Mi Libro Rojo

 

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Pancho y yo en el Molinot

Siempre, desde que cumplí los 18 años, he llevado un diario como compañero, como confidente, cómo, quizás, ese hermano/a gemelo/a que me hubiera gustado tener. Un diario que, en realidad, se había convertido en un perfecto doble de mí mismo. Tan veraz como falso, tan consistente como endeble, tan real como ficticio. Un doble, mi doble, fruto de un necesario e inevitable desdoblamiento. Un desdoblamiento que, a su vez, se desdoblaría en fractales y más fractales de mí mismo, hasta que, literalmente, perdería la cuenta de todas las voces, de todas las almas que había dentro de mí.

Por años escribí en privado, salvo por algunas asombrosas, que aun me sorprenden, excepciones. Por años escribí públicamente, llevado por, -digámoslo así-, “lo que creía ser un ejercicio de necesaria y descarnada honestidad para con… vete tú a saber quien”. Tampoco es relevante. Honestidad de las honestidades que llegó a convertirse en hábito, y el hábito en adicción, y la adicción en puro exhibicionismo. Un exhibicionismo cuya raíz no era más que una llamada de auxilio para no sentirme tan solo allá abajo, mucho más de lo que me sentía, también, allá arriba. Como nunca pude encontrar un buen compañero/a de escalada a ciertas cumbres o de descenso a ciertos abismos, que menos que dejar algunas huellas por el camino. Mojones. Indicadores para los que vendrían después. Para los que vendrán después. A algunos nos toca abrir sendas, a otros seguirlas.

Digámoslo así, porque no fue hasta que tomé la decisión de dejar de escribir en público que descubrí la completa e irrevocable deshonestidad de la escritura -(Nietzsche: “Los poetas mienten demasiado”… pero los filósofos también, más, si cabe, que los políticos, aunque por razones más nobles, más… compasivas)-, la forzosa deshonestidad de todo lo que se piensa y se escribe, de toda la cháchara barruntera que uno se cuenta sobre sí mismo, y sobre cualquier cosa en general.

A los 40 años, la separación de mi ex mujer me llevó a un lugar en el que escribir desde ese doble y para ese doble de mí mismo dejó de tener ningún sentido. A los 42, hace casi dos años, mi hartazgo para con la escritura que llamo subjetiva (aquella en la que aun creo que lo me pasa a mí sólo me pasa a mí) llegó al culmen, por lo que me juré nunca más escribir sobre mí mismo, a no ser que tuviera la absoluta certeza de que algo útil y objetivo pudiera salir de ahí. Algo beneficioso para otro/s. Algo digno de ser llamado así.

Bien, llevo todo este último mes incumpliendo este mandato por un mandato aun más imperativo. Un imperativo categórico, como Kant lo llamaría. Además, sé a ciencia cierta que, si no aireo esta cosa, no podré terminar de construir el último puente, es decir, mi última esperanza, que me une a aquello así llamado humanidad. Así que obedezco, porque de nada me sirve ver si no puedo comprender lo que veo. Y de nada me vale comprender lo que veo si no puedo compartirlo.

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Filemon, arquetipo del Hombre Sabio y altergo de Jung, El Libro Rojo

Jung, bueno, no se si fue Jung o uno de sus muchos coleccionistas, recopiló algunos de sus más descarnados y desconcertantes fragmentos en un libro que aun hoy es objeto de veneración, fetichismo y estudio a partes iguales. El Libro Rojo. Conociendo a Jung, es decir, habiéndole leído en profundidad y exhaustivamente, seguramente ni siquiera este sea, ni de lejos, lo más descarnado que ha parido. Ni su diario “legitimizado” llamado Sueños, Recuerdos, Pensamientos, es lo que yo llamaría un ejercicio de honestidad descarnada, probablemente porque soy yo, y no Jung, el que siempre necesitó desollarse vivo para jolgorio o escándalo o indiferencia del populacho. Pero entiendo a Jung, ya no necesito desollarme para ser, sonar, parecer sincero. Basta con que vuelva ese maldito ojo que todo lo ve hacia mí mismo, pero sin, y esto es clave, exageraciones. El silencio, más que ninguna otra cosa, nos enseña a no caer en exageraciones cuando vuelve la necesidad de las palabras. Así que, aquí van unas cuantas palabras que, espero, no sonarán exageradas, y por lo tanto, desesperadas, porque en toda exageración hay siempre cierto sabor, olor, tufo a desespero.

