Cara y Cruz del Esoterismo

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Santa María de Lluça

La Vocación, de Vocatio,  no es el fruto de una elección sino de una respuesta a una llamada. En el caso de la vocación esoterista, es una respuesta a la Convocación, Convocatio,  de su propio Espíritu Interno.  El Espíritu Interno le convoca, a él y a otros muchos, aunque no tantos, para conocer el Lado Oculto o Plano Interno (Plano que a su vez está conformado por muchos planos plegados unos sobre otros, como si fueran el fuelle de un acordeón) dónde tienen lugar las Leyes Objetivas que rigen la vida. 

Este conocimiento tiene un precio, y el precio es caro, porque lenta y gradualmente, las impresiones subjetivas (pasiones, deseos, sueños, pensamientos, emociones, miedos, creencias, etc) han de conformarse, nos guste o no,  a las condiciones objetivas de los Planos en los que uno ingresa, dando como resultado nuevas e inevitables modificaciones. La suma de estas modificaciones es lo que se conoce como Corrección o Tikkun, para los cabalistas, Rectificación o Rectificatio para los alquimistas,  Conformación o Conformatio para el Cristianismo Esotérico,  y Purificación o Purificatio  para la mayor parte de las Tradiciones Esotéricas y Espirituales.

Esta Adecuación (me gusta llamarla así) exige siempre y en todo momento adecuarse a las Leyes y los Principios Internos que subyacen al mundo de las apariencias, no importa quien esté o no esté de acuerdo. No hay elección en este asunto,  porque no seguir las Leyes y los Principios Internos que han sido revelados y que sostienen las formas aparentes,  es mucho peor que no conocerlos,  porque uno conoce el efecto de contrariar conscientemente esos Principios.  Contrariar inconscientemente las Leyes produce un sufrimiento inconsciente. Contrariar conscientemente esas Leyes produce un sufrimiento consciente, que lo hace aún mucho mayor.

Esta es la razón por la cual el esoterista elige casi siempre callar dónde todos hablan o mirar dónde nadie observa. Esta es la razón por la cual gran parte de las veces elegirá el camino estrecho y solitario en vez de la ancha senda por la que deambulan, como autómatas, miríadas de personas llevadas por el hechizo de la mente grupal o colectiva. Es necesario entender que no hace ninguna de estas cosas porque sea mejor o peor persona, sino porque su conocimiento del estado y movimiento interno de las cosas le obliga a ello. Para él, actuar así es tan natural como el adulto que ha aprendido a no cruzar la calle a ciegas, llevado sólo por el ciego impulso de sus impresiones subjetivas. Para él, la mayor parte de la gente sólo puede ver el mundo (y relacionarse con el mundo) distorsionado por sus propios contenidos y reaccionar, no responder,  desde ellos. Para él, es imperativo aprender a ajustar sus propios contenidos a las Leyes que rigen  y sostienen el mundo de las apariencias hasta que ya no haya resistencia ni fricción entre el mundo interno y el externo. Y como es imperativo,  pone en este logro no sólo su intención -Intento- sino todo su esfuerzo -Voluntad-. El esfuerzo de igualar lo de dentro con lo de fuera a través de una constante y contínua Adecuación. A la larga, esta Adecuación consigue conformar los distintos vehículos y estructuras de conciencia al Deseo y al Propósito del Espíritu Interno, hasta que estos se convierten en la única Ley.

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El Esoterismo tiene muchas caras y muchas cruces, subjetivas y objetivas, demasiadas para mencionarlas aquí.  La cara y cruz objetivas del Esoterismo dependerán del lugar y del contexto en los que se aprenda y ejerza la práctica esotérica. Cada Escuela o Tradición alberga sus luces y sus sombras, sus caras y cruces, sus formas externas -apariencias- y sus leyes internas -secretos-. La cara y cruz subjetivas del Esoterismo dependerán del camino evolutivo y del aprendizaje particular de cada esoterista. Toda Vocación o Vocatio esoterista posee su propia cara y su propia cruz. La cara es la luz, la cruz es la sombra. Y cada uno ha de soportarlas e integrarlas como pueda hasta dónde pueda o le sea dado hacerlo, dentro de las condiciones objetivas de su propia vida.  No hay nada subjetivo o particular en esta integración. Es necesario que se produzca para que el camino del esoterista sea completo,  y el círculo se cierre.

