Estado de Conciencia

Chico meditando

Permítaseme un pequeño y humilde corolario psicológico del efecto (experimento) coronavirus.

Mi sueño “humedo” espiritual es que algún gobierno en alguna parte del mundo declare, ante una crisis como la del coronavirus, en vez de un estado de alarma o de excepción o de sitio, un estado obligatorio y generalizado de auto-conciencia. No creo, quitando el caso de Buthan,  que ningún gobierno del mundo realice lo que sería la antítesis ontológica de su razón de existencia: garantizar la dependencia material, emocional y mental de sus ciudadanos a través de las reacciones emocionales más básicas ligadas al miedo y al deseo de supervivencia: huida (es decir, pánico social), confrontación contrafóbica (es decir, control social), y parálisis (es decir, manipulación y adoctrinamiento social). Que son estas reacciones  las que se despliegan ante cualquier riesgo de amenaza colectiva es algo que se puede comprobar con cualquier crisis inmigratoria, alimenticia, bélica o como es el caso que nos ocupa, sanitaria.

Bien. Quiero distanciarme  primero de teorías conspiratorias, canalizaciones proféticas, interpretaciones espirituales y hippiadas al uso al respecto de las bondades del coronavirus y de lo mucho y bien que nos hará como especie si tomamos conciencia, aunque parte de ello sea cierto, pero no de una manera tan simple.  Hacerlo sería una grave falta de respeto ante la complejidad del problema ademas de un ejercicio de ingenuidad o de inmadurez psicológica. Pero también quiero hacerlo de slóganes y directrices dadas por los mass media  y las estructuras oligárquicas dominantes porque sencillamente nos infantilizan. Nos infantilizan tanto las unas como las otras. Tanto las que demonizan a un simple virus, como las que lo elevan casi a una cualidad angélica (angélica de angelus como mensajero de la voluntad divina).

Empecemos por lo más básico. Vivimos en una sociedad que padece un grave trastorno narcisista de la personalidad generalizado. Es decir, y para que se me entienda, una sociedad que se niega a reconocer las consecuencias de sus acciones mismo que estas llamen a su misma puerta. No reconocemos las crisis migratorias ni las hambrunas ni las tragedias medioambientales como para hacerlo con un virus que viene del consumo de un animal llamado pangolín del que apenas pocos habrán oído hablar en su vida.
Este trastorno narcisista de la personalidad generalizado hace que la sociedad occidental viva hipnotizada en lo que comunmente llamamos tiempo, que es enteramente un constructo mental que ha terminado por dominar, o mejor dicho, por fagocitar, a la propia psique que lo construye, y que no es más que la dilación que se toma la vida para cobrar sus facturas, es decir, el paréntesis suficientemente largo entre causas y efectos que nos hace tener la falsa percepción de que estos no están conectados energéticamente.

Pero lo están y he ahí el problema, en la falta de reconocimiento inmediato de nuestra corresponsabilidad en todo lo que acontece en,  sobre y debajo de este planeta. La segunda consecuencia de este trastorno narcisista de la personalidad es la distorsión en la percepción del elemento espacio, en la que en vez de percibirse como un campo unificado en el que todos estamos interconectados, se perciben los distintos segmentos defensivos con los que dividimos y separamos de manera fractálica ese espacio, dando como resultado la sensación de una falsa separación, y a nivel psicológico, de una falsa individualidad identitaria. Desde esos segmentos que, a nivel individual, se cristalizan como personalidades y, a nivel colectivo, como estados con fronteras y entes para defenderlas llegado el caso, el coronavirus, la inmigración, la guerra, el hambre, los aliens o el fin del mundo no son mi puto problema hasta que se enferma mi hijo o se muere mi padre.

