Mujeres y hombres y viceversa

Elisabeth Taylor
Elisabeth Taylor, imagen de archivo.

Este será un post “algo” más corto, para variar.

Las muchas relaciones de pareja que he tenido, no los muchos talleres de tantra y sexualidad que me he mascado como un armadillo,  me han enseñado lo  siguiente. Usaré los términos yin y yang para la gente mas afín a la terminología new age, pero la gente mas “seria” o mas “psicologizada”, estos que van por la vida tosiendo o frunciendo el ceño cuando no están de acuerdo con nada,  puede sustituir el término yang por ánimus y el termino yin por ánima, que queda mas cool.  Yo los utilizaré indistintamente según se me antoje y me convenga.

Todo en el mundo visible e invisible gira en una danza entre el dar y el recibir. El yang se da a si mismo, el yin recibe (se fecunda) lo que el yang le ofrece, lo cuida y lo nutre. Por simplificar muy mucho la Kabbalah habla de la retirada (Tzitzum) de Dios (que no es yin ni yang sino ambas cosas y ninguna) de Sí Mismo para que otra cosa, el Vacío (que si es yin en estado puro), pudiera existir. Dios preña ese Vacío con un rayo creador, el Kav, que es el yang en estado puro. A partir de ahí la cosa se complica y ya lo explico en mi libro como Umbral, pero todavía no. Quedan muchas cosas que asentar todavía. Los que quieran saber mas sobre el asunto que lean la obra Maase Bereshit, el Misterio de la Creación, del dr Mario J Saban. Denso pero cunde.

A lo que íbamos, las mujeres con un exceso de energía yin o de ánima (esas que a los “machitos” le resultan tan irresistiblemente femeninas), son (casi, pero no) puro vacío, puro recibir, y por lo tanto son (casi, pero no) pura necesidad de demanda y atención. Sin atención se marchitan como flores sin agua, sin tierra y sin sol. Las mujeres con un exceso de energía yang o de ánimus (esas que se han masculinizado por razones comprensibles y variables para adaptarse a un mundo patriarcalizado) no lo tienen mucho mejor porque tienen un yin o ánima inconsciente, y este yin o ánima puede ser aun mas demandante, desde el inconsciente, que el de las mujeres yin. Pero como no lo ven, ponen su atención, como los hombres yang, en las cosas del mundo, en lo exterior, en vez de en el mundo interno, patrimonio por excelencia del ánima.

Tela, pero la ecuación se complica. Los hombres con un exceso de energía yang o de ánimus no emplean esta energía para darse atención a sí mismos, es decir, a su propio yin o ánima inconsciente,  sino para dar atención a su complemento, las mujeres yin y/o para buscar la atención en el logro o en el éxito en el mundo. Los hombres con un exceso de energía yin, que ahora están tan de moda, pero que Jung ya clasificó como víctimas de un complejo materno negativo (buscar en la wiki si es que existe, no voy a explicarlo aquí),  sufren de la mismita demanda de atención que las mujeres yin, y buscan atención en su complemento, las mujeres yang, que, como son inconscientes de su demanda de atención, les es más facil proveerla en el yin y en la demanda tan visible de los hombres femeninos. Espero que no se pierdan con el trabalenguas, ya acabamos.

Así que tenemos dos parejas arquetípicas: mujer yin-hombre yang, y mujer yang-hombre yin. Por descontado que las mujeres y los hombres yin y las mujeres y los hombres yang se repelen por puro electromagnetismo. No es necesario complicarlo más. Pero se complica.

El único remedio para sanar verdaderamente la demanda de atención consciente de la mujer y/o el hombre yin es que se realice y se responsabilice de su yang inconsciente, que es el que verdaderamente tiene que proveer  y puede proveer  su demanda de atención constante y angustiosa (lo digo por experiencia). El único remedio de sanar verdaderamente la demanda inconsciente de la mujer y/o el hombre yang es que se realice y se responsabilice de su yin inconsciente, que es el que verdaderamente tiene y puede recibir la atención de su sobrada energía yang.

