Trastorno por aversión al sexo

El trastorno por aversión al sexo suele considerarse como una disfunción sexual típicamente femenina debido a que es un trastorno que se manifiesta mayoritariamente en mujeres más que en hombres, lo cual no quiere decir que los hombres no lo sufran,  sino que su incidencia estadística es relativamente pequeña comparada con la de otras disfunciones sexuales más específicamente masculinas como la disfunción eréctil o la eyaculación precoz.

Esta mayor incidencia sin duda hunde sus raíces en el condicionamiento sexual a la que socio-culturalemente se han sometido a las mujeres, y es, en cierta medida, una consecuencia de la práctica repetida de un sexo forzado o ausente de ningún tipo de estímulo o gratificación. Es lógico que de una práctica sexual empobrecida o carente del erotismo necesario para despertar y estimular la compleja sexualidad femenina,  surja un rechazo cada vez mayor que derive en una completa aversión al sexo, en cuanto que es considerado como algo invasivo, a veces dañino, y no una experiencia placentera ni gratificante. Otras veces la misma aversión es anterior a cualquier experiencia sexual debido a una rigurosa  o nula educación sexual llena de condicionamientos y prejuicios.

A pesar de que la etiología principal de este trastorno suele asociarse a factores socio-culturales o educativos, pueden haber otras implicadas, como una etiología psicógena asociada a un trauma, abuso o violación, o una relacional en la que la aversión al sexo es secundaria y situaciones,  manifestada dentro de la dinámica de la relación, aunque no esté presente fuera de ella. En estos casos, es absolutamente necesario en la terapia sexual desentrañar las causas relacionases que provocan la aversión.

En la mayor parte de los casos, aunque no en todos, la aversión sexual en la mujer está indisociablemente unida a una falta de deseo, y es,  en cierto punto, una radicalización de esta última. El caso específico de la aversión al sexo,  presenta,  la mayor parte de las veces, una sintomatología simultánea e interdependiente con otras disfunciones sexuales correspondientes a otros ciclos de la Respuesta Sexual, pero no relacionadas en un orden necesariamente causal. Es decir, la aversión al sexo puede manifestarse también en otras disfunciones como la falta de deseo  o un trastorno en la excitación o en la respuesta orgásmica, pero no es necesariamente la causa de estos.  También puede suceder que la aversión al sexo sea también la consecuencia de la repetición sistemática de una mala práctica sexual en la que no hay un componente erótico o una excitación adecuada o una respuesta orgásmica satisfactoria.

Al contrario que en la falta de deseo, o en el trastorno por excitación, que no impiden necesariamente el correcto funcionamiento de las otras fases del ciclo, la aversión al sexo suele impedir, al menos en principio, que se produzcan los condicionantes mínimos para que el deseo o la excitabilidad dentro de un entorno de encuentro sexual pueda producirse. Si pueden producirse en cambio en otros ámbitos privados e íntimos  en la que la posibilidad de un encuentro sexual  y por lo tanto la ansiedad, angustia y aversión al mismo sexual no esté presente, como por ejemplo en el caso de la masturbación o de otras prácticas hedonistas y auto-estimulativas. Otras veces, en raras excepciones, el trastorno por aversión al sexo no impide la aparición espontánea de otras respuestas orgánicas del ciclo sexual, siendo que la mujer puede manifestar deseo y excitación, pero es incapaz de  abrirse a la experiencia sexual, ya sea por causas socio-culturales, educacionales relacionales o psicógenas. Cuando este es el caso, es necesario localizar la etiología de las causas inmediatas o más profundas de cara a establecer un tratamiento efectivo. Dentro de estas causas podemos localizar las siguientes:

  1. Factores situacionales o conductuales, tales como una comunicación sexual insuficiente sobre los propios gustos y necesidades sexuales, lo cual incluye tanto la ilusión que tiene el hombre de que el ritmo y el deseo sexual de la mujer se mueve parejo al suyo, como el miedo de la mujer a decirle al hombre que su ritmo y el mecanismo de su deseo es diferente y necesita de estímulos y tiempos diferentes. O una estimulación inadecuada debida a una falta de información de las diferencias entre la respuesta sexual masculina y femenina,  a nivel tanto fisiológico como psicológico. Por lo general, y salvo algunas excepciones en ambos casos,  el ciclo de respuesta sexual en la mujer es mucho más lenta y paulatina a nivel fisiológico y bastante más compleja a nivel psicológico.
  2. Factores psicosomáticos como el miedo al fracaso ante las demandas del otro, a no llegar rápidamente al orgasmo o, al menos, al mismo tiempo que el compañero, a no ser capaz de complacer adecuadamente a su pareja, a decir que no cuando no le apetece, así como a ser sexualmente egoísta y a ser rechazada o abandonada o intercambiada en el caso de que se expresen los verdaderos gustos, deseos y fantasías sexuales.
  3. Factores sistémicos o relacionales como el rechazo o la aversión al cuerpo del otro, una relación conyugal tensa o abiertamente destructiva, hostilidad inconsciente o claramente abierta ante el otro, guerras y luchas de poder y utilización de las relaciones sexuales con este fin, sabotaje sexual, etc, etc.
  4. Factores intrapsíquicos de etiología profunda como traumas ante agresiones pasadas o actuales, neurosis muy asentadas o  fuertes complejos inconscientes, que se manifiestan en tendencias evitativas y en algunos casos, la imposibilidad de entregarse o abandonarse a la experiencias sexuales, saboteando cualquier posibilidad de encuentro o simplemente, desempeñando un rol de espectador en el que no se siente nada y en el que todas las reacciones  sexuales son fingidas o evitadas a través de un distanciamiento intelectual que tiene como objetivo proteger a la estructura psíquica de la emergencia del trauma.
  5. Factores socio-culturales y/o educacionales que implican un rechazo a la expresión natural de la propia sexualidad y/o la adopción de roles correspondientes a una sexualidad estereotipada socio-cultural y/o familiarmente.

Una vez detectados los factores desencadenantes del trastorno por aversión al sexo en la mujer, se hará necesario un análisis de cómo influyen y se manifiestan en la inhibición del componente erótico necesario para que pueda vivirse una sexualidad completa y sana tanto a nivel individual como en el tipo de relación deseada, para realizar un tratamiento adaptado a las circunstancias y especificidad de cada caso.

Este tratamiento pasará, de un modo general y la mayor parte de las veces, por una desensibilización sistemática y paulatina de la aversión al encuentro sexual a través de un proceso gradual de exposición, así como por una potencialización de la erotofilia a través del aprendizaje y la práctica de una erotología enfocada a aumentar la sensibilidad y la profundidad del deseo erótico y del placer subyacente a un encuentro sexual pleno y gratificante.

 

 

 

 

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