Este texto lo escribí hace ya algunos meses, no muchos, pero releyéndolo me doy cuenta de que sigue vigente todavía, probablemente porque lo escribí sin exageración, sin desesperación alguna. Y eso no es mérito mío, sino del silencio, y también, del hartazgo que da la certeza de la imposibilidad de comprenderse a uno mismo, o a cualquier otro, a través, sólo, de un trabalenguas siempre inconcluso. Quien pretenda descubrirme a través de estas palabras, se dará cuenta de que le será tan morboso pero tan imposible como intentar ver mi desnudez a través del ojo de una cerradura. Verá fragmentos de ella, aquí y allá, pero no su conjunto, y cuanto menos toda su extensión y profundidad. Pero adelante, que para eso estamos. No siempre nos mostraremos (mis voces y yo) tan generosos para compartirnos en lo más íntimo. Así que, como quien dice, hagamos que estamos en una feria del S.XIX, pasen y vean, solo por hoy, las rarezas de una psique que se observa a sí misma:

Bien. Existen distintas esferas de expresión del Ser, o si se quiere, de Conciencia. Lo que Ken Wilber llama estadios, no confundir con estados, de conciencia. Estar despierto o dormido o en hipnagogia -(estado de conciencia entre el sueño y la vigilia)- son estados de conciencia, no un estadio. Experiemntar un estado alterado de conciencia (por ejemplo, en una toma de ayahuasca) es un estado de conciencia, no un estadio. Vivir despierto o dormido o hipnotizado o ni fu ni fa, es un estadio de conciencia. Big difference. Los estados de conciencia se suceden y cambian constantemente, muy a menudo fuera y completamente al margen de nuestra voluntad. Los estadios de conciencia, sin embargo, permanecen más o menos estables hasta que se produce un salto, una evolución o  una involución a otro estadio de conciencia.

Tres Esferas.

Una Esfera (Estadio) de Conciencia, la Primera, y también la Última, Es y no Es. Nada se puede decir de ella, y cualquier cosa que se diga, ni le suma ni le resta. Aquí ni siquiera hay unidad porque nunca nada se separó de nada. No hay unidad porque no hay nada. No hay nada porque no hay nada. No hay nada, no se sabe por qué ni para qué, ni tampoco importa. Aquí la cosa es cualquier cosa menos la cosa en si, como también diría Kant, ni tampoco ninguna otra cosa que se pueda nombrar bajo el cielo o sobre la tierra. Aquí la cosa es, y ya está. Ser siendo. No ser no siendo. Ser y no-Ser al mismo tiempo y perfectamente igualados, indistinguibles. Como dice el Tao-Te-King, sobre el Ser y el No-Ser:

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Lajoun Rock, An Old Taoist Saint in Quanzhou, Fujian

 

“Originalmente los dos son uno

La única diferencia radica en el nombre

La unidad de ambos se denomina misterio

El enigma más profundo del misterio

Es la puerta por donde entran todas las maravillas”

 

Segunda Esfera. Otra Esfera es Reconocimiento. Tampoco aquí hay nada que decir. Aquí si hay eso que llamamos Unidad. El reflejo del mundo vuelve a ti, lo quieras o no lo quieras. Todo es espejo y todo es reflejo. No hay de dónde venir ni a dónde ir,  porque todo se encuentra en todo. No hay escapatoria. Todo, lo quieras o no lo quieras, te devuelve a ti.

Tercera Esfera. Otra Esfera, aquella en la que normalmente vivimos y experimentamos nuestra (no necesariamente la) realidad, es dualidad, dialéctica, antagonismo, dinámica y lucha de fuerzas. El mundo conforme lo ve la Astrología desde un punto de vista energético, o Heráclito el Oscuro desde un punto de vista experimental, o Hegel desde un punto de vista teórico. El mundo del Alma Objetiva y del gran psicólogo analista Wolfgang Giegerich, gran conocedor de Hegel, por cierto, pero exento de todo su y cualquier –gracias a Dios- romanticismo. La Svástica que según el sentido de su giro representa la destrucción y la muerte (así la utilizaron los nazis) o la creación y la vida (así la representan los budistas). Aquí, en esta Esfera y en este mundo, sólo se puede aceptar lo que hay, o morir luchando, básicamente, contra uno mismo.

