Deseo sexual hipoactivo

Fue Helen Siger Kaplan, sexóloga y psicoanalista norteamericana de los años 60s,  la primera que habló de la necesidad de reconocer el deseo como punto de partida o primera fase del Ciclo de la Respuesta Sexual. Desde entonces, dentro del ámbito de la Sexología,  la secuencia de las fases del Ciclo de la Respuesta Sexual tanto femenina como masculina quedó reconocida como sigue: deseo-excitación-meseta-orgasmo-resolución.

Cada una de estas fases conlleva un mecanismo de respuesta fisio-psicológica que puede verse alterada por múltiples factores, dando lugar a distintas disfunciones. De todas las disfunciones que pueden darse en las distintas fases del Ciclo de la Respuesta Sexual, quizás la más compleja de tratar, debido a los múltiples factores implicados y convergentes,  sea la que está asociada a la fase de deseo. Dado que el deseo, tanto en mujeres como en hombres, está indisociablemente unido no sólo a su propia sexualidad sino a su propio erotismo, o imaginario sexual, se hace imprescindible un análisis  y una comprensión auténtica de como el deseo se manifiesta o se inhibe tanto en su propio erotismo como en su sexualidad y en sus mismas relaciones sexuales.

Una vez descartada cualquier etiología orgánica, nos encontraremos ante una sintomatología que puede apuntar hacia un origen psicógeno, relacional, cultural o hacia una convergencia de todos estos factores. Mismo así, aunque una etiología orgánica esté descartada, la respuesta sexual tanto masculina como femenina se manifiesta orgánicamente, y del mismo modo, lo hace cualquier disfunción asociada. Es decir, que aunque estemos hablando de un origen psicosomático, sistémico, conductual,  etc, la disfunción de la respuesta sexual se manifiesta en un bloqueo de la respuesta natural orgánica que está regida por el sistema nervioso autónomo. En resumen, cualquier sintomatología que se deba al stress, ansiedad, nerviosismo, aburrimiento o alguna causa psíquica o sistémica más profunda, se manifestará a través del bloqueo de la respuesta sexual natural de cualquier individuo. Aunque la causa no sea orgánica, la respuesta siempre lo es, por lo que es necesario comprender los fundamentos básicos de la respuesta sexual femenina que aquí nos ocupa.

El caso específico del deseo sexual hiperactivo,  presenta,  la mayor parte de las veces, tanto en el caso del hombre como en el de la mujer, una sintomatología simultánea e interdependiente con otras disfunciones correspondientes a los siguientes ciclos de la Respuesta Sexual, pero no relacionadas en un orden necesariamente causal. Es decir, la falta de deseo puede manifestarse también en otras disfunciones como la aversión al sexo o un trastorno en la excitación o en la respuesta orgásmica, pero no es necesariamente la causa de estos. Puede suceder que la falta de deseo sea también la consecuencia de una mala práctica sexual en la que no hay una excitación adecuada o una respuesta orgásmica satisfactoria.

También se puede dar el caso de que exista falta de deseo pero que este no impida el correcto funcionamiento de las otras fases del ciclo, es decir, que no es estrictamente necesario sentir deseo para que se produzca una respuesta excitatoria orgánica que responde a la estimulación o a la excitación, o una respuesta orgásmica satisfactoria. Sin embargo, el grado de sensibilidad y de profundidad tanto de la excitación como del orgasmo carecerán del componente erótico inicial necesario para que estos puedan llegar a su máximo potencial de respuesta sexual satisfactoria. .

Así pues, dependiendo de la comorbidad de la sintomatología, estaremos hablando de un deseo sexual hipoactivo, pero capaz de responder, aunque sea tardíamente y bajo ciertas condiciones, a la estimulación sexual. O, si este deseo no responde a ninguna excitación, hablaremos también de un trastorno en la excitación sexual, aunque no llegue al caso de una aversión sexual. Las combinaciones son múltiples y a menudo un deseo hipoactivo puede derivar en una aversión sexual o viceversa.

En el caso del desinterés sexual en la mujer hay que discernir, aparte de los síntomas que se manifiesten y que pueden ser principalmente tres: deseo sexual hipoactivo, trastorno de la excitación, y aversión sexual, el orden en el que se manifiestan. Es decir, si una falta de deseo sexual ha dado lugar a una aversión sexual completa, o si una aversión sexual acaba provocando la falta de deseo, o si un trastorno de la excitación sexual,  que en un principio no manifestaba una falta de deseo o una aversión sexual,  termina por manifestar estas tres características. Lo que es necesario entender  es que cualquiera de estos síntomas no significan necesariamente la existencia de los otros, aunque cualquier disfunción sostenida en el tiempo puede llegar a provocar que los otros se manifiesten, gradual o simultáneamente. En el caso del hombre, dado que la aversión sexual se produce raramente, la polaridad se manifiesta entre la falta de deseo y el trastorno de excitación, presentando, la mayor parte de las veces, una comorbidad sintomática evidente.

