de dólares al mes, o de la renta de sus padres, o de vete a saber que ni me importa. Lo que esta comunidad neo-eco-virtual que esperaba que en el 2012 cambiara totalmente el mundo,  que confunde sistemáticamente la conciencia prepersonal y regresiva con la transpersonal y evolutiva,  no sabe,  es que mantengo una cruzada personal (sabiendo que el peligro de convertirse en un cruzado de cualquier causa es morir por tu propia espada) para restituir el valor del significado complejo del amor. En realidad,  es lo único que me interesaba y me interesa de todo este entuerto. Denunciar todos esos dolores y tragedias que ponemos en la cuenta del amor y que no son más que la prolongación de un aprendizaje basado en el egoísmo, la necesidad, el interés y en la supervivencia,  y que del amor libre y desinteresado, que para llegar a esa libertad y desinterés ha de trabajarse,  no sabía ni sabe ni le interesa saber ni papa. El amor no como subidón o bajón, el amor no como una montaña o ruleta rusa, sino el amor que se trabaja, el amor como Trabajo de Alquimia del Alma. El amor de Santa Teresa. El que lleva la oración y los rezos a la cocina y a limpiar con estropajo los recovecos del ser. Un tipo de amor que, seamos sinceros, en la era de la facilidad y del amor-desamor a golpe de dedo, ni está de moda ni se estira.

Astrológicamente, el máximo nivel del amor al que ha llegado la Psique Colectiva es la necesidad de diferenciación y reconocimiento leonino, que en la mayor parte de los casos arrastra, aún,  serios problemas  por no haber construido una base emocional necesaria de vínculo e identidad de pertenencia en Cáncer, por lo que esta psique oscila entre la necesidad más infantil de pertenecer a algo y la necesidad también infantil de que me den golpecitos en la espalda cada vez que hago bien un pastel. Ese es el nivelazo. A partir de Virgo,  y en los signos sucedentes, el significado de un amor descentrado, en el que la persona no necesita ya ser constantemente ser nutrido o ser el centro del mundo,  es algo aun desconocido.  No es que el Amor de los demás pulsos astrológicos no se viva, sino que se vive siempre en referencia a este atasco fenomenal en el que está metida el grueso de la conciencia humana, dando como resultado una forma amorosa que intenta encarnar un nivel más evolutivo del Amor pero que se manifiesta inevitablemente de una forma distorsionada. Encarnar una forma no distorsionada de vivir el Amor en Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario o Piscis (o de un Sol en sus respectivas casas, de la Seis a la Doce) es prácticamente una hazaña porque no hay forma de desligarse del registro que todos tenemos de los demás signos anteriores, sobre todo en lo que toca a Leo y Cáncer, a través de los planetas y las casas que tenemos implicados en estos pulsos.

No me enrollo más. A estas alturas ya habré suscitado suficientes polarizaciones, como yo las llamo.  Suficiente chicha. En cristiano: opiniones, pensamientos, emociones, juiciossssss… a favor y en contra. O ni fu ni fa, lo cual estaría bien para variar. Dejando el apoyo de la Astrología, engancho con mi amiga la Kabbalah para terminar de rematar al toro y olé. Y a quien no le guste el toreo psicológico que no mire el final de la faena. Con la moda de que el amor nunca juzga se intenta talar uno de los tres pilares de la Kabbalah, el del Rigor. El Rigor traducido es la Gravedad y la Presión*,  que permite contener y dar forma y estructura a una energía que,  de otra forma,  se disiparía y se perdería. Cuanta gente justifica una vida disipada, dispersa y disoluta con la moda de que el amor no da para juicios, y,  de paso, para nada que cuestione un exceso de indulgencia que al final resulta en pura autocomplacencia. Para que el Amor refleje las cualidades equilibradas del Pilar Central ha de saber aplicar Rigor cuando hay un exceso de Permisión,  y Compasión cuando hay un exceso de Tensión. Gautama el Buda lo puso de este modo después de pasar de una vida hedonista a otra ascética: “Si la cuerda está demasiado tensa se romperá pero si está demasiado suelta no sonará”. Da igual por dónde lo mires, el Amor exige equilibrio.

!Espabilen señores Pijipis!.

*Fortune Dion, una  de las mayores y más ignoradas esoteristas del S. XIX,  le dijo una vez a un discípulo que  le preguntaba sobre la naturaleza de Dios lo siguiente: “Dios es Presión”

El Arb14

 

 

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