Los tres (cuatro) miedos, las siete estructuras de conciencia y la excusa infinita.

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Recuerdo que allá hace 10 años más o menos, sobre el 2008 aproximadamente,  enfrascado en el análisis y experimentación de los tres miedos básicos (miedo al abandono, al rechazo y al abuso) que describe Krishnananda en su libro De la Codependencia a la Libertad, no se me ocurrió, tan hipnotizado estaba en el mundo de las relaciones y la marea emocional en la que se ahoga -yo incluído- casi todo el mundo, que estos tres miedos, y sus mecanismos defensivos,  se manifiestan también en el ámbito vocacional/profesional de nuestra vida. Ahora me parece una ignominiosa obviedad. De blanco y en botella, coño.  A estos tres miedos básicos yo añadiría el miedo a la libertad (o si se quiere, a ser uno mismo) del que hay tanto que decir -no lo voy a tratar ni ahora ni aquí- que el señor Erich Fromm le dedica todo un libro con el mismo título.  El miedo a la libertad. Absolutamente recomendable.

Uno o dos años más tarde, 2009/2010, ya liberado de una relación co-dependiente,  no precisamente por mi parte (a mi me tocó no en esa,  pero si en la siguiente, jeje..), profundicé en la etimología de los tres miedos a través del mejor libro que he leído hasta ahora sobre la construcción de las estructuras defensivas del  carácter, es decir,  de adaptación y supervivencia que compensan, de una forma u otra, estos miedos. El libro lo escribió el difunto psiquiatra y psicoterapeuta Juanjo Albert (Dios se lo tenga en la Gloria Bendita), y se llama Ternura y Agresividad: Caracter, gestalt, bionergética y eneagrama. No tengo la más mínima intención de escribir una reseña del libro,  seguro que hay muchas. Baste decir que gira alrededor de dos impulsos básicos: el impulso unitivo que nos lleva a buscar ternura, afecto, protección, contención y amor por un lado, y el impulso de separación que nos impulsa a buscar libertad, experimentación, independencia, auto-afirmación y confianza en uno mismo, y en todo el desaguisado que viene de los bloqueos que impiden la homeosotasis, o regulación orgánica y natural de equilibrio entre estos dos impulsos sobre los que huelga decir que giran las psicosis, neurosis y  todas las osis del ser humano. Muchos años mas tarde de la definitiva construcción de nuestra  tipología caracterial (sobre los 7-8 años), ya adultos, todo nuestro conflicto gira alrededor de quedarnos en nuestra zona de seguridad o andar a recorrer mundo,  tanto en un sentido relacional como vocacional/profesional. De  como oscilemos  de un lado a otro o nos estanquemos en un lado u otro, dependerá el tipo de carácter y su estructura defensiva/compensatoria que nos marque. Así que a leer se ha dicho.

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Juan José Albert

Mi punto es diferente incluso al enfoque de Albert, cuyo trabajo en su tiempo fue un ejemplo a estudiar, seguir y practicar.  Hoy por hoy no concuerdo para nada en lo que la mayor parte de psicólogos e incluso psiquiatras denominan como temperamento, carácter y personalidad, eso cuando los diferencian siquiera y no los confunden. No puedo ahondar demasiado en este tema ya que lo estoy trabajando en un libro que me está costando sudor y lágrimas, pero básicamente he llegado a diferenciar, a través de una integración de las principales corrientes psicoterapéuticas y esotéricas siete estructuras o vehículos o formas si se quiere de conciencia: el temperamento, el carácter, la personalidad o el ego, el alma individual, el alma espiritual, el espíritu y la divinidad. Cada estructura de conciencia evoluciona a partir de la anterior a través de la interacción con un nuevo tipo de ambiente o influencia externa cada vez más compleja, y de cuya relación va a depender que la integre o se disocie de ella, del mismo modo que las funciones del neocortex,  del sistema límbico y de la amígdala (la parte más arcaica de nuestro cerebro) se pueden hallar más o menos integrados o disociados. En la mayor parte de nosotros se hallan no sólo disociados en grado superlativo sino que van por libre, lo que causa una tremenda guerra mundial cuando cada parte de nuestro cerebro quiere una cosa distinta, no una detrás de otra, haciendo cola ordenadamente,  como buenos chiquillos, sino al mismo tiempo. De esto sabe Dios y su madre, es decir, muchísimo mas que yo, la psicoterapeuta y ocultista Elena Esteban (www.elenaesteban.pro) , una de las mejores que he conocido y conoceré en el campo de la relación entre los programas neurológicos conscientes e inconscientes,  la conducta y, esto ya es arena de otro costal,  los programas  sistémico-kármicos que existen en el otro lado.

