El síndrome de la rejilla

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Es asombroso ese complejo que adolecemos casi (vamos a salvar a algunos para que la excepción confirme la regla) todos los terapeutas, no clasificado aún, que por llamarlo de alguna manera lo denominaré el síndrome de la rejilla.

Se me ocurrió este nombre cuando me vino a la cabeza la imagen del cura detrás de la rejilla del confesionario.  Desde que la intimidad/privacidad del contexto psicoterapéutico ha sustituido, para bien y para mal, a la intimidad/privacidad del contexto religioso, o si se quiere decir de otra forma, desde que los psicoteraoeutas han sustituido a los curas como aliviadores-redentores de la culpa/malestar individual y colectiva, también han pasado de uno a otro sus virtudes y sus vicios: eso sí, inteligente o seguramente camuflados bajo una capa de como llanarlo, de amiguismo- colegueo postmodernista.

Nos hemos hecho aparentemente más cercanos y amigables, pero bien por dentro seguimos a millones de años luz del único fondo desde el que un ser humano puede comprender y aliviar a otro ser humano: la fragilidad de saberse libre pero responsable ante la vértiginosa incertidumbre de la vida,  dónde la única cosa segura no es más que una escalera que uno  va construyendo a través de la intención de poder llegar a aceptarse,  comprenderse y amarse a sí mismo como expresión y parte inherente de esa misma vida.

Poesías aparte, si nosotros terapeutas, -sea la razón que sea por la que la vida nos ha llamado a aprender y perfeccionar el delicado y peligroso arte de acompañar a un alma en la búsqueda de su sentido (ciertamente ahora no se me ocurre nada mejor)-  no nos decidimos a vivir y respirar y temblar y hablar desde ese fondo, solo habremos modernizado el confesionario en una versión  3.0 bastante patética, aunque la tapicemos de seda y terciopelo. El síndrome de la rejilla seguirá separándonos de ver al ser que tenemos en frente en su totalidad, no desde nuestro petulante o  cochambroso  arsenal terapéutico: técnicas, cursos, formaciones, títulos, oh años y años de experiencia, y bla bla bla,   sino desde la revelación  que se produce instante por instante si uno está despierto, vivo, presente, con los dos pies bien asentados en ese fondo, por mucho que la cabeza apunte al cielo. El Corazón bien en el centro.

El síndrome de la rejilla es un bunker, una trinchera, una madriguera versión personalizada “allá cada cual”. Pero es una estafa. La peor de las estafas. Por una sencilla razón: su doble direccionalidad.

La dirección  de ida nos impide ver al otro completamente, del mismo modo que el cura no puede ver al pecador mientras tenga su cabeza llena de pasajes de los libros sagrados. De la sagrada palabra de Dios.  La sagrada palabra del terapeuta es la sagrada palabra de exactamente eso que aún llena su cabeza, y por lo tanto, su inseguridad, que le impide mantener su corazón vacío y fresco ante la sagrada presencia del otro. La epifanía, la luz de la verdad está ahí mismo, hecha carne y hueso, pero mientras creamos que sabemos una sóla cosa cierta sobre la condición del ser que tenemos en frente no sabemos una puñetera mierda. Menos que eso.

Despejar esta dirección, la de ida,  es más o menos algo trabajable dependiendo de la honestidad de cada terapeuta, y   también,  de la idiosincrasia de la terapia/terapias que siga. Casi todas las nuevas terapias que han surgido en los últimos, digamos,  50 años,  se proclaman a sí mismas como limpiadoras honestisimas, despejadoras de las trampas que surgen en esta  dirección y  que nos impiden ver realmente al otro. Todas, por supuesto, son la panacea, el Santo Grial de las Terapias, la nosequecuantasvan maravilla del mundo. Dejémoslo ahí.

