Construir, no destruir

 

Margarite Yourcenar
Marguerite Yourcenar, imagen de archivo

Dice Marguerite Yourcenar (una de mis autoras favoritas) en una de sus obras, aunque no recuerdo bien sus palabras exactas (una lástima),  que llega un momento en la vida  de un hombre (mujer) en el que ha de elegir entre renacer de sus propias cenizas o autodestruirse. Astrológicamente, esta es la diferencia entre vivir un Escorpio evolucionado o involucionado, constructivo o autodestructivo.

Todos pasamos (a través de ciclos y tránsitos tan exactos que dan hasta grima) umbrales evolutivos en los que se nos pide tomar esta elección. Yo, como todas las personas, he pasado muchos, y no siempre he elegido sabiamente la elección de la construcción. Siempre he creído que para seguir “adelante” tenia la obligación de destruir todo lo anterior. Resultado: dejar a tus espaldas un campo de exterminio lleno de cadáveres.

Vivir un Escorpio evolucionado, ser capaz de comprender que su pulsión por la intensidad y por la muerte no tiene otro fin que la transformación de la conciencia en una nueva visión integradora que es Sagitario, no es tarea fácil. Hay que pasar por la criba de la muerte muchas veces, equivocarse muchas veces, aprender de la agresión y de la autoagresión que significa el cortar cabezas (incluida la propia) por lo sano.  Soy honesto, no tengo tiempo para dar rodeos sobre este asunto.

El tránsito, la linea fronteriza entre Escorpio y Sagitario, está llena de dificultades y peligros, de caos y confusión, y hay que cruzarla muchas veces para comprender emocionalmente y profundamente (todas las demás comprensiones no son sino bonitas teorías) que la única forma de avanzar hacia un futuro con significado y con sentido es abrazar y comprender el pasado, limpiarlo emocionalmente para poder ver el hilo conector del propósito que enhebra cada hebra que está colgando de una forma deshilachada en nuestra vida y también, en nuestra psique.  Es este hilo conductor, el único Hilo de Ariadna que nos puede sacar de una muerte autodestructiva segura a manos del Minotauro, dentro del laberinto de nuestro propio sistema de creencias y de los patrones, reacciones y cargas negativas con los que está saturado nuestro cuerpo emocional.

La limpieza del cuerpo emocional  y de las cargas negativas que se grabaron en él durante los primeros siete años de vida (y antes de estos siete años, los siete meses de vida intrauterina del alma) es un trabajo invariablemente necesario. En el chamanismo tolteca lo llaman, con toda la razón del mundo, recapitulación. Yo he recapitulado emocionalmente mi pasado algunas veces a través de diversas técnicas chamánicas, curiosamente todas centradas en la respiración. Ahora, el destino me ha ha dado otra herramienta en la forma de un libro-proceso que un hermano del alma me ha recomendado. Se llama El Proceso de la Presencia, y lo firma Michael Brown.

El libro es un libro experiencial, cero teórico, y en el se propone y se describe un proceso de diez semanas en diez sesiones de una semana de duración en el que a través de distintas herramientas (la respiración consciente conectada, las afirmaciones activadoras de la presencia y la lectura diaria de los materiales y de las herramientas perceptivas) se realiza un profundo proceso de limpieza emocional cuyo objetivo es liberar la percepción y la conciencia de adicciones y adherencias para centrarla y estabilizarla en el momento presente, fortaleciendo lo que Brown llama la Presencia Interior. O como dice él de una manera mucho mas prosaica: pasar de una vida de reacciones a una vida de respuestas.

El proceso de la presencia

La razón por la que este “resabido” terapeuta haya decidido hacer, y no solo hacer, sino repetir este proceso, es porque es un terapeuta “resabido”, como casi la gran mayoría de terapeutas. Y donde hay “resabio”, no hay evolución ni comprensión, sólo estancamiento en las trincheras y los imperios ya ganados, no en los que quedan por construir. Así que manos a la obra y en ello estoy. Pero advierto que una cosa es publicitar este proceso, por considerarlo lo suficientemente útil, simple y profundo como para llegar al centro de las cosas, es decir, la realidad sin proyecciones, y otra muy distinta es dar detalles del mismo. Eso entra en la esfera subjetiva y personal y a nadie le interesa más que hacer su propio viaje y llegar a sus propias conclusiones. Así que no daré ningún detalle del mismo y mucho menos por las redes sociales.