Sigo. Digo en el libro, y lo explico al detalle, que la evolución humana se ha atascado de una forma alarmante en la estructura del ego/personalidad, como si este fuera, vamos a llamarlo así, el Finisterre de la Psique. Nada más existe fuera de mi estrecha visión del mundo. El problema es que el vehículo del ego/personalidad, aunque incluya las estructuras anteriores: carácter y temperamento, no se halla necesariamente flotando en una unidad integrada y armónica. Para integrar estos tres vehículos es necesario avanzar hacia una estructura individual (no confundir con individualista que es lo primero que entienden en consulta), sino in-di-vi-dua-da, es decir, indivisible. La necesidad de integrar temperamento, carácter y ego/personalidad en una estructura individual, indivisible y por lo tanto más evolucionada,  lo han tratado numerosos psicólogos, en especial Carl Jung, casi todos los humanistas, un señor llamado  Assagioli,  creador de la Psicosíntesis, otro señor llamado Gurdjieff,  creador del Cuarto Camino, y por supuesto,  el tremendísimo e inacabable (porque por más que uno lo lee y lo lee no se lo acaba)  Ken Wilber, que bautizó hace muchos años al nivel del alma individual como el nivel Centaúrico- Existencial. Aunque ciertamente el trabajo desarrollado por Wilber, que seguimos bastante en nuestro libro, sobre las estructuras de conciencia, fue inspirado por el no menos notable filósofo Jean Gebser, en su obra Origen y Presente (la  traducción es del todo incorrecta ya que el título original es The Ever Present Origin), que fue el primero en hablar de la evolución de la conciencia, desde la arcaica, mágica, mítica, racional hasta la integral. Gebser fue el primero, con permiso de Rudolf Steiner (ex-Teósofo y creador de la Antroposofía), que lo concibe desde un punto de vista totalmente esotérico, en describir la necesidad de integrar las estructuras de conciencia pre-personales en las personales, pero le faltó describir las estructuras de conciencia trans-personales,  que Wilber luego ha detallado con  la exhaustividad  y precisión de un cirujano.

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Volviendo a lo mío, una de las cosas que más recalco en psicoterapia, sobre todo a los que yo llamo los  espíritus hambrientos o personas hambrientas de ese tipo de “Espiritualidad” que aspira a trascenderlo absolutamente todo, es que,  hasta no haber realizado un trabajo de integración entre temperamento/carácter/ personalidad-ego dentro de una siguiente estructura individual, la entrada al Espíritu está terminantemente prohibida, porque, caso contrario, cualquier experiencia en los siguientes niveles o estructuras de conciencia será no sólo una fuga de la Realidad, sino que  aumentará el abismo, la distancia y la disociación entre unas estructuras y otras. A falta de un buen psicógrafo, es decir, un mapa integral psicológico y esotérico de conciencia, y un especialista (una especie de médico generalista) en diagnosticar el tipo de tratamiento y  la terapia que cada patología estructural necesita (otra cosa urgente de la que me ocupo en mi susodicho libro), habrá que conformarse de momento con ir derivando a unos y a otros profesionales, cosa que muy pocos psicoterapeutas hacen porque se creen en el deber y también en la necesidad de poder tratarlo todo.  MEC MEC. Craso Error, pero ya llegaremos allí en el libro. El propósito de este artículo no puede ni debe ser tan ambicioso.

