Los dos lados de la Luz

 

images

 

Para entender más claramente este post sería recomendable leer el anterior, aunque no es imprescindible (https://cesarbacale.wordpress.com/2018/10/16/el-sindrome-de-la-rejilla/ ):

Recuerdo que hace unos 4 o 5 años, un astrólogo reputado y de fama merecida,  después de leer mi web profesional,  me recomendó dejar de publicar desde un lugar tan subjetivo y concentrarme más en un tipo de publicaciones más objetivas, que no hablaran tanto de lo que sentía que hacia, es decir, de mi auto-imagen de mi mismo,  sino de lo que de mí podía ser exportable y vendible, digamos, comerciable en el ámbito público y colectivo.

Hasta ese entonces, mi conocimiento sobre Astrología era considerable en lo que a arquetipos vibratorios (signos) y planetarios (planetas) se refiere, pero no llegaba a entender el juego del sistema de casas (por así decirlo, los ámbitos estratégicos de la vida donde se activan y conviene sacar partido a esos arquetipos), que era de lo que precisamente me hablaba el astrólogo. De lo que me hablaba precisamente era de publicar no tanto desde mi casa 1  (casa de la personalidad por ponerlo parvulariamente simple) y enfocarme en mi casa 10 (casa de la realización y de la proyección pública, por ponerlo de la misma manera, para que se me entienda).

Lo paradójico de esa consulta fue que no resolvió para nada el motivo por el que acudía (un tema escabrosamente  complejo y personal) pero  me ayudo en algo para lo que no había acudido: salvar el abismo que sentía entre mi vocación (llamada de mi alma) y mi profesión (a lo que me dedicaba en ese momento).

Cinco años después, es decir, hoy mismo, ha llovido mucho, y no precisamente sobre mojado. La Astrología se ha convertido en uno de mis principales medios tanto de autoconocimiento e investigación como de subsistencia. Hasta tal punto, que ahora (cosa en la que no estoy en absoluto interesado), podría rebatir a este astrólogo unas cuantas cosas. Para empezar, y para terminar (porque no es ese mi objetivo), que el conflicto entre mis casas 1 y 10, o mis publicaciones o proyecciones subjetivas u objetivas, o por decirlo de otra manera,  entre el yo para mi mismo y el yo para los otros, no era tan fácilmente dirimible como en principio lo presentaba, porque,  para empezar, y la experiencia me ha enseñado eso, nunca lo es. Y  para seguir, porque tengo tres planetas en la casa 1, entre ellos Marte en conjunción con el AC, mercurio  y el Sol, y nada, salvo el nodo norte,  en la casa 10. Así que mi tendencia a expresarme y publicar más desde la energía de la casa 1 que desde la casa 10 es, de, como quien dice, de cajón. Pero no sólo esto, dado que Capricornio me abre la casa  1 y Escorpio me abre la casa 10, es necesario e inevitable estudiar y analizar sus  planetas regentes (Plutón y Saturno) por signo, casa y aspectos. Esto tan complejo para cualquier lego en Astrología, que para mí ahora resulta un automatismo de andar por casa, me habría ayudado inestimablemente en esa lectura,  que se fue aclarando sobre todo tras algunos años, , no demasiados,  de práctica y estudio.

Bien, volvamos a lo que nos interesa, que no es la Astrología precisamente. La Astrología, entre otras disciplinas esotéricas como la Kabbalah, durante mis últimos 4 o 5 años, se había convertido en ese puente entre lo que sentía la vocación  o llamada de mi alma y mi profesión, es decir, la forma que mi alma había tomado hasta ese momento y durante los últimos 10 años: terapia psico-corporal mayoritariamente. Bien, la paradoja es que ese puente llamado Astrología ha dejado de salvar ese abismo, pero a la inversa, es decir, ha dejado de ser una vocación o llamada para convertirse en una profesión que ya no satisface la necesidad evolutiva de mi alma.