Partiendo de la base narcisista de nuestra personalidad colectiva (cada sociedad tiene la suya en base a la lógica de un eneagrama que se puede aplicar perfectamente a las dimámicas de las identificaciones y/o de las proyecciones sociales,  como tan bien ha descrito Claudio Naranjo), los efectos psicológicos repetidos que más se observan son el miedo y el pánico social, promovidos por las mismas estructuras oligárquicas dominantes, el control  y la manipulación de las masas, la docilidad de las mismas ante las medidas que garantizarán un mayor control todavía, y por último,  la implementación de estas medidas una vez superada la crisis (que, por supuesto, nunca se supera del todo porque hay que mantener a la psique colectiva en un peremne estado de ansiedad, fobia,  stress, alerta reactiva y miedo -o llegado el caso pánico-, sobre la creencia de que vivimos en un mundo peligroso, inestable e inseguro en el que la única forma de supervivencia es estar controlados todo el tiempo).  Todo esto en el nombre del bien común y la salud social, en una sociedad que cada vez vive mas alejada y de espaldas a las medidas auto-regulatorias y de equilibrio que tiene la propia naturaleza, es decir, todo esto en una sociedad cuya relación entre su desarrollo tecnológico y su grado de armonización con la naturaleza resulta cada vez más inversamente proporcional.

No estoy negando con esto la responsabilidad ética y moral, además de personal, de hacer la cuarentena y cumplir con las medidas de aislamiento. Mi crítica se sitúa ante todo ante la poca profundidad psicológica y el nulo o escaso grado de conciencia con la que se vive esta cuarentena. Lo que debería ser y es una oportunidad de retiro, introspección y meditación sobre el alcance real de nuestra autoconciencia y nuestro nivel real de responsabilidad con nosotros mismos y con los demás, se está convirtiendo en un ejercicio de, en términos psicoanalistas, proyección o desplazamiento. Superada la negación de que el virus no es nuestro problema, ahora desplazamos nuestra nula tolerancia a la soledad y nuestra constante necesidad de atención social,  volcándonos en la redes y buscando nuestros diez minutos de gloria, en las que, de repente, todo el mundo es consciente y tiene algo que decir. Los que no desplazan esta falta de amor a la soledad y la necesidad de atención social sobre las redes sociales, recurren a la proyección para, a estas alturas de la película, echar la culpa a otros.

Pero el desplazamiento y la proyección no son las únicas rémoras psicológicas que se pueden apreciar. La perversión de las necesidades básicas  y su confusión con los deseos narcisistas que caracterizan a esta sociedad es sorprendente. Puedo entender, no sin cierta extrañeza, que peluquerías y estancos se abran como productos de primera necesidad. Puedo entender que la gente siga vaciando los estantes de los supermercados a pesar del nulo peligro de desabastecimiento. Puedo entender incluso, aunque me parece ya patológico,  la compulsión informativa de comprobar a cada hora cuanta gente se enferma o se muere. Puedo entender que cierta gente en ciertas partes se tomen esta crisis como unas vacaciones, no puedo decir que me sorprenda en absoluto. Puedo entender la dependencia a estar siempre conectado, el desplazamiento hacia las redes sociales de la necesidad narcisista colectiva de atención. Puedo entender que algunos todavía, a estas alturas de la película, aun busquen culpables entre propios y extraños. Puedo entender estas cosas y muchas mas que vendrán cuando la crisis se agrave, es decir, cuando permeé completamente el área que mas delicadamente toca a nuestro distorsionado sentido de la supervivencia, es decir, la economía.

Lo que no puedo entender es la perversión del negocio del entretenimiento que se vende a sí mismo como producto de primera necesidad y como los mass media sacan partido de esta perversión. No puedo entender, aunque lo intento, esta resistencia que tiene el ser humano a entrar dentro de si mismo ante cualquier crisis. Este pánico enseñado y aprendido a la soledad, a rehuir buscar en ella nuestra propia autoridad moral, ética, personal y colectiva. No puedo entender por que no se aprovechan 14 días (que serán muchos más) de parón total e irrevocable de la actividad para retirarse  y mirarse a uno mismo, mientras por razones forzadas dejamos a la naturaleza en paz. No puedo entender por qué todo el mundo tiene tanta prisa por recuperar un estilo de vida colectivo narcisista y moralmente dañino, que nos enferma y que enferma al planeta y que ha demostrado y seguirá demostrando ser profunda y extensamente disfuncional. No puedo entender, muy particularmente,  que una sociedad democrática y avanzada como la inglesa tome medidas eugenésicas decimonónicas sacadas de Sir Francis Galton y de su primísimo Darwin. No puedo entender, que por enésima vez perdamos otra oportunidad evolutiva de crecimiento con la compulsión generalizada de volver a lo de antes (un estado auto-hipnótico y soporífero de pseudo-bienestar narcisista) lo antes posible, sin revisar concienzuda y concretamente lo que de ese antes no funciona.