Llega un momento en el que las circunstancias en las que y por las que uno fue llamado ya no importan. No importa el lugar concreto en el que el Espíritu Interno nos convocó. Es ese un recuerdo que puede alimentar al ego y lo alimenta hasta cierto trecho, pero no más que eso. Pasado ese trecho, lo único que importa es lo que queda por delante y el trabajo a realizar, y dado que para el esoterista todo es un trabajo, sólo importa el presente. Dotar de la impecabilidad necesaria a cada momento para hacer de cada instante un vehículo para el Espíritu. No bajar la guardia por nada ni por nadie. Saberse solicitado en todo momento y lugar.  Eso es lo que uno termina por saber a ciencia cierta. Y este es el mayor precio que le separa de una vida entregada al simple flujo de los acontecimientos.

El camino dado al místico, el que recorre el camino de la Mano Derecha,  no le es dado al ocultista, el que recorre el camino de la Mano Izquierda.  Para ninguno de los dos hay nada aleatorio. Pero el místico confía y camina a ciegas allí donde el ocultista mira y ve. El primero puede seguir siendo un niño inocente. El segundo es tan viejo y tan antiguo como el mundo que observa. El primero es consagrado por la fe. El segundo es consagrado por el poder y su manejo o utilización. Si lo maneja correctamente, este poder le abrirá nuevas puertas de comprensión y de poder. Si lo maneja incorrectamente,  el poder se volverá en su contra y morirá en cualquiera de estas puertas. El viento soplará sobre su tumba y nada más se sabrá de él ni de sus méritos ni de sus esfuerzos. Tal es el riesgo, la delgada línea por la que camina constantemente.

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En ocasiones he oído, prestando oídos sordos,  como algunos envidiaban esta clase de poder. Esta envidia, tan humana, nace del desconocimiento del precio a pagar por cada puerta o iniciación que se franquea. El precio es un carga que se hace cada vez más pesada. De la intimidad con la inevitabilidad de esta carga nace el proverbio de Salomón de que quien acumula ciencia acumula dolor. Es este un dolor que se queda y le impregna a uno hasta el fondo de todos sus huesos, que llega hasta el alma y la penetra, que no se quita con ningun remedio mientras uno siga vivo. Es el dolor de saber y comprender y constatar una y otra vez que la Ley de la Libertad Humana es tal que puede optar por infringir una y otra vez las propias Leyes que sostienen la vida, incluida, he aquí la más dolorosa paradoja, su propia libertad. Ver, comprender y constatar cómo el Ser Humano se violenta a sí mismo al no conocer ni respetar ninguna de las Leyes Sagradas que sostienen la vida,  y ver y comprender y constatar que no puede hacer nada ante ello más que hacer de sí mismo otro ejemplo, es probablemente, el mayor de los sufrimientos que está obligado a padecer en un mundo en el que nadie quiere ni está dispuesto a sufrir (conscientemente) porque el sufrimiento está pasado de moda.

En Psicoterapia, no hay dolor comparable al dolor que se siente cuando se ve, se comprende y se constata como una alma sigue eligiendo no ver y no comprender, porque no hay Ley más poderosa que la  elección inherente a la Libertad Humana, aun cuando esta misma elección  se use para no ejercer la Libertad misma. No hay dolor comparable al dolor que se siente cuando se ve, se comprende y se constata que el alma dentro de ese vehículo ha tirado la toalla, y elije no seguir, no continuar evolucionando, al menos a través de ese cuerpo y a través de ese vehículo, de esa vida.

Pero es lo que hay, y con el tiempo, mucho tiempo, también se aprende a convivir con ello, aunque el dolor de ver, comprender y constatar como la universalidad de la ceguera voluntaria aborta el Vuelo del Solo al Solo* al que está llamado todo ser humano, sea inevitable y nada más se pueda hacer que, como hemos dicho, aprender a convivir con ello y aceptar la misma negación del ser como parte de lo que es, y por lo tanto, del mismo aprendizaje. Mismo que la humanidad en su conjunto decidiera negarse a sí misma en su naturaleza más profunda, negar sus raíces divinas y autodestruirse, el esoterista estaría y está  llamado a verlo y comprenderlo, porque sabe que en el camino evolutivo del ser humano y en la evolución del Universo nada se pierde, todo es reciclado como experiencia de aprendizaje, incluso, para la próxima vez, para el siguiente viaje. Y saber que nada se pierde, aunque todo parezca lo contrario, que lo que no es comprendido hoy será comprendido mañana, es su único consuelo. Y siendo su único consuelo, está obligado a consolar a otros a través de la visión (y la comprensión) de todo aquello que pueden llegar a ser, aunque hoy lo nieguen (que lo negarán…).