Dentro de esta Esfera hay dos esferas, y dentro de cada una muchas otras. Dos esferas. La interna y la externa. La interna en singular y plural (subjetividad e intersubjetividad, siguiendo a Wilber) y la externa en singular y plural (objetividad e interobjetividad). En cada esfera todos tenemos nuestros puntos fuertes y débiles, nos sentimos más a gusto o a disgusto.

Personalmente, soy fuerte en lo interno-individual (plano subjetivo) pero débil en la necesaria relación (plano intersubjetivo) con otros interiores individuales. Soy fuerte en lo externo individual (plano objetivo), pero no tanto en la necesaria puesta en escena frente al otro,  de todo lo que objetivamente  ya sé con toda la certeza, pero que no es ni cierto ni existente para aquel o aquel o aquel (plano interobjetivo). Es decir, soy fuerte, siguiendo los Cuatro Cuadrantes de Wilber, en las esferas del Yo y del Ello, pero me pierdo en las esferas que significan un y un Nosotros, es decir, un otro.

Probablemente esa sea la razón por la que, como terapeuta, mi orientación es yoista (no egoista, que involucra un nivel de una identidad aun no individuada) y mi especialidad es orientar la atención de la conciencia hacia uno mismo, es decir, hacia la fuente de la conciencia misma. Algo que parece necesario en estos tiempos. Puede parecer, si no se hila lo suficientemente fino, que sigo una orientación del tipo Ad-vaita (No-Dualidad), excesivamente enfocada en la realización del Si Mismo, con independencia de lo que pase ahí fuera en el mundo, pero no. Ya pasé por ahí. Mi vivencia del Ad-vaita es, de lejos, más compleja porque, para empezar, es obvio que existen otras tres esferas (cuadrantes) de expresión del ser y de la conciencia, dentro de la Esfera de la Dualidad que estamos describiendo.

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Matriz AQAL- All Quadrants All Levels, de Ken Wilber

Ahora bien, dejando ya la teoría, y entrando de lleno en el territorio, en mi territorio: ¿Cómo se ordenan las esferas (duales o no)? ¿Cómo se priorizan? ¿Es posible saltar a una desde otra, o son vasos incomunicantes? Personalmente, intento sanar mis dinámicas de relación allí donde, en conciencia, me siento mas débil, desde dentro, es decir, poniendo conciencia precisamente. Pero algo is missing. Cada respiración es una alquimia de las emociones, pero la soledad trae más y más. Una ola tras otra ola, que parece no se agotan nunca. Las emociones que alquimizo son, primordialmente, la rabia/ira y la tristeza/parálisis. Y sobre todo, como telón de fondo, una indiferencia estéril ante todo estímulo externo porque, ciertamente, nada me moviliza desde ahí fuera. Nada provoca mi Líbido (Líbido como energía psíquica, no necesariamente sexual, que es como la entendía Jung).

No hay muchas más. Falta de registro de una alegría sostenida y sincera. Cuando se alquimizan,  hay paz, pero no alegría, ni tampoco ilusión. Eso me extraña. Es como ser capaz de mantener la calma en una tempestad. Pero la tempestad no se va. Sigue allí. Y no se va. No sale el sol. Simplemente me mantengo en calma a pesar de la tormenta. Me digo: “si traigo calma aquí, entonces a cualquier parte”.

Pero falta algo. No me dejo llevar. Y este algo que me separa siempre del otro,  sólo se puede curar a través del inconsciente, a través del puro abandono al inconsciente. Y eso me aterroriza, porque mi conciencia moral desaparece. ¿No podrían simplemente convivir o darse el testigo la una a la otra?

Ayer, repetidamente, dentro de mi cabeza, una voz que se repetía como un mantram: “Una conciencia mira a otra conciencia”. Nuestras muchas conciencias conviven. Lo importante es que se miren. Quien tiene el poder de mirar y aceptar y abrazar a los demás tipos de conciencia es claramente un tipo de conciencia superior. No en el sentido de la moral, porque también hay un tipo de conciencia moral que siempre juzga. Este tipo de conciencia moral,  que lo sojuzga todo,  necesita compasión casi más que ninguna otra. O igual que las otras. Las otras, que necesitan dejar de ser juzgadas y sólo reconocidas, son los tipos de conciencia que quedan más cerca de la materia y las emociones. Conciencia sensorial y conciencia emocional.