Hablar de la otra dirección, de la de vuelta, está tan prohibido en el mundillo psicoterapéutico como lo estaba y está en el religioso. Desde que el psicoanálisis se inventó, así de la nada,  ese maravilloso palabro  llamado transferencia y toda su prole: contratransferencia, recontratransferencia and so on, el síndrome de la rejilla blindó e investió al terapeuta de una condición semidivina como dispensador del Gran Ojo que todo lo ve pero que nunca puede ser visto.

Me explico, nada más cómodo y gustoso para la parte más miserable y fragil de nuestra humanidad que ponernos el traje de psiconauta que permite navegar y hurgar otra psique sin rendir cuentas ante la nuestra. Esta técnica de guerrilla de camuflaje puede (y debe) funcionar con la mayor parte de nuestros clientes pero no puede (ni debe) funcionar con algunos que tienen la misión -sagrada mision aunque ellos mismos no lo sepan- de despejar, limpiar, sanar esa otra dirección. La de vuelta.

So riesgo (cosa que me trae absolutamente al pairo) de ser excomulgado de esta venerable y las mas de las veces cobarde e hipócrita comunidad, digo  y mantengo que es necesario que el terapeuta se muestre, no para ser visto, aunque eventualmente alguien, algun ojo avezado y corazón afinado lo vea, sino para mostrarse como ejercicio libre y responsable de humanidad. De polvo y barro lleno de espíritu.

Pero ojo. Que se muestre no quiere decir ni por asomo que se tome la licencia de personalizar y arruinar la terapia, el tiempo, el momento del otro con sus propios contenidos, con sus discursos egoicos,  con sus anécdotas de Frank  de la Jungla, con sus estúpidas e infantiles autojustificaciones o con su biografía iluminada de cuando encontré a tal o tal maestro o chamán  en el Amazonas, en el Himalaya o en Tumbuctú.

El ego del terapeuta, independientemente de si es un ego sano o no,  limpio o no, no le interesa a nadie más que a sí mismo. Y así ha de ser. Pero su ser, tan susceptible, por mucho que no lo quiera, de pasar por las mismas crisis y transformaciones (cambios de forma) que cualquiera,  ha de mantenerse flexible y transparente. Flexible y transparente no quiere decir infantil o ingenuo, ni muchisimo menos blando o pusilánime, sino accesible a la mirada del otro cuando la mirada del otro, sea o no cliente, le ve.

Un terapeuta en crisis puede convertirse en una bomba de relojería para el mismo proceso terapéutico precisamente cuanto más intenta ocultarla y/o exhibirla.  Tampoco hace falta mostrarla y muchísimo menos venderla a precio de saldo o regalarla para sentirse un poquito mejor. La mayor parte de los clientes están tan embebecidos en su propio drama y miseria que no notarán nada aunque literalmente se te esté abriendo el séptimo círculo del infierno bajo tus pies en medio del despacho. Y así, repito,  ha de ser. Sin embargo, alguno verá mucho más allá de la rejilla y aunque tenga la discreción de no decirte nada, su mirada de reconocimiento limpiará el recorrido de vuelta. Gracias a Dios. Sin palabras, en silencio.

Un terapeuta que esconde o exhibe (tanto monta que monta tanto) sus crisis es un peligro en potencia, un terrorista, tanto para sí mismo, como para los demás. La crisis es el distintivo más significativo del viaje del ser humano. Sin ella,  no llegaríamos a ninguna parte distinta, es decir, nueva y genuina.   Y no estoy hablando de un mal día o una mala semana  en terapia donde uno no puede hacer otra cosa más que poner el piloto automático. Hablo de una crisis con todas las letras hecha del mismo material,  aunque tenga distinto calado, que la de cualquier otro ser humano.

La crisis del terapeuta es una oportunidad, probablemente la única oportunidad que tiene, de deshacer el hechizo y despejar el camino del síndrome de la rejilla, no tanto en la dirección de ida, que también, sino de vuelta. No hace falta echar la persiana y cerrar el chiringuito, a pesar de que el calado o profundidad de la crisis nos lleve a pensarlo, a no ser que ni siquiera nos tengamos en pie. En la mayor parte de los casos la tentación de cerrarlo es una huida a la inevitabilidad de ser visto, de la necesidad de ser visto.