Re-volviendo a lo mío, hace no mucho que empecé a plantearme hasta que punto, de que forma y como se manifiestan estos tres (cuatro) miedos básicos en las estructura de conciencia, sobre todo en el ámbito tanto relacional como vocacional y laboral.  Las conclusiones también las pongo en el libro porque son demasiadas. Baste resumir aquí que estos miedos comienzan a disiparse en el nivel individual, aunque pueden extenderse a los vehículos espirituales, en especial  si estamos en modo huida del mundo.  Cuantos espíritus hambrientos hay vestidos de La La Land, semicerrando los ojos o poniéndolos en blanco a la que tienen la más mínima ocasión, para huir a cualquier parte que les alivie el tremendo miedo a todo que les mueve, es impresionante.  Pero aun es peor, y aquí me quiero centrar hoy, en como cualquiera de estos tres (cuatro) miedos se manifiestan en el ámbito de mi profesión, es decir, el picoterapéutico. Que se manifiestan en todas y cada una de nuestra relaciones sentimentales ya es algo demasiado obvio y trillado. No voy a ir hoy por ahí. Que se manifiestan en todos y cada uno de nuestras acciones, no es algo tan evidente, aunque lo sea, que ser, lo que se dice ser, seres.  

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-El miedo al abandono en terapia se manifiesta obviamente en los dos sentidos. Ni el cliente quiere ser abandonado ni el terapeuta que le cambien por otro mejor, mas listo, mas guapo, o en definitiva, más cool y más todo. Como el 25% aproximadamente de los clientes que le llegan a uno por primera vez van buscando coleccionar experiencias hasta que la cosa, es decir, la experiencia empieza a doler, es normal que esto pase. No pasa así con lo clientes que ponen su dolor sobre la mesa desde el primer día porque tienen claro, valga la redundancia,  que lo tienen. Que te “abandone” un cliente que ha puesto encima de la mesa su dolor, es decir, se ha abierto, duele. Así que los mecanismos de compensación para evitar esto, desde uno y otro lado de la trinchera, son interminables. Los más comunes quizás sean primero la seducción (en las dos direcciones, de cliente a terapeuta y viceversa) para dar paso después a una complicidad/amistad/buen rollo/paternalismo-maternalismo, es decir,  a un trato que raya lo patológico. Relaciones terapéuticas que se extienden y se extienden mucho más allá del espacio del despacho, están a la orden del día. Yo también he caído en eso así que nada que decir. Da subidón,  hasta que deja de darlo. Y es necesario pasar por ahí para quitarse el mono y también el miedo a que, en nuestro caso, el cliente se vaya con otro, y en su caso, crea que no le importas, que no es tan especial como necesita sentirse.  Es lógico que estas cosas pasen durante cierto periodo sensible a la transferencia,  como una especie de fase de enamoramiento que a veces es uni-direccional y a veces recíproco, pero tampoco pueden extenderse ad eternum. Si esto es así, malo para ambas partes porque no suele acabar bien.