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* “ (….) Con esto querría mostrarse el mandato propio de los misterios, de no dar a conocer nada a los no iniciados; pues como quiera que lo divino no puede revelarse, no ha de ser tampoco divulgado entre aquellos que no han tenido la suerte de experimentarlo. No dándose en esa ocasión dos cosas, si en verdad el sujeto que ve y el objeto visto son una misma (hablaríamos mejor de una unión que de una visión), cuando aquél quiera recordar después esa unión acudirá a las imágenes que guarda en sí mismo. Mas, si el ser que entonces contemplaba era uno y no manifestaba diferencia consigo mismo ni con respecto a las demás cosas, tampoco advertía movimiento dentro de sí, y, en su ascensión, no patentizaba cólera ni deseo, y ni siquiera razón ni pensamiento, porque, si de algún modo hay que decirlo, él mismo ya no disponía de su ser que, arrebatado o poseído de entusiasmo, se elevaba a un estado de tranquila calma. Verdaderamente, al no separarse de la esencia del Uno, no verificaba movimiento alguno hacia sí, sino que permanecía completamente inmóvil y se convertía en la inmovilidad misma. Ya no le retenían las cosas hermosas, puesto que miraba por encima de la belleza; y, sobrepasado también el coro de las virtudes, había dejado atrás las estatuas del templo como quien penetra en el interior de un santuario.Serían las estatuas precisamente lo primero que tendría que ver al salir del santuario, después de esa visión interior y de esa unión íntima, no desde luego con una estatua o una imagen de la divinidad, sino con la divinidad misma; aquéllas constituirían contemplaciones de orden secundario.

Porque quizá no deba hablarse ahora de una contemplación sino de otro tipo de visión, por ejemplo, de un éxtasis, de una simplificación, de un abandono de sí, del deseo de un contacto, detención y noción de un cierto ajuste si se verifica una contemplación de lo que hay en el santuario. Si otra fuese la manera como contemplase, es claro que nada de esto contaría. Porque éstas son las imágenes con las que los más sabios de los profetas han explicado enigmáticamente en qué consiste la contemplación de Dios. Cualquier sabio sacerdote podrá dar con la verdad del enigma, si llega a alcanzar en ese mundo una contemplación del santuario. Pero aunque no la alcance y juzgue que el santuario es inaccesible a la visión, tendrá que considerar a éste como fuente y principio y sabrá además que el principio sólo se ve por el principio, que lo semejante no se une más que a lo semejante y que no han de despreciarse en modo alguno cuantas cosas divinas pueda retener el alma. Así, antes de la contemplación, reclamará ya todo lo demás a la contemplación, aunque lo que él estime como el resto sea realmente lo que se encuentra por encima de todas las cosas y también antes de ellas.

La naturaleza del alma rehúsa el acercarse a la nada absoluta; cuando desciende, se dirige hacia el mal, que es una especie de no-ser, pero no al no-ser absoluto. Al avanzar en sentido contrario, no va tampoco hacia otro ser, sino hacia sí misma, y es por ello por lo que no entra en otra cosa sino en sí misma. Pero basta que ella esté sólo en sí y no en el ser para que se encuentre verdaderamente en El, porque El no es una esencia sino que está más allá de la esencia para el alma que tiene relación con El. Quienquiera que se ve a sí mismo convertirse en El, se considera a sí mismo como una imagen de El. Partiendo de sí, como de la imagen al arquetipo, llegará indudablemente al fin de la jornada. Y si alguna vez se aparta de la contemplación, reavive de nuevo su virtud y comprendiendo entonces toda su ordenación interior vuelva a su ligereza da alma y, por intermedio de la virtud misma, llegue hasta la inteligencia y, a través de la sabiduría, ascienda incluso hasta El.

Tal es la vida de los dioses y de los hombres divinos y bienaventurados; una vida que se aparta de las cosas de este mundo, que se siente a disgusto con ellas y que huye a solas hacia el Sólo”.

Plotino, Enéadas, VI, 9, 11.

 

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