No puedo entender pero lo entiendo. Como entiendo que los estados promuevan estados de alarma, de excepción o de sitio,  y no de conciencia. El estado de alarma supone un estado de conciencia colectivo inducido desde el exterior, un estado de conciencia manipulado, ordenado y consensuado, dicen, con el objeto de defender y preservar la vida. Lamentablemente, no es este su único objetivo. Si la prioridad de los estados fuera el preservar y defender la vida, siempre y en todo lugar, no tendríamos las crisis migratorias, bélicas, climáticas y sanitarias que tenemos ahora. El objetivo primordial de cualquier estado no es garantizar los derechos, deberes  y libertades de sus ciudadanos, sino garantizar el ejercicio de estos derechos, deberes y libertades sólo y exclusivamente dentro del marco de un esquema cerrado y hermético de control que aumenta conforme aumenta también la población. Este es el plan dentro del plan dentro del plan y siempre lo ha sido. Una prolongación indefinida del estado de dependencia material, emocional y cognitiva que tiene el niño frente a los padres. Pero de aquellos polvos, estos lodos. Allá cada cual con su noción de libertad, responsabilidad e independencia.

En las redes sociales todo el mundo da su receta particular para pasar esta cuarentena: lee, medita, juega, pinta, baila, comparte, comunica, se creativo, colabora con quien lo necesita, ayuda. Está muy bien. Por lo menos no suponen estar colgados de la televisión viendo como aumentan las cifras del coronavirus como quien mira como salen los números de un bombo de lotería. Son buenos propósitos útiles y productivos que, sin embargo,  se siguen basando en el hacer cosas allá fuera. Yo quiero abogar, de nuevo, aunque me repita como el ajo,  por el no hacer.

Mi receta: por una vez no hagas nada en absoluto. Para con todos tus hábitos. Desafíate a ti mismo para entrar en ese lugar en el que siempre te resistes a entrar. Aguántate solo. No te entretengas. Busca tu voz interior aprovechando este panorama de apocalipsis zombie. No hagas nada, es decir, haz como si no hicieras. Obsérvate en todo lugar y en todo momento. Aprende que dentro de ti hay un poder y una riqueza incalculable llamada Presencia. Cállate, ante los demás y ante ti mismo. Entra en el silencio. Aprende de todo lo que tiene que decirte. Retírate dentro de ti mismo y conserva tu energía dentro de ti mismo, mientras estas solo, o con tus hijos, o con tus padres, o con tu familia. Mira hacia las cuentas pendientes que tienes contigo mismo, con un ser querido y/o con la vida. Mira los conflictos interiores que causan tus conflictos exteriores. Observa como proyectas sobre los demás tus propios contenidos. O como huyes de toda ocasión de intimidad contigo mismo/a verdadera. Examínate. Limpia lo que tengas que limpiar, perdona lo que tengas que perdonar, termina lo que tengas que terminar y empieza lo que tengas que empezar. Pero sobre todo mírate. 24/7, enfermes o no enfermes. Conserva la calma, encuentra el ojo del huracán. Dure lo que dure esta cuarentena. Y mira que pasa con los resultados de esta mirada. De convertir este estado de alarma social en un estado individual de verdadera auto-conciencia.

Sé que predico en el desierto, pero cada uno tiene que hacer lo que tiene que hacer. Y con que una sola persona se escuche a sí  misma, es suficiente. El virus de la auto-conciencia es mucho más fuerte que este, aunque su propagación es mucho mas lenta.

Gracias, y que Dios nos bendiga a todos.

 

 

 

 


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s