Second, miedo al rechazo. Un poco más de lo mismo. Y por la misma razón, ni el cliente quiere ser rechazado (es decir, juzgado), ni el terapeuta tampoco. Como se entiende que tu terapeuta favorito y precioso va a hacer cualquier cosa menos rechazarte, a no ser que tu estructura caracterial sea rígido/perfeccionista, este miedo es menos abundante. Sin embargo, este es uno de los miedos más atávicos de los terapeutas, sobre todo aquellos a los que les cuesta cuerpo y alma recurrir a la fase o la técnica de  la confrontación, fase y técnica inevitable cuando el cliente se atrinchera una y otra vez en sus supuestos sobre si mismo y sobre el mundo como si le fuese la vida en ello. Como no soy el tipo de terapeuta al que le asuste la confrontación, tampoco puedo hablar mucho de este miedo. Me toca más bien en otros sentido si hilo más fino. Por ejemplo, cuando llevado por mi carácter, que es bastante cabronazo, pierdo el equilibrio entre el pilar derecho y el izquierdo del Arbol de la Vida, es decir, entre el rigor y la compasión, entre el amor duro y el amor blando, entre el frío y el calor. Reconozco que a veces tengo que recular internamente para no llevar a mi cliente a un lugar para el que, obviamente, aun no está preparado. Si me paso de la raya, si empujo demasiado fuerte o demasiado pronto a ese lugar que es verdad pero no todavía (espero que se entienda esto), la mirada de rechazo del otro, no hacia mi sino hacia la acción misma, casi siempre (y digo casi) es suficiente para que recule. Como no hay Dios que se ponga de acuerdo sobre si los terapeutas debemos ser más o menos confrontativos, más o menos aceptadores (aunque sea de la pura bullshit de un entramado de excusas tras excusas, de bucles tras bucles), cada uno ha de encontrar su propio pulso orgánico. Hay un video que conocemos todos los psicoterapeutas de una tal Gloria, con una determinada neurosis bastante obvia,  a la que tratan  de forma radicalmente distinta el señor Fritz Perls (creador de la  terapia, no confundir con psicología por favor, Gestalt), el señor Albert Ellis (creador de la Terapia Racional-Emotiva, precursora de la psicología cognitivo-conductual) y el señor Carl Rogers (creador de la Terapia Centrada  en el cliente, luego Persona). Durante un periodo no superior a 30  o 45 minutos si no me equivoco, cada uno tiene que sacar lo mejor y lo peor de su propio arsenal metodológico terapéutico. Lo recomiendo porque a quien no le interese por lo menos pasará un buen rato.

Tercero y último de los miedos animales, es decir, automáticos, el miedo al abuso,  físico o psicológico, a la violencia o agresión. Obviamente este miedo que campa a sus anchas a lo largo del mundo laboral, en especial en el mundo laboral cuyo objetivo es hacer pasta, que es casi todo, pareciera que debería brillar por su ausencia en el contexto terapéutico. Pues no, fíjate tú, porque precisamente este contexto es uno de los más proclives a sufrir abusos de poder, igual que antes y aun ahora lo es el religioso. Que el terapeuta tenga o padezca miedo a ser abusado o agredido física o verbalmente es altamente improbable a no ser que tenga un grave trastorno escondido relacionado con un trauma en este sentido, pero de normal este tipo de miedo lo padece mas el cliente, sobre todo en especial en que lleva ya en su mochila una larga colección de abusos, es decir, un patrón de abuso en este sentido. Lo cual no quita que día tras día, terapeuta si terapeuta no, como antes los curas, lo diré muy sintéticamente para que se me entienda, se excedan en sus funciones, amparados en su autoridad conferida,  otorgada, buscando otra cosa. Otra cosa no tiene que ser necesariamente contacto físico o sexual, puede ser también emocional para llenar sus propios agujeros, o control mental  (cosa que sucede en especial con los terapeutas-gurues) para compensar su poca o nula autoridad interna. Otro de los peligros con este miedo radica, desde mi óptica, en el abuso desmesurado con el que se busca este tipo de miedo al abuso en terapia. Es decir, el abuso desmesurado con el que cantidad de terapeutas necesitan llevar a un cliente no necesaria y realmente abusado a una situación de víctima de cualquier tipo de abuso físico o psicológico. Este fenómeno, endémico, en el que un cliente, aparentemente feliz,  sale de la consulta a cuatro patas después de haber recordado un abuso infantil inducido por el terapeuta, fue estudiado exhaustivamente por la psicóloga y experta en psicología de la memoria,  Elisabeth Loftus, que llegó a clasificarlo como el síndrome de la falsa memoria. Hasta tal punto empezó a recoger datos de falsos recuerdos de abusos, y lo que es peor, de falsas denuncias,  que se convirtió en psicóloga forense especialista en analizar cientos de casos de denuncias sobre este asunto tan escabroso.