Volviendo al asunto que nos atañe, a la muerte y la transformación, ya he dicho en el anterior post, que la muerte me ha vuelto a tocar de cerca, literal y no metafóricamente, a través de la muerte de mi padre. Nada excepcional, sólo el hecho de que aunque sabes que todo el  mundo tiene que pasar por semejante experiencia, la experiencia sólo llega cuando llega. Y cuando llega, hay que tomar de nuevo la decisión, por lo que se te muere dentro de ti cuando se te muere un padre (o una madre), de construir o destruir. Algo queda huérfano y desamparado cuando se muere un padre (o una madre) pero también algo te exige tomar su lugar, cuando te conviertes en el mayor vivo de la línea de tus ancestros. El dolor de la pérdida ha de convivir con un sentimiento de responsabilidad creciente, y así ha de ser, y las ganas (o el sentimiento) de morirte con él han de convivir con el deber propio y constructivo de responsabilizarte de tu propio camino evolutivo con mas empeño, fuerza y voluntad que nunca. Este ha sido el último regalo de mi papá (así quiero llamarle) y no lo honraría si lo tirara a la basura.

Puestos en contexto, llegamos al punto al que quiero llegar. La necesidad y arte de construir tu propia vida a partir tus propias cenizas. De nuevo, hay una correspondencia astrológica, porque siempre la hay,  para ilustrar esta imagen, y no es otra que la conjunción Saturno-Plutón (Plutón es el que destruye todo aquello que no sirve y Saturno el que reconstruye a partir de las ruinas, o sería mejor decir, de la esencia inmortal que sobrevive a toda destrucción) que nos está afectando a todos, de una forma u otra. A mí muy especialmente, porque la tengo justo en conjunción con mi Marte y mi Ascendente. Así que o renazco,  o la diño. Y hablo literalmente. No es que no lo supiera (llevo 3 años preparándome psicológicamente para este momento), es que uno no sabe por que puerta va entrar la de la guadaña, uno vigila todas las puertas y al final entra por la ventana. Siempre es así. Y al final, uno descubre que no hay forma de prepararse para esto. Por eso se llama muerte. Porque uno se muere. Y ante la muerte sólo cabe el silencio ( y lo que el silencio trae consigo: la soledad, la claridad y la discriminación entre lo esencial y lo superfluo, en este orden). Punto.

La cualidad luminosa de la muerte es que nos enseña lo que vale o no vale la pena de la vida. Nos enseña a vivir profundamente. Fortalece la presencia interior. Nos despierta de un golpe, si es que seguimos dormidos, o como poco nos arranca a la fuerza de nuestras innumerables excusas y zonas de confort para no vivir la vida que estamos llamados a vivir. Y no hablo de la vida cool y exitosa de la que hablan en el coaching para empresas. No hablo del logro. Hablo de la evolución y del trabajo del alma, de un trabajo que es un trabajo y por eso se llama trabajo. Hablo del propósito profundo pero también de la corrección (lo que el cábala se llama tikkun) que toda alma debe experimentar en este mundo por el simple hecho de haber renacido. Hablo de hacer aquello que uno sabe intima y profundamente que ha de hacer si pretende morirse con la conciencia tranquila.

Astrológicamente, el tikkun de un alma, su corrección, corresponde al Nodo Norte. En mi caso está en Sagitario, en la casa 10. Es decir, para corregir aquello que me falta por hacer he de tomar la responsabilidad de aprender y enseñar (Sagitario) dentro de un contexto público (Casa 10). Y hacerlo sin miedo, con la firme conciencia de que esto es un deber que se me impone, debido al saber ya acumulado en otras vidas, un saber que necesita ser integrado, y no un mero capricho o otra volada made in Linkedin.