Estar con Pancho (mi perro) y con el bosque y el agua y las rocas y las estrellas me ayuda a ser tolerante con este tipo de conciencia mineral, vegetal y animal. Cósmica incluso, pero colectiva. Que no me devuelve ningún reflejo personal. Que me incorpora a algo más grande que no sé si proviene de un remoto pasado o de un remoto futuro o de un cercano e íntimo presente. El presente es una figura de barro, cada vez más agrietada,  desde el que se abre paso no la luz ni la oscuridad, sino el puro espacio. Espacio, quizás sólo eso me define. Igual ya es mucho.

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La Poza, El Molinot, Laboratorio Alquímico

Aun no discierno cual es el tipo de conciencia que me lleva a la parálisis. En que sustrato está concretamente. Es un tipo de conciencia sensorial y emocional que, además, empeora cuando es sojuzgada por mi conciencia moral que dice: “Tú, deberías sencillamente mantenerte  y sostenerte por ti mismo y pagar el precio, sea cual sea, aunque no escribas”.

Cada tipo de conciencia tiene su valor y su función, pero aun pelean entre sí. Sólo pueden ser aceptadas e integradas en ese tipo de conciencia superior que puede amarlas a todas, incluso a la moral, que se cree superior,  pero que no lo es, que nunca lo es.

Estoy fuera del mundo, ciertamente, dentro pero fuera. Ese no es el problema ni tampoco la novedad, sino lo que estar fuera del mundo me hace sentir. Cada vez que me acerco demasiado a lo profundo se abre el riesgo de una fractura que implica la caída en la psicosis. No la psicosis como verborrea paranoica, sino como prisión interna hecha de pura intangibilidad, hecha de querer tocar y ser tocado y ver y sentir como cada vez hay menos cuerpo, menos materia, menos forma. O más bien, todas las formas y ninguna. Es como si no se pudiera seguir bajando hasta que uno no estabilice la presión de cada profundidad. Esto lo sé hace mucho, mucho tiempo. Siempre lo digo en consulta. Pero saberlo no basta. Hay que practicarlo. Vivirlo.

Me incomoda que me llamen astrólogo o terapeuta, hacerme llamar astrólogo o terapeuta con lo que sé de lo poco que sé. Los patrones y esquemas explicativos me cansan y agotan porque, en realidad, improviso. No he comprendido totalmente -(si es que puede comprenderse nunca algo así)- la Astrología como tampoco la Psicología. Demasiadas capas que surgen cuantas más capas descubres. No he comprendido profundamente nada. Y ante todo y sobre todo, no comprendo a la humanidad, el hecho de ser humano, cómo se supone que uno debe comportarse cuando nada de lo interno quiere interaccionar ahí fuera. A veces creo que si muriera justo ahora mismo, Dios me enviaría a ese lugar en el que no había ni hay ni habrá siquiera existencia. Porque lo único familiar que siento en mi alma es aquello que no se ha manifestado y que, probablemente, no se manifestará jamás.

El primer poema que escribí, ¿cómo era? Solo me acuerdo de cómo terminaba… :

” (…) empiezo pero no termino,

y aunque pueda, paro,

pero nunca nunca deseo”.

Mi único deseo aquí, en esta vida, es comprender. Algo en mí -(sería gracioso que fuera algo tan infantil como el automatismo de mi Luna en Virgo)- no sabe vivir sin comprender. Y sin comprensión la vida se convierte en una improvisación, y es claro que no sé vivir improvisando. ¿Qué resistencia tengo a la improvisación? Cognitivamente,  se podría decir que la confianza, es decir, mi desconfianza. Pero lo cognitivo cada vez  importa menos, cero, nada. Veo y siento en la improvisación un fraude, porque sencillamente se siente como un no saber a dónde va uno, cosa que desde el punto de vista externo/profesional parece ser una pérdida de sentido, cuando desde el punto de vista interno, e incluso espiritual, parece ser la única brújula, si hacemos caso a San Juan de la Cruz cuando decía: “Para llegar a donde no sabes has de ir por dónde no sabes”. Astrológica o mitológicamente hablando, me sería muy fácil estudiar que defecto de arquetipos tengo para no ser capaz de fluir e ir aprendiendo sobre la marcha. Pero… ¿para qué? ¿Para añadir otro ladrillo mas a esa pirámide jamás conclusa llamada la eterna justificación de mi mismo? Paso.

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Monte de Perfección o Subida del Monte Carmelo, por San Juan de la Cruz

Aprender sobre la marcha. ¿Cómo se aprende sobre la marcha, como se vive sin saber? ¿Quién me cortó esas alas antes de aprender siquiera a usarlas? ¿Saberlo importa? ¿Saber importa? ¿Es necesario saber  para vivir? Cuanto miedo.