El miedo a la Libertad es de lejos el más común aunque de lejos el menos reconocido que se da en el ámbito psicoterapéutico, y en general, en todos los ámbitos de nuestra vida. De hecho podría decirse que el miedo a la libertad es tan profundo y sutil que atraviesa todos los miedos que hemos mencionado antes. En el fondo de los fondos y en el no tan fondo, uno tiene miedo a ser abandonado, rechazado o abusado porque tiene un profundo miedo a ejercer su propia libertad, una libertad que, obviamente, aún no reconoce dentro de sí.  Lo complejo del miedo a la libertad es el que es el único miedo que se produce, que pertenece a un ámbito exclusivamente humano, ni mamífero ni reptiliano. Y lo más complejo todavía es que para llegar a sanar este miedo hay que sanar todos los demás, porque lo animal en nosotros va antes y es más básico que lo propiamente humano. Si estamos atascados, petrificados en el miedo al abandono, rechazo o abuso, no hay forma siquiera de que podamos escuchar y entender el sentido, la amplitud, la riqueza y poder de la palabra libertad. Esto es algo que estadísticamente he comprobado en terapia. Uno menciona la palabra libertad, o responsabilidad, que es la condición necesaria para poder ser libre, y la gente te mira como si estuvieras hablando de que llegan los marcianos: toda su libertad la ponen en el hecho de no sentirse abandonados, rechazados o abusados, es decir, en otras manos, en el otro. Así que uno decide que lo mejor es dejarlo mientras se trabaja poco a poco los miedos anteriores, cimentando los agujeros y las goteras de las  estructuras más básicas de la psique. Sin embargo, conforme estos miedos van sanando, la palabra libertad , que es la necesidad mas característicamente humana, comienza a ganar más y mas sentido. Los oídos se abren por primera vez y la gente escucha. Lo que no saben es que para sanar los demás miedos, se hayan dado cuenta o no, han estado ejerciendo su propia libertad, no ya como niños o como cerebros reptilianos o mamíferos, sino como adultos, desde el neocortex. Cosas que pasan en consulta. Por supuesto, el miedo a la libertad invade la práctica del terapeuta en muchísimos más sentidos del que le gustaría, sobre todo porque su amígdala y su sistema límbico saben que depende del cliente para sobrevivir. Este ridículo pero inevitable hecho hace que muchos terapeutas no se permitan ser realmente libres tanto en lo que percibe su mirada como en la expresión de la misma. No liberan ni su corazón ni su mente, ni sus ojos ni su palabra. Se quedan atascados en una zona excesivamente cordial, casi amigable. Cuando se sabe que un terapeuta puede ser cualquier cosa menos tu amigo/a. Lo será, igual, o no,  después de la terapia,  pero no antes. El miedo a la libertad del terapeuta bloquea su inevitable necesidad de evolucionar, de dejar atrás una práctica, una técnica, un formato, una seguridad, un patrón, un lugar, un despacho que se ha vuelto demasiado confortable y seguro. Sé de lo que hablo perfectamente.