Esto significa que me tengo que comer con patatas mi decepción y desencanto con la práctica individual de la psicoterapia y la astrología, y profundizar aun más en su proyección y su sentido. Esto significa aprender a enseñar. Esto significa tomar plena responsabilidad de mi don: la palabra. Esto significa construir, no destruir.

Hay momentos en los que uno sencillamente comprende, desde un lugar libre de intelecto, e incluso de emoción, lo que tiene que hacer, y esos momentos vertebran el hilo conductor de lo que va a ser toda una vida. He visto muchos ejemplos de ello y los sigo viendo hoy en día. Gracias a la muerte de mi padre, al Proceso de la Presencia, y supongo, al camino que hasta hoy he recorrido, atravieso hoy uno de esos momentos.  El vislumbre de crear un Instituto, en el que se integren y se compartan todos mis conocimientos teóricos y prácticos sobre Psicoterapia y Esoterismo, en un formato colectivo,  parece ser el único camino. La visión no es nueva, lleva acompañándome muchos años, pero materializar una visión requiere de centro y de presencia, y el centro y la presencia hay que ganársela (y sobre todo mantenerla) a pulso.

Ken-Wilber-el-Einstein-de-la-Conciencia
Ken Wilber, fundador del Integral Institute.

El proyecto de un Instituto Integral no es nada nuevo. Hay muchos ejemplos, empezando por la que más admiro: el Instituto Integral que nació de las obras de mi admirado y querido Ken Wilber. Pero mi propósito es, con diferencia, muchísimo más humilde. No quiero hacer un Instituto en el que den clases los mejores profesionales de cada rama, la creme de la creme, porque la idea ya existe, y además, me interesa poco. Sólo quiero aplicar lo que ya he hecho a título individual en un formato colectivo de Casa 10, que es donde está mi Nodo Norte. Dar clases de astrología, para enseñar a aprender el arte de alinearse con los ciclos del tiempo, de sexología y tantra, porque no hay tantra que valga si no se parte del conocimiento propio de la propia sexualidad, y por último, sesiones  para la activación de la conciencia, en un formato libre de preguntas y respuestas, que es el correlato occidental de lo que en India llaman Satsang (nunca fui amigo de neologismos y prefiero traducir los orientalismos a nuestro propio idioma). Esta es la idea germinal. Otra cosa es la voluntad y la constancia para materializarla, y sobre todo, el permiso del universo y de la vida. Porque Dios se rie de todos nuestros planes.

Pero el deber es el deber, lo que no quiere decir que no disfrute haciéndolo. Para mi el deber es el deseo y el deseo es el deber porque tal es el destino del Ascendente en Capricornio.

El cómo, dónde y cuando haré lo que tengo que hacer se irá desvelando según mi presencia interior lo vaya desvelando en este proceso. Porque, dice Michael Brown, ella no sólo sabe lo que realmente nos ha sucedido y por qué nos ha sucedido, lo que nos  sucede y por qué nos sucede, sino también lo que nos va a suceder. Ella sabe. Punto. Nosotros no. Punto. Es todo una cuestión de a qué o a quien le damos voz. Si a lo que somos o a lo que no, si es que nos da para ver la diferencia. Lo que sí se a ciencia cierta, es que antes de que se materialice, tengo que recapitular (limpiar e integrar) del todo mi propio cuerpo emocional, esta vez de una forma exhaustiva, no a través de talleres de fin de semana o retiros. Durante semanas y semanas y semanas en un proceso simple, pero profundo y efectivo, de recapitulación.

Luego y mientras tanto, a seguir construyendo, porque ya he destruido (Plutón en casa 8) suficientes cosas en mi vida. Más que suficientes. Pido perdón por el daño causado a propios y extraños y me perdono compasiva y profundamente a mí mismo. Porque comprendo la fragilidad y confusión de lo que ser humano significa.

Y a seguir.

 


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