Aprender sobre la marcha. No de golpe, cómo hago, o pretendo hacer, para demostrar que yo sé. Demostrar que he trabajado duro para saber, que es exactamente lo que me impulsa al espejismo del retiro. Retirarme para saber y luego, claro, para mostrar. Veo como algo en este movimiento es falso, pero, también, siento como falso vivir una vida improvisada,  en la que todas las etiquetas que me ponen o que pongo se caen,  son falsas. Si lo de dentro es falso y lo de fuera también, y no encuentro un lugar en la frontera entre lo de dentro y lo de fuera en el que vivir, estoy acabado, porque la falsedad, el sentimiento de falsedad, me desgarra. No puedo dar una consulta más mientras sienta el regusto de lo falso. De lo falso en mí y de lo falso cuando intento ignorar mi falsedad.

Pero… ¿la propia verdad es asequible? ¿Se llega alguna vez? ¿Cuál es mi propia verdad ahora, no dentro de dos años cuando se suponga que publique el gran libro de mi vida o tenga a Plutón en el AC? ¿Qué oro, que centro, que libertad me estoy perdiendo de mi verdad aquí y ahora? ¿Qué no acepto aquí y ahora que me impulsa a imaginarme siempre en un futuro en el que sé y puedo enseñar algo? ¿No puedo enseñar nada ahora? Parece que no. Entonces, ¿por qué no puedo aprender simplemente de lo que no sé ahora?

Mi ignorancia me abruma. Me sobrepasa. Me pesa y me aplasta hasta reducirme al puro polvo. No soy el único que nada en la ignorancia, la diferencia es que lo sé con toda certeza, con toda mi alma. La ignorancia dentro y fuera de mí. La infinita ceguera que hace posible vivir un día y otro día. Nada comparado con soportar el peso de haberse comido hasta la última semilla de la manzana del bien y del mal, es decir, del Árbol del Conocimiento. De compartir, pulso a pulso, hasta el último latido de Lucifer. Su caída, su sombra, su tristeza, su, nadie lo sabe, anhelo del Padre. Su no saber cómo se vuelve. Su soledad infinita. Miro hacia la vida y no comprendo cómo funciona y es evidente que funciona con nuestra comprensión o sin ella. Que imbécil.

Ya he delatado mi trinchera. Al menos puedo decir eso, aunque sea sólo para mí. Busco atrincherarme en el arquetipo del Hombre Sabio. Pero es una falsación, porque este arquetipo no incluye ni mi terror al inconsciente ni la mera conciencia egoica. Es como cuando empecé esa novela. Hay varias edades con sus respectivas voces. Nada ha cambiado de esa comprensión. Uno sólo puede averiguar, si se toma el esfuerzo necesario, que maduras o infantiles son sus distintas conciencias. Mi conciencia emocional es un caos. Varía y varía y varía. Pero en distintos matices de lo de abajo, de lo denso, no de lo de arriba.

Esto es desde la gran rotura. Antes de ella, al menos, me era dada la vana ilusión del vuelo de Ícaro. Ahora las variaciones sólo se encuentran en las distintas profundidades a las que el alma puede descender. Descenso, descenso y descenso. Y es una indescriptible carga. No importa lo que respire para quemar la escoria, la ganga. Siempre viene más y más y más. Y si la quema nunca se acaba, entonces los procesos alquímicos son un mero fraude. Uno jamás deja de quemar alguna cosa o sentirse consumido por ella. Menudo panorama. El fraude de la estabilización que nos han vendido y el fraude de ser quemado siempre por algo. Dos fraudes, dice la voz de mi infinita exigencia. Tres fraudes con ella. Basta.

¿Qué tipo de conciencia en mí es la que me dice que no tengo una vida? ¿Qué tipo de conciencia en mí anhela tener una vida? Obviamente mi conciencia egoica. O mi yoidad, mi necesidad de individuarme, que es lo que hay en el fondo de toda conciencia egoica.

Sé, porque lo intuyo, que no me liberaré ni con lo de abajo ni lo de arriba. Lo de abajo está roto,  y eso impide que se consolide la estructura necesaria para estabilizar un ego por aquí, en la tierra de en medio. Y mientras no haya una estructura que fije y estabilice la posibilidad de una vida en acciones concretas, lo de arriba es un escape. El puto libro es un escape. La hora de mi poder es un escape. El tránsito de Plutón sobre mi Ac es un escape, otra postergación. Una visión y una comprensión, ciertamente, que sólo pueden verse y comprenderse. Pero no, y eso es lo que realmente importa, bajarse. Hacerse tierra. Encarnarse. Y menos ahora.