Por último, y una vez que logremos definir el estado y la sintomatología de lo que muy generalmente se llama desinterés sexual, es necesario definir las causas adyacentes. Para hacerlo se sigue un sistema de  descarte, empezando por las más  fáciles de identificar que son las inmediatas. Que en el caso de la mujer, al funcionar de una forma tan radicalmente distinta al hombre, ya difieren notablemente. Por regla general, la mujer es mucho más sensible a la aproximación sexual, emocional, relacional y conductual del compañero mientras que el hombre puede funcionar, y de hecho funciona, al menos sexualmente, de una forma más independientemente. Casi todas las mujeres, aunque hay excepciones, se ven afectadas por la naturaleza del vínculo con su compañero sexual, independientemente de la naturaleza de este vínculo. Y aunque parece haber excepciones, parece ser que en la mayor parte de los casos, la mujer necesita cualidades no necesariamente sexuales, tales como la confianza, el compromiso, la fiabilidad, la seguridad, el sentirse protegida y cuidada, aparte obviamente de la atracción sexual, para tener relaciones sexuales satisfactorias. Es decir, y en resumen, da mucha más importancia que el hombre a la dimensión vincular.

Por este motivo, la mujer se ve afectada no sólo por las creencias y las presiones socio-culturales que durante siglos la han empujado a representar y mantener un rol pasivo respecto a sus propias necesidades sexuales, sino que parece ser que al primar sus necesidades emocionales y afectivas sobre las sexuales, y al no ser capaz de separar, salvo en algunos casos, las unas de las otras, también se ve afectada a nivel personal por el tipo de relación que tenga con su compañero. El tema de la disfunción sexual masculina parece seguir un condicionamiento mucho más socio-cultural que personal,  aunque, por supuesto, hay excepciones. En el caso de la disfunción sexual femenina, la mujer tiene que lidiar con este doble aspecto: por un lado la presión socio-cultural y por otro lado la presión de su situación personal. Es decir, que teme no sólo fallar como mujer social y culturalmente sino como la mujer de un hombre determinado.

En el caso del hombre parece ser que su temor es más fallar como hombre en general que como compañero de una mujer determinada. Este es uno de los muchos motivos por el que tantas y tantas mujeres fingen orgasmos en la cama, en comparación con los hombres. ¿Cuántos hombres fingen orgasmos por este motivo? Estadísticamente, la diferencia es abrumadora. Dicho esto, es fácil adivinar cuál va a ser el talón de Aquiles en la larga lista de causas psicógenas  y cruzadas que provocan la disfunción sexual femenina. Aparte de ítems regulares que coinciden tanto en el caso de hombres y mujeres como puede ser la depresión, la fatiga, la ansiedad, el nerviosismo y el stress, la etiología psicosomática sexual femenina es mucho más compleja.

Así, y sólo para resumir, hallaremos que una falta generalizada de deseo sexual en la mujer, con o sin síntomas que nos hablen de un trastorno en la excitación sexual o una aversión sexual, puede deberse a causas tan dispares como:

  1. Factores situacionales o conductuales, tales como una comunicación sexual insuficiente sobre los propios gustos y necesidades sexuales, lo cual incluye tanto la ilusión que tiene el hombre de que el ritmo y el deseo sexual de la mujer se mueve parejo al suyo, como el miedo de la mujer a decirle al hombre que su ritmo y el mecanismo de su deseo es diferente y necesita de estímulos y tiempos diferentes. O una estimulación inadecuada debida a una falta de información de las diferencias entre la respuesta sexual masculina y femenina,  a nivel tanto fisiológico como psicológico. Por lo general, y salvo algunas excepciones en ambos casos,  la respuesta sexual en la mujer es mucho más lenta y paulatina a nivel fisiológico y bastante más compleja a nivel psicológico.
  2. Factores psicosomáticos como el miedo al fracaso ante las demandas del otro, a no llegar rápidamente al orgasmo o, al menos, al mismo tiempo que el compañero, a no ser capaz de complacer adecuadamente a su pareja, a decir que no cuando no le apetece, así como a ser sexualmente egoísta y a ser rechazada o abandonada o intercambiada en el caso de que se expresen los verdaderos gustos, deseos y fantasías sexuales.
  3. Factores sistémicos o relacionales como el rechazo o la aversión al cuerpo del otro, una relación conyugal tensa o abiertamente destructiva, hostilidad inconsciente o claramente abierta ante el otro, guerras y luchas de poder y utilización de las relaciones sexuales con este fin, sabotaje sexual, etc, etc.
  4. Factores intrapsíquicos de etiología profunda como traumas ante agresiones pasadas o actuales, neurosis muy asentadas o  fuertes complejos inconscientes, que se manifiestan en tendencias evitativas y en algunos casos, la imposibilidad de entregarse o abandonarse a la experiencias sexuales, saboteando cualquier posibilidad de encuentro o simplemente, desempeñando un rol de espectador en el que no se siente nada y en el que todas las reacciones  sexuales son fingidas o evitadas a través de un distanciamiento intelectual que tiene como objetivo proteger a la estructura psíquica de la emergencia del trauma.

Una vez detectados los factores desencadenantes en la falta de deseo sexual en la mujer, se hará necesario un análisis de como influyen y se manifiestan en la inhibición del componente erótico necesario para que pueda vivirse una sexualidad completa y sana tanto a nivel individual como en el tipo de relación deseada, para realizar un tratamiento adaptado a las circunstancias y especificidad de cada caso. Este tratamiento    pasará, de un modo general y la mayor parte de las veces,  por una potencialización de la erotofilia a través del aprendizaje y la práctica de una erotología enfocada a aumentar la sensibilidad y la profundidad del deseo erótico.

 

Anuncios