Tampoco se puede hacer como si tal cosa o correr en dirección contraria, es decir, ocupándose, y por lo tanto, refugiándose, en las crisis y problemas del otro, sea este otro un cliente o no. Mientras la crisis sea gobernable es necesario evitar estas dos tentaciones. Se toman unas vacaciones, se permite  uno un retiro temporal, se disminuyen las sesiones, se anulan las que hagan falta, pero no se corre ni en una dirección ni en otra como un pollo sin cabeza por miedo a perdee no se qué historia de automagen o reputación, esa que se ha construido con tanto esfuerzo, a pico y pala,  o como coño sea. Se pone el clientismo, sea se, el miedo compulsivo a perder clientes,  en cuarentena,  y si no vuelve tanto mejor: se compra una botella de vino y se brinda por esa nueva libertad en la conciencia.

Se sostiene de la única forma que se puede sostener una crisis: con humildad y generosidad, es decir, con genuino amor propio hacia uno mismo, y también, hacia los que están y estaban  ahí para nosotros,  lo veamos o no.  Lo cual significa necesariamente dejarse ver y no huir cuando la mirada del otro, sea cliente o no, te ha visto. Y también dejarse ayudar, en la forma que ese otro, sea quien sea,  quiera o pueda ayudarnos.

El único terapeuta (al que por cierto no conocí) al que he oído hablar claro y alto sobre la necesidad de acabar con el síndrome de la rejilla, para que la luz del ser pueda fluir en las dos direcciones (del terapeuta al cliente y del cliente al terapeuta) es, fue,  Guillermo Borja. Sin llegar a ser tan controvertido, aunque lo sea, como él, en términos de temperamento y carácter siempre me he sentido muy próximo a su enfoque, es decir, a su salvaje honestidad. Este salvajismo probablemente me impida ser lo que yo llamo un “terapeuta de mantenimiento”, con todos mis respetos hacia ellos porque hacen mucha falta. Pero la cola de lobo que me asoma detrás del traje  me permite sin embargo navegar por las crisis ajenas con toda comodidad allí donde casi todo el mundo que conozco pierde el pie, el norte y el sur. El precio para poder seguir navegando, el peaje que se me exige, es ser consecuente con mis propias crisis, lleguen cuando lleguen y me vea quien me vea. El precio de ser lo que yo considero un buen terapeuta consiste en una sencilla regla: no exhibirme (jactarme) ni esconderme. El exhibicionismo eclipsa al otro, lo niega. El ocultismo juega con un poder que en realidad ni siquiera existe.

Mentiría si dijera que haber escrito este post es mérito mío. No lo es en absoluto. Es el  mérito de una mirada que me ha enseñado esto, prácticamente en silencio, sin palabras. Si es de otro terapeuta, un cliente o un amigo o amiga eso es irrelevante. Esa mirada se compone de varias miradas que me han visto de verdad en distintos tipos de contexto.

A todas esas miradas, a esa mirada compuesta de todas ellas, sólo me queda darle las gracias. Gracias por lo que me toca. Gracias por ayudarme a mandar la rejilla al quinto coño de su madre, y al síndrome con ella.  Si de algo estoy seguro es que sin ella la luz no sólo fluirá, como tiene que fluir,  en las dos direcciones. También estoy seguro de que cuando esta crisis termine mi forma de entender y concebir la terapia, el encuentro entre dos o tres o más seres libres y responsables, no será la misma que antes. La nueva  forma que está tome me importa bien poco. No tengo la más mínima duda de que será la que tenga que ser. La que me permita mayor honestidad y por lo tanto, mayor libertad de movimientos.

En las dos direcciones.

 

 

 

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