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Fragmento de Muerte y Vida, de Gustav Klimt

Así pues, ego o muerte. Muerte en el sentido del vaivén entre el Eros y el Thanatos. La noria. Pasen y vean. Que alguien con mi potencial no se haya hecho o construido una vida y aun se esconda, es difícil de creer, pero así es. ¿Mi invalidez, mi recorte, es verdadera o inventada, otra herida-regalo de Dios, o un patrón sostenido en dependencias constantes?

La verdad es que ignoro el camino. Estoy paralizado. Desde hace años que lo contemplo. Paralizado en vez de andar, porque no sé por dónde coño va el camino. Y es un hecho que, sencillamente, no puedo seguir a la gente. No puedo seguir a nadie. No hay guías para mí. Que no sea capaz de mantener una estructura (interior o exterior) solo, es algo que me irrita profundamente. Al menos ya no pongo esa irritación fuera de mí. La veo, la respiro, la acepto, la doy espacio, siento su calor y la alquimizo. Fuego en el vientre, fuego a toda hora. Pero el movimiento externo, el…hala, ya puedes seguir, la resolución sigue sin llegar. Y me pasan los días. Uno tras otro. Y yo sigo literalmente sin una vida a la medida de lo que siento. Y esto ha sido así demasiado tiempo y lo que más me espanta es que no pueda moverme. Moverme con conciencia digo. No de la forma que me he movido siempre. Desconectando de mí.

Puta sensibilidad. Respiro. Espacio. Calor. Alquimia. El trabajo denso pero invisible que estoy realizando aquí, segundo tras segundo, o está liberando almas del averno o no sirve absolutamente para nada, y entonces,  deberían encerrarme o, sencillamente, cambiarme por otro. Punto muerto, que alguien tome el testigo. Cambio. A veces respiro no sólo por mí. Respiro por ti. Respiro por todos. Por toda la maldad que aún hay en el mundo. Por la falta de conciencia. Porque siguen sin saber lo que hacen después de haberle crucificado. Cristo, te echo en falta. Mi nada te extraña. Mi nada y mi nadie.

No soy nadie a nivel externo, allá fuera. Sencillamente,  no pueden verme. Nada de mi capacidad introspectiva me sirve para combatir esa frustración de no tener una vida como cualquier otra. Tengo cualquier vida, menos la mía. Como si mi alma no hubiese venido aquí a tomar forma sino a quitarla tomando la forma del otro. Espero no estar engañándome con la esperanza de que algún día sabré, o sabré lo suficiente, como para hacer y hacer bien. ¿Hacer qué? Supongo que poder elegir. Desde que conciencia interactuar. Como acercarme a la gente, aunque ni de lejos puedan verme ni mucho menos reconocerme en todas mis capas.

He aquí mi espada de Damocles. La esperanza de que alguien me reconozca del todo. A mí y a nosotros, los muchos yoes que se congregan en mí y alrededor de mí. Sueño absurdo, cuando ni siquiera nosotros somos capaces de abrazarnos enteramente, con todas las consecuencias. Abandonar esa esperanza sólo deja espacio a dos escenarios. La soledad como único espacio de reconocimiento total, si es que somos capaces de dejar de juzgarnos, o la relación como inevitable recorte de lo que somos. Probablemente ambas,  y probablemente siempre. El problema es creerse o depender lo más mínimo de ese recorte. Si te lo tragas estás perdido. Y yo me lo trago. Me lo he tragado millones de veces. Me trago el recorte de la gente porque yo mismo me recorto para no ver la parte de la conciencia que más me incomoda, sea cual sea, de arriba, de en medio o de abajo.

Astrólogo, sexólogo, psicoterapeuta, maestro. Nombres necesarios para la imagen egoica. Pero increíbles, incomprables, desde mi fuero interno. Jamás en la vida me creí ningún papel. Entera- conciencia- de- no- estar- jamás- completamente- volcado- en- nada. Aquí tampoco, escribiendo tampoco. No estoy realmente en ninguna parte.