Para entender este trabalenguas es necesario derribar unos cuantos mitos. Creemos, porque así lo imaginamos y así nos lo han dicho, sobre todo desde los nuevos voceros de la new age, es decir, falsos profetas,  y otras tonterías por el estilo,  que podemos tener unas cuantas profesiones pero que en realidad hay una sola vocación. Y creemos que cuando nuestra profesión se convierta en lo mismo que nuestra vocación, habremos encontrado nuestro camino, seremos felices y comeremos perdices. Esto es solo el último cuento chino del mundillo del desarrollo personal.

Pongo un ejemplo sencillo: durante mi última temporada como astrólogo he tenido literalmente una invasión de personas que me han venido desde el mundo del desarrollo personal. Concretamente,  a  través de uno de esos nuevos másters que salen cada día como setas y que prometen el oro y el moro de la autoridad interna y el liderazgo sobre la propia vida a través de un pupurrí de técnicas, enfoques psicoterapéuticos y otros mejunjes que remueven mucho en todas direcciones del ser,  pero sin orden ni dirección, que profundizan algunos menos y algunos más, también sin orden ni dirección,  pero que de tanto mover y mover son incapaces de poner todo aquello bajo una melodía armónica.

No es que los profesores y las técnicas sean malos o incompetentes. Para nada. Todos tienen que publicitarse y expandirse: justo y necesario, como en misa. Es que no hay ningún director de orquesta para afinar tantas notas y melodías distintas.  Es decir, sobra talento pero falta armonía. Resultado: la gente sale incapaz de hacer lo que hacia antes pero sin saber que hacer a continuación, por lo que se queda flotando en una especie de limbo ontológico en busca de sentido. Hasta que punto este tipo de masterspupurri y otros parecidos se alimentan de la insatisfacción natural de esta vida materialista de desconexión profunda con las realidades más trascendentes y menos prosaicas del ser, es comprensible. Lo que no lo es, es el relajo con el que prometen salir de allí con algo remotamente parecido al empoderamiento y a la autoridad interna en cosa de un año. Me descojono.

Volviendo a la Astrología, y dado que me habían recomendado como astrólogo, desde la astrología herética, que es como la ejerzo y como la llamo, he hecho lo posible para arreglar en la medida este tipo de desaguisados, sobre todo con las personas que esperaban encontrar en ella su propósito, que es como lo venden otras escuelas y enfoques que, según mi punto de vista, y es el mío, se están forrando con ella.   Es decir, he intentado explicar lo más simple y llanamente posible que no hay vocación definitiva alguna que resuelva el anhelo evolutivo del alma. No solo la profesión varía y debe variar según la carta (o no, según te de la gana), sino también la vocación ha de hacerlo. Caso contrario, el alma no evolucionaría. Para que nuestro cuerpo,  psique, mente, alma y espíritu evolucionen,  los cambios y las mutaciones profesionales son tan necesarios como los vocacionales.

Para entender esto es necesario entender primero que la vocación de nuestra alma, nuestro propósito como así lo llaman,  no va en una dirección determinada durante toda nuestra vida. Muta. Profundiza. Cambia. Adquiere nuevos e insospechados significados y sentidos.  Y para entender esto es necesario explicar, porque nadie lo explica, que el alma no es tanto un tipo de identidad superior como un registro, un archivo de experiencia. ¿Se entiende esto? El alma es un vehículo, una capa, un estrato del ser, de la conciencia, no el ser mismo. Importante diferencia. Y como vehículo, tiene distintas velocidades y distintos despliegues de sentido y dirección. Que han de volverse cada vez más amplios y profundos.

Mi crisis personal con la Astrología, entre otras muchas con las que ahora lidio,  es que, por un lado, ha dejado de ser para mi un vehículo amplificador y expansivo de las necesidades evolutivas de mi alma, es decir, de mi vehículo-registro de experiencia, y por otro, sigue siendo una herramienta útil para las necesidades evolutivas del alma de muchas personas que llegan a mi consulta. Hablando con una amiga, el otro día, lo ponía de esta manera mas simple que ayudará a que se entienda. Para mi la Astrología es como un techo de cristal traslúcido horadado con distintas figuras geométricas que dejan pasar la luz que llega desde arriba, pero que la encapsulan en una determinada geometría que se proyecta sobre la sombra (el suelo) de  nuestra psique. Mientras el alma de la persona mira este techo de cristal traslúcido desde abajo, la Astrología, es decir, la luz codificada en esas formas geométricas condicionan la forma en la que experimenta su ser, su energía, su psicología y su vida.

