¿Qué hago en casa?

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Gran Via de Madrid

Si, yo también me quedo en casa, pero ¿que puedo hacer en casa? ¿Qué es lo que hago?

¿Me paso las horas  petrificado delante de la televisión siguiendo el inexorable avance del covid-19, la morbosa cifra ascendente de muertos por todo el mundo, intercambiando cuando no queriendo imponer interpretaciones subjetivas sobre otras en las redes sociales, justificando  las heridas irresueltas de mi propio mundo emocional inmaduro e inconsciente y proyectándolas en forma de opiniones, acusaciones, descalificaciones, o  lo contrario, vendiendo poses y/o imágenes pseudoespirituales de mira lo bien que lo llevo y lo poco que me afecta?

Aceptando el derecho (que se confunde demasiadas veces con pulsión) de estar informados ante una amenaza desconocida como la del coronavirus de repercusiones que todavía no alcanzamos a entender, es un hecho psicológicamente comprobado a través de experimentos (muchos de ellos reprobables) de  referentes de la psicologia social como Solomon Asch, Stanley Milgram, Martin Seligman o Philip Zimbardo, que el consenso y la presión social (sea esta constructiva o destructiva) resulta uno de los mayores anuladores de nuestro propio juicio y auto-conciencia individual.

Estos días en los que el Estado de Alarma ya se ha declarado a lo largo de prácticamente todo el planeta, resultan evidentes las consecuencias neuróticas globales del stress colectivo al que ha inducido no sólo este Estado de Alarma, sino la forma sensacionalista y catastrofista que tienen los mass media para sostenerlo en el tiempo el tiempo que sea necesario. Y estas consecuencias neuróticas globales (pronto, si no me equivoco llegarán y se extenderán las psicóticas, como es el caso de las ideologías políticas radicales que utilizan el efecto de pánico social para atrincherarse aun mas en su radicalismo identitario) se detectan ya en una sociedad en la que todos se están convirtiendo en los vigilantes (cuando no denunciantes) de todos, en una especie de catarsis colectiva de un Gran Hermano Orwelliano, en el que las cámaras de video-vigilancia están siendo sustiuidas por los ojos y las celulares de la gente que graba a otros desde los balcones cuando a su juicio,  sea de una forma explícita como implícita, se están saltando las directrices dadas por el consenso social.

Sin querer menoscabar la importancia de este consenso, lo cierto es que la neurosis colectiva está empezando a derivar en comportamientos que van desde la indefensión aprendida de los experimentos de Seligman, a la identificación con los roles de prisioneros o carceleros de la prisión de Stanford, de Zimbardo. La pregunta aquí sería cual es nuestra indefensión aprendida a nivel colectivo, quien la induce y para que, y quienes están identíficándose con los roles de prisioneros o carceleros durante esta crisis. La pregunta también sería, aparte de quedarnos en casa, que estamos haciendo en casa. ¿Estamos participado,  sin saberlo, inconscientemente, de esta neurosis colectiva, con pocas pero alarmantes irrupciones psicóticas, o nos estamos esforzando por mantener cuerpo, mente, alma y espíritu alineados?

Dejando atrás los rudimentos de la psicología social, ¿que es lo que tiene que decir el esoterismo de esta crisis (prefiero llamarla crisis a amenaza) y de sus repercusiones sobre nuestros cuerpos físico, etérico, emocional y mental? Sin duda mucho y mas complejo de lo que la mayor parte de nosotros entenderíamos, pero sin embargo, ciertas bases esotéricas son perfectamente aplicables a la hora de comprender que este virus implica muchas otras clases de virus: emocionales, mentales, psicológicos, energéticos, etc, de los que nos tenemos que cuidar y hacer igualmente responsables.

La alarma, el pánico social, el miedo, el pasarse el día entero enganchado a la televisión y/o a las redes sociales en una búsqueda compulsiva de información sobre el avance del virus, la repetición de palabras claves como amenaza, enemigo, guerra, enfermedad, son botones que stressan nuestro cuerpo mental e inoculan el miedo (o lo refuerzan si ya existe) a nuestro sistema de creencias. El stress del cuerpo mental, y las creencias colectivas que asumimos como nuestras,  poralizan el cuerpo emocional en ciertas emociones,  excluyendo otras, y lo caotiza, vuelve la regularidad del ritmo y del tempo de las emociones caótico e impredecible. La polarización del cuerpo emocional distorsiona la armonía del cuerpo etérico, que no solo organiza las lineas de estructura, desarrollo y crecimiento de nuestro cuerpo físico, sino que sostiene la fortaleza de nuestro sistema inmunológico a través del equilibrio del sistema glandular. Por lo tanto nuestro sistema inmunológico se debilita y  se hace aún mas vulnerable a la sintomatología del Covid 19 y/o de cualquier otro virus.

Hay soluciones. La gente, que no es tonta, prefiere y lo hace ya, ocupar su tiempo en actividades constructivas, aunque la mayor parte de ellas (somos una cultura psicológicamente extrovertida) se hacen para compartir con los demás, porque, evidentemente, somos seres vinculados y vinculares. Pero hay otras. Ya hablé de ellas en un post anterior. Meditar, hacer yoga, respirar (conscientemente, conectando inspiración y expiración) dos veces al día 15 minutos. Hacer ejercicio y llevar una dieta saludable.  Proponerse terminar con una adicción. Hacer una visita al cuarto oscuro en el que vive nuestro olvidado niño interior. Leer y/o estudiar sobre un particular para el que nunca encontrábamos tiempo. Escribir. Tocar. Pintar. Crear, de cualquiera de las formas y maneras. Reflexionar sobre la vida subjetiva (la que me atañe a mi) y objetiva (la que nos atañe a todos). Recapitular sobre lo que subjetiva y objetivamente nos ha llevado aquí. Observar el patrón, individual y colectivo,  para no repetirlo. Repensar el mundo y pensar en otras alternativas para el mundo en el que queremos vivir. Y sobre todo, nunca lo diré lo suficientemente, hacer silencio, y fortalecer el musculo atrofiado de nuestra soledad y de nuestra, también, olvidada, presencia Interior.

Todos hemos de quedarnos en casa, pero hay muchas formas de sobrellevar este confinamiento.  Aprendamos de todos aquellos que estando encerrados (pienso ahora en Nelson Mandela) aprendieron a desplegar las alas de su libertad interior. Vivimos tiempos convulsos en los que espiritualmente se nos pide desarrollar las cualidades de la disciplina, la paciencia, el sacrificio, la tolerancia, el amor propio, la presencia y la compasión. El camino será duro porque la historia ha demostrado con creces que la humanidad solo se comporta como humanidad, es decir, humanamente, cuando es duramente puesta a prueba.

Aqui tenemos otra. No perdamos más el tiempo.

 

 

 

 


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