Y la dignidad. Me falta tanta dignidad para conmigo mismo que apenas me lo creo. Más de un año con mi ropa embotellada en un cajón y ni me importa porque la verdad, me olvido hasta de eso. Más de 10 años sin medios dignos para mantener lo que solo a mí me toca. Mi demasiado desprecio del nivel egoico ha terminado por construir un ego, claro, pero miserable. Fracturado, constantemente abierto a las inflaciones de lo de arriba y a las depresiones de lo de abajo. Pero no es arriba ni es abajo, sino justo en medio.

Quiero escribirlo todo, leerlo todo, tocarlo todo, experimentarlo todo, comprenderlo todo, y eso- no- es- posible. Saturno exige rigor, pero también justeza. Jamás escribiré nada si me pongo a leer y estudiar todo lo que creo necesitar leer y estudiar, por lo tanto, esa voz que necesita saberlo todo antes de actuar es necesariamente una falsación, pero una falsación poderosa. Que me sigue falsando y que me ha falsado lo suficiente como para desatender las necesidades reales que me han llevado al borde del colapso.

Entonces… ¿qué es lo real? ¿Lo que uno hace por los otros, el servicio, aunque sea a ciegas y sin comprensión? ¿El sistema, la repetición y nada más? ¿Cómo explicar entonces esta rebeldía que rechaza por igual tanto lo bueno como lo malo? Que rechaza, sin más. Que niega la existencia mía y del otro por mucho que la realidad la presione para aceptarlo de una vez.

 

Nota: El Colgado representa en el camino evolutivo una doble significación de veneno y cura en el sentido de que la crisis que representa trae consigo también la transformación de la mirada ( percepción)  y de los  valores (sistema de creencias) con la que  nos posicionamos ante el mundo. La versión de la derecha me causa una  especial simpatía porque se  desmarca del Tarot de Marsella a la izquierda en una alusión clara a otros personajes simbólicos como el Flautista de Hamelin o el Dios Pan,  p.ej. Mantiene sin embargo los elementos simbólicos principales. La estabilidad del número 4  que hace con las piernas,  la serenidad del rostro, la relajación del cuerpo, a pesar de yacer colgado, y la cabeza hundida en las raíces de la tierra, paradójicamente nos hablan de un estado interior pacífico y centrado, o que descubre precisamente el centro en medio de la tormenta o en el ojo del Huracán que simboliza su posición invertida, como si nos quisiera decir con ello la necesidad de invertirlo todo para ver la Realidad tal cual es, asó como la necesaria inevitabilidad de las crisis como medio de  purificar la mirada anterior que no nos dejaba verla.

43 años, casi 44. Imposible improvisar. Imposible seguir paralizado. Imposible tanto una cosa como otra. ¿Me estará dominando la carta del colgado? De alguna manera el no poder seguir por donde antes,  se ha convertido en no poder seguir por ningún lado. Y eso es realmente lo preocupante. La parálisis es seria. Algo de mi rostro delante del espejo se va vaporizando, difuminando,  lentamente. Deshaciéndose mientras me dicen “que guapo estás. Cada día estás más guapo”. Claro. Si supieran lo que veo con estos ojos. Apenas distingo lo que sé y lo que no sé. Me siento nada. Verdaderamente nada. Y cuanto más avanzo por dentro, menos sé. Y lo que es peor, si alguna vez sé alguna cosa, si alguna vez sé y comprendo alguna cosa del todo, es decir, circularmente, ¿quedará alguien allí para decírselo? ¿Podrán entenderlo? ¿O sólo trabajo para las animas del purgatorio? ¿Abriste un chiringo con Cristo y ahora te llevas las manos a la cabeza? Ya puedes llorar, chico, que llegas tarde. Tarde para las lágrimas,  y tarde para todo.

Si todo saber es sólo una puerta provisional, entonces no queda más remedio que ser humilde y dar la mierda que sentimos que damos. Pura mierda improvisada, aunque con la mejor de las intenciones. Eso es, sólo puedo rescatar la intención. Fíjate por donde, la forma y no el contenido. El estar disponible. Si esa disponibilidad y no el contenido de lo que uno sabe o deja de saber, es el único saber, entonces mi aislamiento voluntario será  y es mi condena de muerte. Igual es el justo matrimonio entre el contenido -(el saber o el no saber)- y la forma -(la disponibilidad o el cierre)-. En cualquier caso, lo único que puedo decir bueno de mí es que siempre, toda mi vida, he intentado estar disponible. En todo y con todos. Con mi (ex) pareja también, aunque no me crea.

