El mercado de las Crisis

 

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Autor desconocido

El lugar de intersección (o de tránsito) entre las impresiones subjetivas y las condiciones objetivas que constituyen nuestra vieja y confortable noción de identidad,  pero que ya no nos sirven, y las nuevas impresiones subjetivas y las condiciones objetivas que empezamos a experimentar, pero que no se han estabilizado aún,  se llama crisis.

Esta crisis es un lugar liminal de transformación, es decir, constituye el borde y la frontera entre la repetición de lo mismo y la apertura a algo desconocido, y, como tal,  suele resolverse de dos maneras: yendo hacia atrás, reforzando la repetición de lo viejo,  atrincherándose en ello, o yendo hacia adelante, confrontando el lógico miedo a lo desconocido.

Sin embargo, ambas opciones suelen ser infructuosas porque conforman una dualidad  o polaridad neurótica, por veces psicótica, que resulta excluyente y, por lo tanto, disociativa: el retroceso nos mantiene en una estéril repetición que volverá a causar la demanda de otra crisis en nuestra psique, mientras que el avance nos arroja a un lugar nuevo y desconocido que no se mantendrá mucho tiempo si le falta la necesaria estructura, por lo que nos volverá a llevar al mismo punto del principio, pero desde un lugar mucho más incómodo que desde el que partimos, porque ya no podemos negar todo lo que podemos ser y nos estamos perdiendo de nosotros mismos.

Por eso,  es necesario descubrir que es posible atravesar las crisis desde una tercera vía que no excluya lo anterior para llegar a lo siguiente, sino que lo incorpore en un nuevo y necesario paradigma. Es decir, un modo incluyente e integrador que nos permita unir nuestro pasado y nuestro futuro de una forma orgánica con la conjunción Y, en vez de disociarlos y separarlos con la disyunción O. Una forma de Psicoterapia que articule lo que fuimos,  lo que somos y  lo que podemos llegar a ser,  y que integre las nuevas estructuras de conciencia con las más antiguas, para que puedan moverse de una forma funcional,  como un todo,  por la vida.

En toda crisis, sea de la naturaleza que sea,  la forma, la estructura, la ley, la repetición,  el peso, la gravedad de lo viejo libra una batalla sin cuartel con la amorfidad, el espacio, el caos, la incertidumbre, la creatividad y la liviandad de lo nuevo. La duración,  la intensidad y  la resolución de la crisis dependerá de qué tipo de patrones estén en juego: personales, identitarios, relacionales, profesionales, vocacionales, y, en ocasiones, no muchas pero existen, todo a la vez.

Al contrario de lo que mucha gente piensa, y muchos terapeutas o gurues venden, la resolución de la crisis no pasa por una determinación excluyente entre seguir con lo viejo o entregarse a lo nuevo, sino en una discriminación incluyente que consiste en saber utilizar lo viejo como base, como trampolín, como sustrato de lo nuevo. Como peldaño hacia el siguiente. Esta imagen, la escalera, es la clave para incluir ambos movimientos, una vez que entendemos que cada peldaño constituye la base del que le sigue.

 

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Hoy en día, la mayor parte de las psicoterapias, talleres, cursos, formaciones y demás venden fórmulas rápidas que ignoran la verdadera naturaleza de todo proceso de crisis. Prometen nuevos horizontes de desarrollo sin contar con el lugar del que parte cada uno. Por eso, meses después, los viejos patrones nos reclaman con más fuerza que nunca, sencillamente porque no han sido incluídos dentro de la ecuación. No es posible encaminarse hacia una elección o libertad carente de miedo hasta que no se entiende que el miedo está en la misma base de la naturaleza del ejercicio de la libertad.

Para transitar con éxito el lugar de transición que supone toda crisis es necesario entender que la misma crisis es una llamada a incluir ciertas zonas de nuestro ser, aquello que ya se ha popularizado como sombra, que han sido ignoradas sistemáticamente. Por lo tanto, ninguna crisis se resolverá con éxito si no se entiende la naturaleza de la sombra que la dinamiza.

Esto es algo que no se entiende en las psicoterapias modernas, en especial dentro de la práctica del coaching, que sin llegar a ser una psicoterapia moderna, y no haber sido diseñado ni creado para resolver ninguna crisis,  promete la resolución de determinada clase o tipo de crisis mirando exclusivamente hacia el objetivo, sin tener en cuenta la sombra que hay en la naturaleza de aquello que se resiste y nos impide alcanzarlo. Esto excede con mucho sus competencias porque allí donde hay cualquier crisis, hay, por definición, una necesidad de inclusión e integración. Las psicoterapias modernas, en especial la terapia breve estratégica,  se han sumado a la moda resolutiva propiciada por el advenimiento del coaching, que encontró su nicho y paraíso dentro del desencanto de aquellas formas de psicoterapia ancladas en los patrones repetitivos, y no en las estrategias resolutivas,  como el psicoanálisis.