Desde este nivel, vista desde Abajo, la Astrología ayuda a conocerse a uno mismo y a entender los patrones y condiciones que nos influyen a nivel interno y externo. Hasta ahí todo bien, porque la mayor parte de la gente que acude a mi consulta sólo puede mirar la Astrología desde abajo. Aunque hay, ha habido excepciones a los que mando a su casa de vuelta a vivir la luz, su luz, directamente. Sea por la razón que sea, a veces la vocación del alma le lleva a un lugar evolutivo en el que se puede ver el juego de la luz proyectada en formas geométricas desde arriba. Y desde arriba la cosa cambia porque uno puede mirar directamente tanto el filtro como la fuente de la Luz. Yo por ejemplo he llegado a ese lugar a través de la Kabbalah y otras experiencias internas y externas,  pero se puede llegar de cualquier otra manera, eso es irrelevante. Lo relevante es que si, sea por la razón que sea, al alma le es dado ver directamente la luz antes de ser filtrada y codificada por las formas geométricas, queda desde ese instante libre de las condiciones e influencias de esos arquetipos. Desde ahi,  la Astrología vista desde abajo del techo traslúcido de cristal deja de tener mucho sentido, aunque lo siga tendiendo para las personas cuya alma y vida transita por debajo. Espero sinceramente que los términos de Arriba y Abajo no se presten aquí a ninguna confusión sobre superior e inferior. Arriba y Abajo son sencillamente uno y otro lado de la pantalla de formas geométricas. Lugares relativos aunque radicalmente distintos de ver y experimentar la Luz.

Unknown-2

Ahora bien, durante todo este último año he bregado con la necesidad de ir de un lado a otro del techo de cristal, no tanto por la necesidad de oscilación de mi alma entre un lugar y otro, sino para seguir traduciendo, aunque de una forma  cada vez más herética y libre,  la información y codificación astrológica y/o psicoterapéutica a mis clientes. Ahora, recientemente,  he llegado al punto de comprender que esta oscilación ya no es ni posible ni sostenible para mi, que he de elegir  entre seguir la nueva vocación-llamada evolutiva de mi alma, que me empuja a mirar y reconocer la fuente de la luz más allá de su proyección en cualquier forma geométrica o arquetípica, o quedarme al servicio de la interpretación de estas proyecciones para los demás. Lo cual me lleva de nuevo, aunque a un nivel metafórico, al viejo conflicto entre mi casa 1 y mi casa 10. Esta oscilación forzosa, no deseada, aunque del todo necesaria, porque me ha obligado a establecer un puente entre mi tendencia a ir hacia dentro y mi disponibilidad al servicio de mis semejantes (perfil 2/4) en el Diseño Humano),  ha terminado por crear una especie de nuevo destino en el que, partiendo tanto desde abajo como de arriba, parece que mi nueva vocación es romper ese techo traslúcido de cristal, para que la fuente de la luz pueda incidir en el alma de las personas directamente, sin intermediarios. Eso si, para quien quiera y pueda soportarla.

Lo cual significa empezar a decir que lo que antes suponía un canal (la astrología, pero también cualquiera de las técnicas y procedimientos psicoterapéuticos que he estudiado) es ahora, básicamente, y para ser franco también en público, dado que hace tiempo que lo soy conmigo mismo, un estorbo. El dilema no es tanto la certeza de mi nueva vocación, de mi nuevo destino, algo que siempre he sentido en el fondo de mis entrañas. El dilema es saber que, de entrada, ningún alma está preparada para mirar sin tamices ni filtros la fuente de la luz, lo cual no deja de ser paradójico, porque esa luz es precisamente aquello que la constituye y le da su sentido. Esto, en términos bíblicos, los profetas lo llamaban el temor de Dios, al que no se podía mirar  cara a cara y seguir vivo. Aquí vivo se traduce en términos espirituales modernos como una identidad separada de la Fuente y del resto de la existencia.