¿Tendré alguna vez la valentía de avanzar hacia una disponibilidad lo suficientemente abierta como para que confiese que no sabe nada? ¿Qué se puede hacer desde allí? Igual el contenido de lo que uno sabe sólo lo sabe cuando es otro, y sólo el otro,  el que lo necesita, y no uno mismo. Si es así, ¿para que cojones estoy escribiendo un libro? Ganas de deslomarse en balde. Pero la fantasmagoría no es decir que tardaré dos años, o cinco, o diez,  en escribir un libro, sino creer que entre tanto no puedo hacer nada más,  porque todos mis esfuerzos están puestos en ser capaz de comprender alguna cosa. Oh Idiota. Tú si que eres idiota, y no el mundo. Agacha la cabeza de una vez por todas y quizás aún puedas entrar, incorporarte a la caravana de la vida.

Hoy, aquí y ahora, no tengo nada que decir a nadie. El lugar en el que están me parece la perfección consumada. Por eso me callo. Me callo hasta que se callan conmigo o se van o se incomodan o huyen a través de juicios o justificaciones, rigores o misericordias. Lo que sea. Es difícil definir esta disponibilidad vacía. Donde ni libros ni lecturas ni estudios suman nada. Me da dentera. ¿Cómo llamar a esto? ¿Vacío? Da igual como se llame, allí está igualmente, como emoción que quema y pide ser alquimizada. Así que respira, porque es lo único que puedes hacer.

No sé, la verdad,  si llego a tiempo para el ego. Si no llego, mi yo tendrá que encontrar la forma de existir sin desaparecer completamente del mapa, como últimamente estoy sintiendo que desaparezco. Pero ya he relatado, y me he relatado a mi mismo,  demasiadas muertes. No voy a mentir nunca más sobre ello. Al final, algo siempre sobrevive. Pero nunca vuelve a ser lo de antes. Este es el precio de la vida. Que hay que morir a una imagen tras otra. Todo queda atrás, y aunque todo vuelva, algunas cosas ya ni las reconoceremos porque algunos círculos son, sencillamente, demasiado grandes. Hablo de círculos que tardan billones de años antes de volver a cerrarse, y cuando se cierran, todo ha cambiado. Oh Buda, trágate dentro de tu vacío todas las impermanencias.  Y danos la ilusión de, al menos, una sola cosa que permanezca. Una sola. Una.

No sé nada. Pero estoy disponible. Para comprenderme. Para comprender el mundo del otro. Para aceptar el lugar en el que cada cosa es cada cosa. Ojalá sintiera que eso es suficiente con todos los niveles de mi ser. Pero no lo siento. Y por eso, simplemente, sigo respirando.

Nadie más torpe que yo para relacionarse. Debería aprender a hacerlo y abrazar la parte de mi ser que elija el recorte, tanto mío como el del otro. Que torpeza infinita el volver a hablar de mí, ese alguien que ya no sé ni por dónde anda. Un mí que es menos mío que nunca.  Porque…¿de quien soy ahora?

Hace unos años, en mi época analítica con A.S, la cosa era clara. Tenía un exceso de Puer y un defecto de Senex. O más bien,  un Puer que se había casado sólo con la Mater. Hoy el Puer ha desaparecido y lo único que queda es una batalla a muerte entre la Mater (el Ello) y el Senex (el Superyó) por la adquisición de un Puer (el yo) que no puede ser ni de uno ni de otro, sino de ambos o de ninguno. Quizás esa sea la razón por la que ha desaparecido. Sólo volverá cuando no sea ni del padre ni de la madre, ni de la dureza ni de la ternura, ni del rigor ni de la misericordia. De los dos o de nadie.

Quizás esa sea la razón por la que hoy, por primera vez, vuelvo a escribir sobre mí después de casi dos años, que se dice pronto.

No estoy nada contento ni feliz. Solo he aprendido, estoy aprendiendo a no reaccionar. O no ensuciar al otro con mis reacciones. A alquimizar todo lo que veo, toco, siento, escucho, huelo y como. Pero escribir sobre mí me lleva al mismo lugar de reflejos infinitos al que me ha llevado siempre. Es un cuadro demasiado fractálico o  pessoano. Y francamente, ya no me apetece,  ni tengo tiempo,  para estas cosas.

Me voy con el perro. Panchs, tú si que sabes…

…Mi Libro rojo.

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Panchs, casaratones

 

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