Existe,  desde hace ya bastantes  años,  una demanda masiva,  que por supuesto tiene su oferta en el mercado,   a encontrar soluciones pseudo-terapéuticas a todo, debido a la compulsión que tiene el hombre postmoderno, cada vez más extendida, a la evitación de cualquier tipo de sufrimiento. Por pseudo me refiero al fast food que también ha invadido el mundo de la psicoterapia y el así llamado desarrollo personal, a la compulsión por satisfacer y calmar sólo la sintomatología (insatisfacción con la propia vida, en su mayor parte) sin ir jamás a las causas.

Por doquier se pueden encontrar voces y libros que hablan, y por lo tanto se venden, de la inutilidad del sufrimiento. Una evitación de un sufrimiento que, en cierta medida, diría Marie Louis Von Franz, es la única cura al peterpanismo del hombre postmoderno, anestesiado en dinámicas psicológicas que carecen ya de cualquier sentido de profundidad, y por lo tanto, de autenticidad. Desde mi óptica y experiencia, puedo garantizar que no hay crisis humana que se resuelva  través de una lógica excluyente que prometa el advenimiento de una nueva identidad a costa del exterminio de la vieja. En el universo nada se pierde, y toda identidad que ha dejado de ser funcional ha de reciclarse y utilizarse como sustrato de la siguiente. Ninguna crisis de identidad se resolverá dando la espalda a lo que fuimos, sino al contrario, abrazando todo lo que dentro de ese fuimos no contemplaba lo que necesitábamos ser.

Dentro de la Psicoterapia hay pocas formas que se han mantenido fieles a esta necesidad de integración para superar cualquier crisis, pero existen. Casi todas las terapias humanistas intentan resolver las crisis de manera incluyente, del mismo modo que lo hace la psicología analítica junguiana y la psicología integral que desde hace ya bastantes años propone, dentro de su enfoque integral, Ken Wilber. Evidentemente hay más, pero para la intención de este artículo es suficiente.

Para casi todas las patologías de disociación que se extienden desde las estructuras prepersonales de conciencia, es decir, del temperamento y carácter, a las estructuras personales de conciencia, es decir, del ego/personalidad, estas formas de psicoterapia resultan efectivas. Pero comienzan a dejar de serlo cuando dentro del horizonte de la psiquis comienza a emerger la necesidad de evolucionar hacia las estructuras transpersonales de conciencia (alma, espíritu, divinidad…). Esa es una de las razones de la existencia de la psicología que se ha llamado a sí misma transpersonal.

Sin embargo, la necesidad de contactar y conocer el ámbito de lo transpersonal  no se la ha inventado ni muchísimo menos la Psicología. Este es un ámbito del que siempre se ocupó el Esoterismo, ofreciendo un itinerario riguroso y estricto, con pasos, iniciaciones, estudios y prácticas de las que carece por completo la así llamada psicología transpersonal. El Esoterismo al que nosotros hacemos referencia se enmarca dentro de la Tradición Occidental porque creemos que es el más resonante con la psiquis del hombre así llamado occidental. No quiere decir esto que descartemos otras formas esotéricas de otras tradiciones, simplemente creemos que es más efectivo poner cada cosa en su contexto.

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Rudolf Steiner y Max Heindel, dos grandes de la Tradición  Esotérica Occidental

Cuando hablamos del Esoterismo de la Tradición Occidental nos referimos a Tradiciones de peso como la Alquimia, el Hermetismo, la Kabbalah, en Cristianismo Esotérico, en especial en su expresión en la Filosofía Rosacruz, y en cierta medida, siempre dentro de su ejercicio más clásico y riguroso, de la Astrología. Hay ciertas partes de todas estas Escuelas que pueden y deben integrarse con la práctica psicoterapéutica, en especial cuando nos enfrentamos a una crisis existencial, o cuando la crisis de la persona en particular aborda todas las dimensiones de su experiencia, es decir, es integral y se manifiesta en todos los contextos en los que se expresa su vida.

Por lo general, la Psicoterapia puede y debe acompañar a una persona en su proceso de individuación, es decir, de consecución, porque esta hay que ganarla, de su alma individual. Pero la Psicoterapia suele dejar de ser efectiva cuando el alma necesita seguir evolucionando hacia estructuras de conciencia más desarrolladas, es decir, que apuntan ya a su relación con el ámbito espiritual, divino y absoluto. Aquí, en este punto, se hace necesaria la práctica esotérica. Nosotros creemos que mejor occidental, por una razón de coherencia,  aunque la práctica del Yoga, incluso del Tantra, que son dos prácticas esotéricas de la Tradición  Oriental, se haya popularizado en Occidente con relativo éxito, pero siendo bastante malentendidas,  y peor practicadas, debido a  la resistencia de la idiosincrasia de la psiquis occidental a dejarse transformar por una práctica concebida para otro tipo de cultura,  psicología e incluso fisiología. Pero allá cada uno. Lo necesario en este punto es seguir lo más rigurosamente que se pueda una práctica esotérica.