Es claro entonces que el alma que aún necesite sentirse y experimentarse separada aun no estará  preparada para mirar a la luz, su propia luz, sin intermediarios, sin dioses, sin arquetipos, sin creencias, sin filtros. Y esto es, por suerte y por desgracia, la gran mayoría. Lo cual no resuelve para nada mi necesidad de elegir entre vivir debajo o arriba del techo, sabiendo que ahora, no antes pero ahora, puedo elegir construir mi casa, mi nuevo sentido de la identidad, tanto en una parte como en otra. Si la construyo abajo, mi supervivencia, éxito, reconocimiento, bienestar estarán asegurados, porque si hay algo que domino es el arte de la interpretación. Sin embargo, me sentiré incompleto de una forma que nadie sino yo mismo podré remediar. Si la construyo arriba, todo lo que he construido hasta ahora, toda mi estructura personal y profesional cambiará inevitablemente hacia un rumbo tan incierto como desconocido.

En cierto sentido más profundo, ni siquiera esta elección es posible porque lo que siento muy dentro de mí es que mi alma ya ha decidido. Y lo que ha decidido no puede ir en el sentido contrario a su propia evolución. Dolorosa, sí, pero inevitable. Vivir la luz (y también la oscuridad) sin filtros significa para mí, yo que siempre he tirado de mapas y discursos, olvidarse de los mapas y de los discursos. No porque así lo quiera sino porque ninguno de los mapas que manejo y he manejado hasta hoy es capaz de resolver la ecuación plateada en esta crisis. Y no es que le tenga miedo a las crisis. He pasado por demasiadas para tenerlo. Es sencillamente que esta, precisamente, parece conectar con el mismo hilo conductor que ha atravesado todas las pequeñas y grandes crisis de mi vida. Me toca y me ha tocado en un lugar tan profundo que no hay mapa que pueda sostenerla.  Solo mirar hacia la luz  (y la oscuridad) sin filtros, mía y de los demás  parece aliviarla, por mucho que mirar directamente duela y queme. Que lo hace.  Y lo hará, lo sé con toda certeza, durante un tiempo todavía.

Ciertamente, sobre todo en estas últimas semanas, siempre y cuando el voltaje del dolor lo permite, voy comprendiendo cosas con toda claridad. Una de ellas es entender porque siempre he tenido el sueño de bucear con ballenas. Mi alma es como una de ellas, tiene el mismo mecanismo que le permite poder retozar tanto en la superficie  donde los rayos de luz juguetean con las olas, como en profundidades donde la presión y la oscuridad son inconcebibles. No pierdo pie en las profundidades de la conciencia. Nunca lo hice porque ese es precisamente mi hogar, y es allí hacia donde una vez y otra me empuja mi destino.  Es allí donde soy y disfruto, más aun que en la superficie donde algunos me verán solo de cuando en cuando, asi como para tomar aire, y ya. Esto que parece obvio a nivel de como me vivo internamente no lo ha sido tanto a la hora de como me vivo externamente, donde me he visto forzado, porque no he sabido hacer otra cosa, a buscar mi sustento en la superficie más de lo que me gustaría. He aprendido a hacerlo, a adaptarme,  pero he llegado a un punto en mi vida dónde ya no hay sitio para esa fragmentación entre lo que siento a nivel interno y lo que he representado a nivel externo. No es cansancio, no es aburrimiento, es pura y sencilla imposibilidad de seguir separado en estos dos niveles, de seguir salvando el abismo entre lo que soy y lo que represento, sobre todo, para otros. No es que esta distancia, este ángulo de 90 grados como lo llama Julio Olalla, entre una cosa y otra, o esta cuadratura en términos astrológicos,  sea una causa de sufrimiento sólo para mi. Lo es para todo el mundo. No hay nadie que no sienta la necesidad de salvar el abismo entre lo que siente que es genuinamente y lo que representa. Siempre que sea consciente de esta diferencia claro, porque hay personas que ni siquiera se han tomado el tiempo y el amor propio para saber que es lo que sienten, cual es la medida de lo que realmente son por dentro.