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Se de el miedo que se de, el curro es el mismo. Es necesario tomarse el tiempo y el espacio necesario para darse cuenta en qué estructura/s exacta/s de conciencia está incrustado. Evidentemente cuanto mas básica y primaria sea esta estructura, mas difícil será sanarlo. Miedos incrustados en la estructura del temperamento o en el carácter, serán más difíciles de tratar, de limpiar, que los miedos incrustados en el nivel del ego/personalidad. Habrá que tenerles más paciencia, y mucho más amor, aunque todos lo necesiten. Paciencia y amor, pero con la suficiente honestidad interna para que no se conviertan en auto-indulgencia, auto-complacencia y auto-compasión. Que la paciencia, o lo que es peor, el miedo a revelar el mismo miedo ante nosotros mismos, con  las consecuencias que esta revelación pueda traer,  no se convierta en una infinita cadena de excusas para no cambiar el chip cuando nos damos cuenta de las motivaciones ocultas que nos mueven en terapia. El terapeuta tiene la obligación de mantener una relación abierta  y sincera con sus propios miedos. Es la única forma en la que puede ser útil a otro a reconocer y manejar los suyos. Desgraciadamente, es plaga en este mundo, Urbi et Orbi, la negación sobre la naturaleza de  miedos tan básicos, porque claro: “yo soy terapeuta y ya estoy libre y trabajado y bla y más bla y más bla”. Corta el rollo. Asume tu miedo. Reconoce como respira, palpita y te contrae. Reconoce como lo evitas. Reconoce dónde lo falseas, donde lo cambias por la apariencia de justamente lo contrario. Reconócelo primero para poder aceptarlo. Acéptalo primero para poder comprenderlo. Compréndelo primero para poder amarlo. Ámalo primero para poder cambiarlo.

Eres humano te dediques a lo que te dediques. Es decir, eres mamífero, y también reptil. El miedo al abuso, que se desata en la amígdala,  es un derivado un poco más sofisticado del miedo más primario que existe,  el miedo a la muerte (mierda, no he hablado de él….) y que es el responsable de la preservación de cualquier especie a través de los automatismos de la parálisis, el enfrentamiento o la huída. Son mecanismos primarios de defensa a-dap-ta-ti-vos que cuando pasan a una esfera más humana ya no lo son tanto. El miedo al abandono y el miedo al rechazo están inevitablemente intrincados a las necesidades más básicas de cualquier mamífero, los rige el sistema límbico, no el neo-cortex, es decir, no son pensables ni re-programables  ni productos de un sistema de creencias (que si es re-programable). Es el sistema de creencias el que se construye alrededor del miedo y no al revés, aunque formen un circuito de retroalimentación contínua. Para cambiar/reprogramar cualquier sistema de creencias limitante hay que ir al núcleo del miedo que lo sustenta, es decir, hay que empezar a dejar de pensar y aprender a sentir. Y llegar al origen. Estos miedos son la lógica consecuencia de la falta o el miedo a la falta de nuestras necesidades más básicas: aceptación y sustento, tanto material como emocional. Sin miedo, simple y llanamente,  no estaríamos aquí.

Del mismo modo, a nivel individual, sin miedo no llegarías muy lejos, del mismo modo que un árbol  no puede crecer mucho sin raíces, porque el miedo habla de necesidades, satisfechas o no, primordialmente no satisfechas o lo que es peor, distorsionadas.  La necesidad, satisfecha o no, es la base de la libertad, de cualquier libertad. No es libertad VS necesidad sino necesidad luego libertad. Sin la base de tus necesidades, las reales, no las que se inventa el coco, no puedes volar, por mucho que lo intentes, acabarás como un Ícaro  hecho papilla, estrellado sobre la tierra, después de haber soñado con el Mago de Oz y los mundo de Yupi.

Olvídate de lo espiritual antes de haber abrazado, uno a uno, a todos tus miedos. Si no lo haces, causarás, como dice Silo en La Mirada Interna, una infinita contradicción, para ti mismo y para los demás.  No te contradigas. Acepta el miedo. No pasa nada. Solo habla de lo que hay y de lo que no hay en cualquiera de tus estructuras de conciencia. Tan simple como eso. Deja la excusa y ponte a ello. No-pasa-nada. A nadie se le han caído los anillos por decir que siente, tiene miedo. Decir, compartir ayuda a aceptar.  Decir es el primer paso de muchos otros en dirección a tu verdadera libertad. No a la otra pseudolibertad, que es solo una volada que tendrá que caer un día u otro. Sé como un árbol. Primero asegura tus cimientos, crece hacia abajo. Apuntálate. Luego sube todo lo alto que puedas. Y apunta tan alto como sientas que puedes apuntar. La vida se encargará de llevarte tan lejos como pueda llevarte. No tengas duda.

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