Las convergencias y divergencias entre la Psicoterapia y Esoterismo han de ser explicadas con detalle, y por la misma razón, aunque no es la única,  estamos escribiendo un libro a ese respecto. Mientras tanto,  iremos arrojando ciertas claves necesarias para ir derribando ciertos estereotipos tan de moda,  como que es posible evolucionar sin ningún tipo de sufrimiento. Este tipo de desarrollo aséptico e indoloro, tan propio de una sociedad anestesiada que ha perdido toda noción de sacrificio, es decir, de posponer las gratificaciones inmediatas para la consecución de metas más  significativas, profundas y duraderas, promete un tipo de evolución excluyente entre lo de antes y lo de después, sin lugar de tránsito, sin crisis. Puro humo.

En las crisis se sufre necesariamente porque la naturaleza de la crisis es precisamente el sufrimiento que provoca el negarse a ser todo lo que uno es y/ o está llamado a ser. Se sufre por resistencia, obviamente, a subir y cambiar de peldaño, pero también se sufre incluso cuando uno está decidido y determinado a cambiarlo, hasta que ese nuevo peldaño se convierte en nuestra próxima base desde la cual nos apoyaremos para subir el siguiente. Es decir, se sufre tanto si uno se resiste a evolucionar como si uno se decide a hacerlo, pero en el primer caso el sufrimiento es menos intenso pero más duradero mientras que en el segundo es mucho más intenso pero menos duradero.

Sea como sea,  no hay crisis sin sufrimiento. Uno puede hacerse budista con el objetivo de dejar de sufrir, pero para dejar de hacerlo tendrá que darse cuenta de a qué exactamente Buda llamó sufrimiento y cómo exactamente  se deja de sufrir, como hay que vivir para hacerlo. Respetando como respeto al budismo y a la práctica budista, creo que para el hombre occidental es más resonante cualquier práctica esotérica que dé sentido a su sufrimiento más que prometa extirpárselo como si este fuera un cáncer, algo ajeno y extraño, en vez de consustancial a él y a la propia naturaleza del ser humano. Pero es mi opinión y mi mero criterio.

Yo practico una Psicoterapia Esotérica, es decir, que integra Psicoterapia y Esoterismo,  en el sentido que voy o intento ir a las raíces, no a la sintomatología,  de cualquier crisis. Y en lo que voy a las raíces, a veces el sufrimiento resultante del proceso se intensifica hasta que revela su verdadero origen. Ni puedo ni quiero vender humo, que para eso hay ya bastante gente. No prometo el fin del sufrimiento. No prometo ninguna iluminación. No prometo ninguna libertad por la que no se esté dispuesto a pagar el precio.   De hecho, no prometo otra cosa más que ganar conciencia sobre lo que uno es, sobre el para qué uno hace las cosas y que es lo que realmente quiere y gana con ello. No tengo ni vendo fórmulas mágicas ni pociones anestesiantes. Al contrario, ejercito un constante,  por doloroso que este sea, baño de realidad. Sin fugas, sin escapes, sin excusas.

Una vez que el cliente da cuenta de que no hay lugar al que huir fuera de sí mismo, la práctica esotérica puede comenzar, llegando hasta dónde decida llegar el alma de cada uno, dentro de su propio proceso y de su propio plan evolutivo.

Esto quiere decir simple y llanamente que no soy un terapeuta a gusto de la sociedad postmoderna, ni falta que hace. Hago lo que hago y lo que hago lo hago bien, con un propósito claro y definido. Utilizando el sufrimiento inherente a cualquier crisis no como escape sino como cuña para llegar a las preguntas importantes, aquellas que tienen el poder de  llegar a las respuestas significativas que tienen el poder de cambiar y de resignificar el curso de nuestra vida. Hago por el otro exactamente lo mismo que los que me enseñaron y me enseñan hicieron y hacen por mi. Arrojarme sin salvavidas al mar de la conciencia, en la que uno chapotea histérico con miedo a ahogarse hasta que se da cuenta de que ese mar y esa conciencia y uno mismo son exactamente la misma cosa, y que uno no puede ahogarse en lo que uno realmente es, será y siempre ha sido.

Aunque cierta parte de uno mismo tenga que ahogarse y morir, es decir, transformarse, de camino.

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Autor desconocido

 

 

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