Lo que soy no es un sexólogo ni un psicoterapeuta ni un astrólogo ni siquiera un brujo aunque esto último se le acerque. Ni muchísimo menos un gurú. Eso son sólo representaciones externas cuya forma está empezando a agotarse y necesitan cambiar  de nuevo de forma, otra vez,  de las muchas que ya he cambiado.  Lo que soy tampoco es ni será algo eterno, inalterable e inamovible. No creo en el Advaita, ni en el neo ni en el antiguo, ni en su mensaje sobre la inmarecsible ineltarabilidad del Ser, sobre todo porque ya lo transité. No creo en el Ser ni en la Conciencia Pura ni como origen ni  meta de la existencia, ya lo explicaré en su debido momento.  Lo que soy ahora y aquí es un registro de alma que,  sea por las razones que sea, ha sido llamada a mirar,  reconocer y expresar la luz (y la oscuridad) sin filtros, tanto dentro de sí como fuera de sí misma. Si a esto se le ha llamado de múltiples maneras, que se le ha llamado, no me importa, porque siguen siendo mapas. Como sea, son palabras.

No. No estoy iluminado. Tampoco creo en eso. Y de estarlo estaré siempre tan inevitablemente iluminado como oscurecido. Estoy sencillamente tocado, quemado, conmovido, desgajado, llamado, reclamado, tironeado por otro nivel de conciencia que me ha hecho imposible que la estructura  y la intención que me ha sostenido hasta ahora me sigan sosteniendo.  Desde hace mucho. Resistiéndolo desde hace demasiado.

Un cliente, de los pocos que saben que estoy pasando un verdadero mal trago,  me preguntaba ayer que tal iba. Lo comparto como excepción a la regla y como ejercicio de tirar un puente necesario entre lo que siento que soy y lo que represento: “Un espacio de conciencia más grande de lo que había experimentado nunca pero un vértigo paralelo que a veces se traduce en plena libertad  y otras en puro miedo”. 

Tremenda descripción, me dice.

No cariño, tremenda experiencia. Tremendo culo al aire a tiempo completo, que ademas, a veces se caga encima y a veces no.  Mientras aprendo a lidiar y reconciliar los dos lados de la Luz, mientras mi casa se traslada, ladrillo a ladrillo, cimiento a cimiento,  arriba del techo, al otro lado de todas las formas que condicionan y distorsionan nuestra experiencia directa de la Realidad. Luminosa u oscura, pero directa.

 

Nota: Buscando imágenes para este post sobre la Luz filtrada o proyectada me ha venido a la cabeza el mito de la Caverna de Platón, que apunta exactamente a lo mismo que he intentado explicar con la metáfora del techo de cristal traslúcido con formas geométricas. También  hay otro relato o versión esotérica, no se si cabalista u otra,  en el que las estrellas eran concebidas no como puntos de emisión de luz sino precisamente como agujeros que dejaban pasar una luz que sin filtros quemaría toda nuestra noción de identidad separada,  porque la Luz, sencillamente lo consumiría todo. De ahí que la Kabbalah conciba la Creación y la Existencia como una necesaria retirada (Tzimtzum) del Absoluto para que otra cosa pueda existir a partir de los distintos gradiantes de luz desplegados de su Emanación. El mismo concepto es aplicable a los Sefiroths -entendidos como filtros progresivos del Kav o Rayo de la Creación, a través del cual el Absoluto penetra en el Vacío (Reshimu) creado tras su retirada- sin los cuales la Luz no podría ser experimentada ni contenida desde un lugar separado de sí misma. Profundizaré algo más en esta idea, demasiado compleja para acotarla en un articulo,  más adelante.

 

Platos-Cave-1

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s