Este es el diagnóstico, un poco complicadillo. La receta es mucho mas simple. Todos a fortalecer lo que se tiene en defecto o no se tiene en absoluto,  sabiendo que uno conservará hasta el final de sus días,  por los siglos de los siglos amen, una tendencia yin o yang, una especie de fijación en el ánimus o en el ánima, y que esto no se puede ni se debe cambiar. ¿Como se fortalece? Poniendo en cuarentena (cuando digo cuarentena me refiero a algo arquetípico, no a 40 días literales de Jesús en el desierto, porque indudablemente se necesita mucho más tiempo) nuestra pulsión de tener pareja, la fuerza del patrón y de la tendencia.

Si claro, como si fuese tan fácil eludir y burlar las leyes del cosmos. Pero nadie ha dicho que lo sea. No lo es, pero es la única manera. Lo otro es repetición sobre repetición, lo dice un repetidor consumado, que ha estado con mujeres yin, mujeres yang, y algunas, oh suerte, que se han acercado mucho al equilibrio. Pero como yo no estaba equilibrado, pues campana y se acabó, otra relación rota en la que gracias a Dios te dejan antes de que tú dejes para que aprendas como se siente el toro al otro lado del ruedo. Pero dejemos la biografía y acabemos.  Diré algo serio para acabar.

Es necesario desarrollar el músculo de la presencia interior, a través de la soledad, el silencio  y la claridad y discriminación que trae consigo,  porque esta es la que sabe lo que nos pasa realmente y qué y cómo lo debemos equilibrar. Sirve de tan poco casarse mil veces como la Taylor, como sirve atiborrarse a talleres de sexualidad y de tantra de fin de semana, porque si no nos hemos trabajado antes nuestra necesidad de atención (sea esta consciente o inconsciente) un mínimo aceptable, correremos, como hamster en su rueda, o perro tras su cola,  detrás de nuestro complemento. O,  si tenemos suerte, nos toparemos con alguien que ande bastante cerca del equilibrio entre la susodicha (perdónenme los defensores y defensoras de las teorías del género) energía masculina y femenina -(ya se que es casi un pecado decir esto en estos días en las que el manido concepto de género ha invadido muchas mas áreas que el de la violencia,  pero me la suda)- y quizás nos contagie un poco.

Así que cuarentena (que recuerdo, son mucho mas de 40 días, que horror en esta época de tinder a golpe de dedo), soledad, silencio, respiración, y  toda la atención para nuestra demanda de atención. En realidad todo este lío laberíntico y trabalenguístico empezó con la necesidad de atención de los padres (obvioooo me dirán, pero es así), pero así me extendería mucho y ya hablaré de ello en otro artículo, pero ya llegaremos allí.

¿El fruto de tan pesado (vamos, sólo cuesta al principio) esfuerzo? Amor propio, compasión, serenidad, claridad, capacidad para responder en vez de reaccionar, y sobre todo y ante todo dejar de hacernos daño y hacérselo a otro. Capacidad de amar y ser amado realmente (esto lo digo no desde un hecho sino desde una noble aspiración, que conste). Lo dice un dañador muy dañado, for the record.

A las parejas estables que han permanecido años y años hasta encontrar el delicado punto de equilibrio, sólo tengo hacia ellas mi más sincero y honesto respeto y mi más sana envidia. Ya se lo dije a un par de amigos míos hace bien poco, cuya vida en pareja me causa casi reverencia. Pero no es mi caso. Unos aprenden de uno. Otros aprenden de muchos. Y cuando es de muchos y de muchas sólo queda agradecer el paso de todos y todas por nuestra vida. Cuando es de uno, hay que montar un altar y doblar la rabadilla, porque oh santa paciencia…(que nunca tuve ni tengo ni creo que tendré. o a lo mejor sí) y santo amor.

A todas ellas (en mi caso), a todos ellos (en su caso), gracias, desde el fondo de mi corazón. Queda cursi pero así es como es y así lo siento.

Y ya. Esta es mi particular versión de mujeres y hombres y viceversa.


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